jueves, 4 de mayo de 2017

El fin del mundo


Me llegué ayer hasta Gascón de Nava. En la plaza no había un alma. En el bar la camarera se entretenía con el ordenador. Le pedí el preceptivo bocadillo de chorizo casero -sé perfectamente lo que hay que pedir en cada bar en cuarenta kilómetros a la redonda de Palencia- y un café con leche. Salí a la terraza a dar cuenta de ellos. El concierto ornitológico era considerable. Ni siquiera faltaba el majar ajos de las cigüeñas que se demoraban en el campanario. Allí, que normalmente hay un baile incesante de coches que vienen y se van con la gente que interrumpe las tareas agrícolas por un rato. Pero, claro, este año, por el querer de los dioses, no hay tareas que valgan: la nava es un erial. Parte el corazón verla así. Fíjense en la foto, los campos mustios ya y las veredas del camino sin rastro del rojo y gualda de las amapolas y la falsa colza. 

Así es la vida. De vez en cuando, pintan bastos. Como si la naturaleza se vengase de algo. Dicen los estadísticos que es uno de cada diez años. Y el Seguro, por supuesto, está al quite. Así que todos tranquilos: las estanterías seguirán repletas y los poetas que se den una de melancolía que también queda lindo. 

Después, ya de noche, convenientemente relajado, me puse a mirar el debate de los candidatos a la presidencia de Francia. Desde luego que hay que tener un temple muy especial para enfrentarse sin estallar a la genuina representación de la estulticia. Porque la estulticia es sobre todo un cóctel de rencor y delirio. Es decir, el triunfo de las emociones más destructivas sobre la razón. Y por eso, por su genuino nihilismo, es que encuentre el soporte incondicional de todos los que al no ver salida a su miserable condición el único consuelo que atisban es que todo se vaya al carajo. Eso representa la Sra. Le Pen. Y no hay país que no tenga su homólogo porque en todos hay gente que desearía desaparecer con tal de llevárselo todo por delante. Supongo que es toda esa gente a la que de niños nadie les obligó a subir cuestas. 

Pero no se preocupen porque de momento vencen por KO los culos gordos que sacaron oposiciones. Macrón es como Rajoy: la ideología del sentido común. Es el destilado natural de cientos de años dándole vueltas a la idea de un mundo mejor. Sentido común, aburrido pero eficaz. El triunfo definitivo de la melancolía. El fin del mundo.    

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