Uno tiene la sensación de que todo el juego político ha quedado reducido al arte de chinchar. Como ya ni a los más tontos de la izquierda, lo que ya es decir, se les ocurre que se pueda nacionalizar la banca ni los medios de producción, el margen de maniobra que les queda para financiar sus delirios populistas es prácticamente nulo. Así que ya lo único que les queda para diferenciarse ante el respetable es chinchar al adversario por medio del manoseo de los símbolos. Al final, claro está, todo queda en puro alarde de la nada, pero por el camino nos han dado el soberano tostón y ellos han enaltecido su ego de consumados idiotas.
La bandera republicana, los toros, el feminismo, la violencia de genero, el supermercado está repleto de oferta entre la que escoger. Aunque si te sientes con fuerza te puedes quedar con todo y ya nunca más estarás aburrido. Siempre sabrás a qué plaza acudir a la mani de turno. Son los trabajadores por un mundo mejor, verdaderos atletas de la integridad moral.
Por el otro lado tenemos a otros que, si cabe, todavía son más necios, porque, para más inri, encima suelen tener estudios superiores. Verbi gratia, nuestra ministra de defensa. Una mujer que ha sido capaz de sacar las oposiciones de abogado del estado y ahora va y, desde sus altas responsabilidades, ordena poner todas las banderas del ejercito en berne porque le sale de sus santísimos ovarios. Dice que es porque Jesucristo está en la cruz. Es decir, una creencia. Como que los toros sufren o los animales tienen sentimientos o los hombres son más malos que las mujeres o la República fue el paradigma de todas las alegrías. No, miren ustedes, esa mujer no cree en nada, pero sabe a ciencia cierta que poniendo la bandera a media hasta, lo que no cuesta un duro, va a chinchar de mala manera a los de la monserga contraria.
De sobra es sabido desde Aristóteles, y mucho antes, que lo que define a un idiota es su incapacidad para distinguir las creencias de las razones. Para ellos tiene la misma verosimilitud la Virgen de Garabandal que la Identidad de Euler. Piensan que se resuelven más problemas por medio de la intercesión de esa virgen que por la aplicación de esa identidad. Al final, en su delirio, achacan las ventajas relativas respecto de nuestros antepasados de las que disfrutamos al, como dicen, pensamiento progresista, es decir, un constructo ideológico que pretende convencernos de que, sin la menor duda, son los de abajo los que "tiran del carro". Y vete tú a convencerles de que no es así, de que sólo entre Newton y Leibniz tiraron mil veces más que todos los obreros del mundo juntos. Pero claro, el asunto estriba en que con Euler, Newton o Leibniz tú no puedes chinchar al personal porque en un porcentaje abrumador no tiene ni idea de quienes son esos señores.
Por lo demás, para arte de chinchar, pero a lo grande, el de Corea del Norte. Recuerda mucho a aquel chiste de La Codorniz en el que se veía a un tipo subido a un árbol con un pedrusco entre las manos y a los pies de árbol una pareja en posición altamente amorosa. Al pie de la viñeta ponía: se la tirará o no se la tirará. Bueno, ahora el coreano encaramado tiene entre las manos una bomba atómica. El suspense es máximo. Aunque sepamos de sobra que sólo es arte de chinchar.
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