lunes, 3 de abril de 2017

Senectutem

El otro día escribía un artículo Savater a propósito del desconsuelo que no le abandona ni mengua desde que hace dos años murió su mujer. Me llamó algo la atención tal exhibición de intimidad en, precisamente, un filósofo. Suponía yo que alguien que nos ha dado tantas muestras de buen razonar no se tendría que dejar llevar de ese modo por los sentimientos. Aunque, por otra parte, se trata de un filósofo que nunca ocultó su admiración por Nietzsche y su correspondiente preponderancia de lo dionisíaco en ese necesario equilibrio con lo apolíneo. En fin, lo que sea, que para el caso lo que cuenta es ese casi incomprensible desparrame sentimental que parece más propio de comadre de Casares de las Hurdes o por el estilo. Me cuesta mucho creérmelo y tiendo más a pensar en algún tipo de patología ligada a la senectud. 

Lo digo porque reconozco en mí con naturalidad algunos de las síntomas que él describía con tono de pesadumbre. Decía que se le han quitado las ganas de ver películas, ver la tele, leer, etc.. Ya digo, completamente natural, porque es prácticamente imposible que a estas edades esas cosas te aporten algo que no sea el muy primario placer de la confirmación del propio pensamiento. Y para eso, como dice Julio Torri, solo hay que levantar la mirada del libro y observar el mundo alrededor. Si uno no ha aprendido ya a leer en el paisaje circundante es que ha desperdiciado la vida lamentablemente. 

Así es que me cuesta comprender ese triste lamentar del filósofo y, como soy malo, tiendo a pensar que prevención a destiempo malicia arguye. Quién sabe, acaso ya tiene echado el ojo a alguna piba por ahí, que con su prestigio es seguro que las tiene haciendo cola a su puerta. Porque es que, además, no cuadra nada con esa reivindicación de la alegría que fue siempre marca de su casa. En resumidas cuentas, esperar para ver... aunque, pase lo que pase, por muy extremo que fuera, será más de lo ya visto: una cualquiera de las infinitas actitudes que adopta el ser humano a impulsos de su incomprensible sistema neuronal. 

En cualquier caso, filósofo o no, dionisíaco o apolíneo, con piba o si ella, entretener la vejez sin dar el coñazo está más allá de toda pretensión razonable. Por eso, lo suyo en tal etapa de la vida no puede ser otra cosa que un sano maridaje con el puto aburrimiento. Ya, por otra parte, lo señaló un buen día Shopenhauer, que hasta que no aceptas con naturalidad a ese molesto partener no hay forma de que se te caigan los colmillos de una vez por todas.  

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