martes, 25 de abril de 2017

Olor a boñiga

Un cuarentaitantos por ciento ha votado en Francia por el olor a boñiga. Todavía hay por ahí ingenuos que pretenden distinguir entre Melanchón y Le Pen, pero créanme si les digo que son una y la misma cosa. La misma mierda para ser más precisos. La vuelta al pueblo y a los viejos sindicatos gremiales. Y también, por supuesto, a las ejecuciones sumarias de los que osen destacar por libre.

Estamos en las de siempre. Por usar la vieja metáfora, es la serpiente que ya asoma la cabeza por la cascara del huevo. Estamos a tiempo de matarla, pero es que hay tanta gente que adora a los animales. Sobre todo cuando son pequeñitos. Entonces no son capaces de distinguirlos de los bebés. ¿Cómo matarlos entonces? 

En cualquier caso, soy optimista. La serpiente no creo que pase de asomar la cabeza. Su vida se reducirá a eso, a estar ahí amenazante y generando anticuerpos en ese porcentaje de población que adora los rascacielos y los animales a la bourguignon. Además, ya puestos, la podemos dejar salir del huevo para criarla en granjas. Los entendidos dicen que frita en rodajas no se distingue mucho de la buena merluza. 

En definitiva, y siguiendo con la metáfora, Le Pen, Melanchón y demás artistas de la simplificación, no son otra cosa que parte del soma con el que se tiene adormilados a los épsilons, es decir, a los que por lo que sea, pocas luces o vagancia, son incapaces de adaptarse a los incesantes cambios que son la historia de la humanidad. Bien es verdad que a veces las cañas se tornan lanzas y el soma, cocaína, y, entonces, se arma la de San Quintin. Pero, tranquilos, porque para que pase eso tienen que confluir determinadas circunstancias adversas que por el momento no asoman por el horizonte.  

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