Bob Dilan escribió un verso que decía que los tiempos están cambiando y le dieron el premio Nobel de literatura como para certificar semejante obviedad que por lo demás es perenne. ¿O es que hubo algún tiempo en el que no cambiasen? Aunque, para ser más justo el premio, quizá Dilan debiera haber añadido "en lo accesorio". ¿O es que en lo fundamental el ser humano ha cambiado algo? Uno lee en Heródoto las anécdotas terroríficas protagonizadas por Cambises y luego ve en el telediario las hazañas de Putin y Asad y no puede sino pensar que estamos en las mismas. Las vidas ajenas solo tienen valor para ellos si las yugulan con un plus de crueldad. Es el valor terapéutico del ejemplo. Que el personal sepa a lo que se expone. Es la condición sine qua non del poder para que las cosas del querer no se le vayan de las manos.
Así las cosas, conviene no perder la perspectiva cuando leemos en los periódicos que para ahorrar energía lo más apropiado va a ser provocar una mutación genética en el ser humano que le permita ver en la oscuridad. Cualquier cosa, en fin, en vez de animarle a usar la cabeza para que se mueva en bicicleta en vez de en coche o tome el sol junto a su casa en vez de tener que ir a tomarlo a Bora Bora. Y mil ejemplos más que con sólo pensar un poco se podrían poner por obra. Ya, me dirán, pero entonces, ¿qué pasa con la autoestima? ¿Qué sería de un puto chusma sin su coche o de un nini sin su rottweiler? Mejor así, caes en la cuenta, y que nos muten todo lo que quieran porque vivir entre gente sin autoestima es el puro infierno.
Recuerdo que allá, por los años cincuenta del siglo pasado, con motivo de haber cometido yo unas travesuras intrascendentes, me trasladaron a un colegio de estrictos gobernantes. La disciplina imperante allí consistía sobre todo en, como se decía por aquel entonces, comer las hostias a puñaos. Así era que en llegando estas fechas semanasantales, para atemperarnos la naciente líbido, nos metían por el cuerpo ocho o diez horas diarias de iglesia de las cuales más de la mitad eran en posición genuflexa. Pues ni por esas, los escasos minutos que nos daban de recreo solo sabíamos hablar de pajas y cosas por el estilo. El eterno masculino, que no vamos a ser menos que la féminas.
Pues bien, por mucho que parezca lo contrario, si lo observamos con detenimiento, la cuestión penitencial de la Semana Santa poco ha cambiado y en cualquier caso, a mi juicio, a mucho peor. Desde luego a mí si me dan a escoger entre aquellas horas de iglesia con sermones y alzamientos o agarrar el coche con toda la familia y demás balumba y tirarme a la carretera para ir a una playa de la costa, ni lo dudo: dame iglesia y llámame lo que quieras. Disciplina por disciplina, prefiero mil veces aquellos colocones de aburrimiento e incienso que toda la mala leche de los atascos en familia.
Ya digo, todo cambia, incluso se ha llegado a dar el mismo premio a Bob Dilan y a Thomas Mann, ¡casi ná! Claro que si te fijas en lo que va de Cambises a Putin... poco o nada. O es que comerse a un soldado de cada diez a la semana es muy diferente a gasear niños. En lo esencial estamos donde estábamos y dame incienso y quítame casa en la costa.
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