jueves, 18 de mayo de 2017
Diana
Uno va por Madrid mirando hacia arriba y por todas las partes ve santoral pagano. En la Gran Vía, sin ir más lejos, entre Callao y la Red de San Luis, tenemos esta prodigiosa Diana Cazadora y, justo enfrente, en la cima del edificio que alberga los almacenes Primark, un Icaro completamente confiado en las alas pegadas con cera del pajarraco que monta. Un poco más allá, no sé si Apolo o Faetón conduciendo los caballos del Sol. Y Hermes y Ceres flanqueando multitud de pórticos, por no hablar de Atena y la misma Afrodita que transmutada en Mariblanca adorna uno de los ángulos de la Puerta del Sol. No, desde luego que Madrid no es ciudad para sagrados corazones ni inmaculadas concepciones, que eso, acaso, en algún extrarradio en donde a nadie se le perdió nada.
Parece que no pero estas cosas tienen una enorme significación por más que la carcundia habitual sea incapaz de apreciarlo. Para empezar el triunfo de la razón sobre las creencias. Del individuo sobre el rebaño. De los misterios sobre los milagros. De la democracia sobre todas las demás formas de gobierno. En fin, volvamos a lo de Diana, la de los dardos certeros.
El caso es que el Paris, o Hermes, moderno ya no elige a Venus sino a Diana como recipiendaria de las manzanas de oro que Zeus arroja sobre la mesa. Y eso lo estamos pagando.
Porque a ver quién es el que se averigua con una mujer que cada dardo que te lanza te atiza en el ego de plein fouet. No, mira, yo no quiero verte desnuda porque sé que me quedaré de piedra. Así que me acojo a la misoginia y eso es todo. Como nuestros antepasados de la Helade, que aquellos sí que sabían lo que se hacían.
Por lo demás, Aznavour ya no canta en casa de mamá y mañana me vuelvo a Palencia.
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