martes, 4 de abril de 2017

El pelo de la dehesa.

Que Paula Echevarría y David Bustamante se iban a separar en breve se lo anuncie hace un año o así. Solo había que ver las fotografía que se hicieron con su niña, o niño, con motivo de un aniversario, para darse cuenta de que tal despliegue de cursilería de ninguna manera puede conducir a nada duradero. De Paula no tengo ni idea de quién es ni de dónde viene, solo sé que es una influencer, una cosa que debe tener que ver con haber sido agraciada por la naturaleza con unos especiales encantos que la pobre gente ordinaria quisiera imitar. De David sé que es un chico de mucho mérito. Nacido para ser albañil, supo aprovechar las oportunidades de la vida para poner en valor sus dotes líricas. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los que las poseen más o menos semejantes nunca suelen pasar de cantantes de romería o de hotel de Benidorm. Ha sido, sin duda, una persona lista y trabajadora. 

Pero ahí está el quid de la cuestión, que todo el encanto natural del mundo añadido al tesón ejemplar para desarrollar unas dotes mediocres no bastan a ocultar el pelo de la dehesa. El asunto sé que les sonará odiosamente clasista, pero qué le vamos a hacer si la realidad es obstinada. El aprendizaje de la discreción es arduo donde les haya y si bien algunos vienen al respecto favorecidos de cuna, de poco les ha de valer si no cultivan de por sí su parcela intelectual. Exhibir el éxito alcanzado supongo que debe ser una tentación irresistible cuando no se está muy seguro de si mismo. Apetece que sea la solución ideal para una autoestima herida de nacimiento. Pero nada más lejos. Sabido es que la fama es un licor que cuanto más se bebe más sed da. Al final todo se reduce a una borrachera de egolatría que viene a ser el ridículo absoluto: las fotos de David y Paula, con su niño, o niña, haciendo una obscena exhibición de felicidad. ¡Ya te digo!, pero mira que hay que ser iletrado para exhibir felicidad, la más engañosa de todas las sensaciones. 

En fin, lo siento por esos chicos y lamento que no hayan tenido mejores consejeros. Alguien que les hubiese explicado que una cosa es la fama y otra el prestigio. Conocida esa diferencia, seguramente David, que sin duda es un chico listo, hubiese robado unas cuantas horas al gimnasio para dedicárselas a la academia. Aunque no conviene engañarse, cuando la herida de la dehesa es profunda ni con la Academia de Platón se restaña.  

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