Lo de que estamos en guerra no se lo cree ni el tato. Simplemente hay accidentes y al que le toca san Pedro se la bendice. Sobre todo se la bendice a los medios de comunicación que detrás de cada accidente tienen la programación resuelta por unos cuantos días, hasta que ocurre otro. Porque lo de los accidentes es una cuestión estadística sujeta a numerosas variables entre las que destaca sobre todas las demás la sofisticación. Cuanto más te sofisticas más vulnerable te haces a todo tipo de fallos. Es muy sencillo de comprender, si tienes mil cachivaches siempre estarás esperando a que venga el técnico de turno a resolverte el descalabro de alguno de ellos. Y lo mismo pasa con los eventos que de cada diez millones que hay cada día es inevitable que en media docena o se hundan las gradas o se caiga el techo o un fanático religioso, perdón por el pleonasmo, se haga reventar en medio de la foule. Porque lo único que no engaña nunca en este mundo es la estadística. Y ahí está el problema, que nadie enseña a los niños en la escuela esta verdad tan simple e incontrovertible.
Así que, seamos serios: lo mismo que tener mil cachivaches es propio de mentes enfermizas, lo de acudir a cuantos más eventos mejor es signo patognomónico de falta de personalidad. Que no por otra cosa es que haya tantos eventos organizados para los adolescentes, esa sufriente condición que solo se consuela con el amontonamiento.
Así que, ni guerras, ni leches, lo que hay son las consecuencias inherentes al avanzado estado del proceso civilizatorio en el que vivimos. Ahora, ya, todo es sofisticación elevada a la enésima potencia. Algo, en definitiva, a lo que solo se pueden adaptar las mentes sumamente cultivadas. O sea, cuatro gatos. El resto trata de escapar a la angustia del no entender nada por medio del sin fin de terapias que el mercado pone a su alcance. Porque, en realidad, si bien se considera, cuando decimos mercado lo que estamos diciendo es farmacia, que es que no hay angustia, ni ansiedad, ni mala leche, que no se calme comprando.
Y no nos engañemos, todo este tinglado que nos sustenta solo tiene un fundamento: el mercado. Que no por otra cosa es que todas las filosofías nihilistas habidas y por haber, empezando por el cristianismo y acabando por el comunismo -otro pleonasmo- no hayan tenido otra obsesión que acabar con él por medio de ofrecer el paraíso en la tierra. Como en el paraíso no hay angustias ni ansiedades que valgan, no se necesita ir a la farmacia. Y si no se va a la farmacia hasta las estadísticas se tambalean.
En fin, que a pesar de los lamentables e inevitables accidentes, vivimos en el mejor de los mundos conocidos hasta ahora. Me baso para afirmarlo en la evidencia de que nunca hubo tan pocas probabilidades de morir de un cornada sobrevenida. Y el que no se lo crea, que piense un poco si puede.
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