Si tu principal trabajo consiste en descubrir placas conmemorativas no pasa nada porque te retires a los 95 años. No aguanto más, ha dicho el tipo. Le comprendo, porque por muy condicionado que estés por la educación recibida tarde o temprano acabas cayendo en la cuenta de que descubrir placas conmemorativas es un puro alarde de la nada. Como casi todo lo que hacemos de cara a la galería que, por cierto, es casi todo.
El caso es que cuando veo al Principe Felipe de Edimburgo con su famosa elegancia británica me doy cuenta de lo privilegiado que he sido en esta vida. Porque no necesité llegar a los cuarenta para decir lo que él ha dicho a los 95. Yo no descubría placas, pero por el estilo. Igual de irrelevante y aburrido, todo pura apariencia. Y uno tiene derecho a vivir su vida, a hacer algo con sentido, a cultivar el propio jardín como dice el proverbio chino.
En fin, no me arrepiento de aquella decisión aunque solo sea porque ahora, con casi 75 ya, sé tocar algo a la guitarra, conozco de qué va el cálculo, puedo entender las lecturas de Feynman y me subo a la bicicleta echando la pierna por encima del sillín. Es, sin duda, una buena cosecha que aún pretendo mejorar, pero que no pasaría nada si las Parcas me mandasen ya a cruzar el Leteo porque ya conocí la gloria de reconocerme capaz de hacer cosas de cierta dificultad. ¿Qué más puedo pedir ya a la vida?
Te falta leer el latín con más soltura. Hasta que lo hagas, no te daremos permiso de palmar...
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