"Democracia: una recapitulación", es el título del artículo que publica hoy Fernando Savater en EL PAÍS. Me pregunto cuánto más de huérfanos seríamos tantos y tantos españoles de mi generación si no hubiésemos tenido el privilegio de contar con la paciente ayuda de tipos como éste para transitar por el resbaladizo camino del correcto razonar. Bueno, yo al menos así lo vengo pensando desde tiempo inmemorial, de cuando leí sus "Criaturas del aire" que me dejó patidifuso al comprobar las enormes limitaciones de mi comprensión lectora. Por entonces leía y leía y a penas me enteraba de nada porque nadie me había mostrado el método para aprender a leer. En realidad lo sabía, pero me había faltado la mayéutica socrática para darme cuenta de que lo sabía. Yo había estudiado anatomía, fisiología e histología antes de empezar a estudiar patología. La cosa no podía ser más sencilla: para conocer hay que empezar por el principio del conocimiento. Para pensar, por el principio del pensamiento. Así, si no empiezas por La Iliada y La Odisea, y la Teogonia de Hesiodo, difícilmente vas a poder caminar erguido el resto del camino.
En resumidas cuentas, les recomiendo leer ese artículo sobre la democracia. Un sistema político, sostiene, que no es para hacernos felices sino para hacernos personas desde el único sitio desde donde se puede ser: la libertad individual, ese trabajoso empeño en el que tan fácil es tirar la toalla aun a costa de convertirse en zombi. Y ese es el gran problema de la democracia, que ser ciudadano no sale gratis sino todo lo contrario: hay que mantenerse en un estado permanente de lucha. En una permanente agonía para que nos entendamos. Un destino trágico, dice el autor. En el momento que te abandonas, de inmediato salta alguien que te quiere pastorear. Es el mito colectivista que nunca dejó ni dejará de seducir a cuantos están en sus horas bajas.
Esa es la cuestión, que no hay mayor enemigo de la democracia que quien está deprimido: todo es es una mierda, todos son iguales, todos son corruptos... uno está cansado de escuchar tales opiniones por la calle, o en los de la mesa de al lado si te sientas en una terraza. Gente que es la primera que lo huele porque debajo del culo lo tiene.
En fin, uno tiene sus dudas y piensa que quizá si se tomasen ciertas medidas desaparecerían del horizonte las eternas amenazas: Iglesias (qué nombre tan sugestivo), Le Pen, Melanchon... pero, después, piensa un poco más y se da cuenta de que sin peligros uno no aprende a defenderse así que mejor que todo siga como está y solo pedir a los dioses que nos dejen mantener el juego de permanente afinamiento con el recurso de nuestro esfuerzo. Dice el autor:
"Durante la historia moderna, perdura un combate —una dialéctica, se decía antes— entre las libertades sin control y el control antilibertario. Las oscilaciones políticas entre derecha e izquierda (ambas afinadoras permanentes de la democracia) responden a mi modo de ver a esa dialéctica. Y se han corregido mutuamente durante muchos cambios de gobierno."
Libertades sin control y control antilibertario, esa lucha permanente en la que en contra de lo que se sostiene no es tan fácil distinguir a unos de otros porque a cada uno de los lados hay libertades que se quieren defender o controlar... no, me temo que no es sencillo etiquetar. Basta con que en cada caso se mantengan diferentes puntos de vista y se debata sobre ello y, en cualquier caso, exista un permanente estado de vigilancia que permita sujetar la mano que se quiere extralimitar.
En definitiva, el único sistema conocido que te permite constituirte como individuo, ser pensante, libre e igual y, sobre todo, máquina de equivocarse y volver a levantarse. Por eso los valientes toman partido por él.
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