martes, 2 de mayo de 2017

British Headache

Si no ando equivocado, que no creo, en los próximos meses vamos a ver una de las mejores películas de muchos años para acá. Se me ocurren multitud de formas de titularla, pero de momento nos conformaremos con el de British Headache. Porque todo apunta en esa dirección, en la de las cefaleas sin fin para salir del embrollo en el que se han metido tras una noche de jarana amenizada con los chistes de Farage y las ocurrencias de Boris. Por cierto, medio desaparecidos los dos no vaya a ser que les bombardeen con huevos podridos. 

El caso es que los británicos parecen haber caído de lleno en esa trampa de la que les previene uno de los más geniales sintagmas de su sintético lenguaje: el wishful thinking. O sea, que se las han apañado para que sus razonamientos se adapten como un guante a sus deseos del momento. Parece increíble que esto les haya pasado a las ingleses, pero esas son las lecciones que da la vida, que nadie sale con la cabeza fría de una noche de jarana. 

Ahora, atrapados ya en la maraña se trata de despistar al personal recurriendo a las artimañas del lenguaje. Y se califica a toda la operación de divorcio: ¡oye!, si dos no se quieren lo mejor es que se separen. Bueno, sé algo de eso y no me trago la similitud que me dan por probada. Algo entre dos y la docena de personas, a lo sumo, que les rodean nada tiene que ver con una cosa de millones, cada uno de su padre y de su madre, que quieren esto u lo otro. Convertir a una nación en un ente monolítico está muy bien para salir de un trance en el límite de la supervivencia, pero, así, por una simple veleidad de niño bien venido a menos, es un disparate de imprevisibles consecuencias en ningún caso favorables.

No, no es un divorcio para nada. Es una ardua negociación en la que cada día va a ser necesario hacer una dolorosa concesión. ¡Pues anda que no tiene retorcido el colmillo la segunda parte de la parte contratante! Y, además, todo para quedar más o menos como estaba, porque el curso de la historia nunca da un vuelco con negociaciones. Para eso se necesita un guerra y no hay que darle más vueltas. Sí, lo que les viene por delante no se va a solucionar a golpe de mantra de la señora May, va a ser un continuo envainársela y acumular frustraciones. En definitiva, un doloroso baño de realidad. 

Así que ya les digo, permanezcan atentos a la pantalla porque la peli ya ha comenzado. Y promete diversión sin fin. Porque va de listo recibiendo estopa de los tontos. Un argumento que nunca se agota porque satisface los más profundos anhelos de la humana condición: humillar al soberbio.  

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