Decía Juan Marsé ayer en una entrevista algo así como que el franquismo le había quitado la juventud y, en definitiva, le había jodido la vida. Hombre, pensé, a estas alturas... aunque por otra parte el ser catalán seguramente ayuda a sentirse víctima de lo que sea, que para el caso da igual. De todas formas, semejantes lamentos me ayudaron a reflexionar sobre la propia historia y también en cómo van cambiando las opiniones con la perspectiva de los años y, sobre todo, seguramente, con la manera en la que a uno le va en la feria.
Así es que estos días estaba pensando yo que aquel cabrón iba a tener una vez más razón, en este caso con lo de Gibraltar, que dijo que al final caería como una fruta madura y ahora parece que así va a ser. Algunos nos desgañitamos demasiado tratando de matar a aquel padre tan bien identificado, lo cual, pienso ahora, fue quizá la mayor bicoca que nos proporcionó, sobre todo porque con su postrera debilidad biológica nos permitió hacernos la ilusión de que nuestra lucha estaba dando sus frutos. En realidad lo que por aquel entonces nos tenía fritos a más no poder era no sólo que no fornicábamos sino el pensar que unos kilómetros más al norte lo hacían a triscapellejo. Otra ilusión más porque, en tanto no se inventó la pilula, en todos los sitios se cocían más o menos las mismas habas, y después también, o quizá incluso más aquí por aquello del acomplejado no querer ser menos que nadie.
De todas formas no quiero yo de ninguna manera dejar de reconocer las ventajas relativas que gozaban en otros países europeos respecto de nosotros. Sobre todo, claro está, en el terreno educativo que, a la postre, es el gran diferenciador entre los sistemas políticos cerrados y los abiertos. Lo que va de educar para ser súbditos a ser ciudadanos. Y ese fue nuestro gran problema que aquí nos educaban para llevar cirios en semanasanta. Y todavía colean los lodos de aquellas lluvias inclementes. Al respecto no hay más que echar un vistazo a las bancadas de nuestro Parlamento Nacional donde la influencia de la sacristía es apabullante sin que la aparición de nuevos partidos en nada haya mejorado el panorama sino todo lo contrario. Aquí da la impresión de que todo el debate ciudadano sigue girando en torno a la superioridad moral de los que van a la misa adecuada. De responsabilidades individuales a duras penas se acaba de empezar a hablar y parece que es algo que sólo debe de afectar a los de muy arriba. Los de abajo y los del medio, con tal de que porten cirios se pueden llamar Andana. Que es lo que tiene la educación para súbdito que al crear una situación personal tan cómoda se agarra al alma por varias generaciones.
Así es que me cuesta entender lo que sostiene Marsé al que, por sus obras manifiestas, suponía una mayor capacidad para el distanciamiento de la propia historia. Porque, ¡leches!, estar todavía a estas alturas con lo de Franco... bueno, al menos hizo pantanos. Eso hay que reconocérselo por mucho que fastidie. Por cierto que la primera discusión violenta que escuche en mi vida fue en el tren de Liérganes entre dos obreros: uno sostenía que lo correcto era pántano y el otro pantano. A D. G. llegó a tiempo el revisor con su uniforme que si no seguro que hubiesen llegado a las manos. Y es que no era para menos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario