lunes, 10 de abril de 2017

La Gracia

Uno no sabe que pensar de todo este ruido mediático alrededor de lo que eufemísticamente se está llamando "entrega de las armas" por parte de la afamada y muy patriótica banda de asesinos vascos. Es muy fácil hacerse famoso matando, sobre todo si es por la espalda. Y ahora van y como que nos conceden un armisticio pidiendo de paso que se olvide todo, suelten a los presos, se vaya la policía, etc.etc., pero quedándose ellos, por supuesto, con toda la pasta que les reportó medio siglo de extorsión continuada. Entrega de armas, ya te digo, como si no supiésemos todos que las venden en el supermercado de la esquina y que el que ha asesinado una vez, sobre todo por la espalda, tiene todas las probabilidades a su favor de morir asesino por muchas veces que vaya al cura a pedir la absolución. 

Lógicamente, como no soy de piedra, toda esa gente me produce una repugnancia digamos que infinita y, por eso, por el País Vasco cuando menos me vean, mejor. Porque es que todavía no sé si hay por allí muchos o pocos que no sean de la catadura de los asesinos por más que no se atrevan a apretar el gatillo. Desde luego, lo que tenemos hasta ahora es el hecho incontrovertible de que nadie de allí ha pedido perdón por el soporte tácito que en su día, y a día de hoy también, dieron y dan a esa gentuza. Ya saben, lo de la famosa metáfora del árbol y las nueces que el parecer sigue vigente en la mayor parte del territorio. 

Todo esto lo sé y también lo resiento y por ello comprendo el rebote de las víctimas y sus aledaños ante la sola sospecha de que la gentuza de marras se pueda ir todavía un poco más de rositas por un gesto tan irrelevante en lo práctico como lo de la entrega de armas. Y hasta aquí es a dónde llega mi ser sentimental... con todas sus limitaciones. 

Pero resulta que también quiero ser un ser racional que se relaciona con racionales y echa mano para ello de lo que al respecto en cada cosa de lo que se está tratando dejaron dicho en su día las consideradas por todos como mejores cabezas de la historia. Verbi gratia, Nietzsche:

"A medida que su poder se acrecienta, una comunidad deja de conceder tanta importancia a las infracciones de los individuos, pues ya no le parecen tan peligrosas y tan subversivas para la existencia del conjunto social como antes: el malhechor ya no es exilado y "proscrito", la cólera ya no puede descargarse sobre él con tanto desenfreno como antes -sino que a partir de ahora el malhechor es defendido cuidadosamente contra esa cólera, y se le protege, especialmente, contra los principalmente perjudicados. El compromiso con la cólera de los principalmente afectados por la fechoría; el esfuerzo por localizar el caso y evitar una efervescencia y trastorno más amplio e incluso general; los intentos de encontrar equivalentes y solventar todo el asunto (la compositio); sobre todo la voluntad, que aparece cada vez más decidida, de considerar que todo delito es pagable, y, por tanto, la voluntad de aislar, por lo menos hasta cierto grado, al delincuente de su delito -estos son los rasgos que se han impuesto cada vez más claramente en el desarrollo del derecho penal. Si el poder y la conciencia individual aumentan en una comunidad, entonces el derecho penal se suaviza siempre; desde el momento en que aparecen un debilitamiento o un profundo peligro para ella, enseguida reaparecen las formas más rigurosas de la penalidad. El "acreedor" se ha vuelto humanizado siempre en la misma proporción que se ha enriquecido; al final, incluso, la medida de su riqueza viene dada por la cantidad de perjuicios que puede soportar sin padecer por ello. No sería impensable una sociedad que hubiese alcanzado una conciencia de poder tal que pudiese permitirse el lujo supremo de dejar impune a quien le ha dañado. ((¿Qué me importan en suma mis parásitos?, podría decirse entonces, ¡qué vivan y prosperen!; soy todavía lo bastante fuerte para no inquietarme por ello.))... La justicia que comenzó declarando que "todo es pagable, todo tiene que ser pagado", acaba, como toda cosa excelente en esta tierra, destruyéndose a si misma. Esta autodestrucción de la justicia, sabido es con qué hermoso nombre se la denomina: gracia; ésta continua siendo, como ya se entiende de por sí, el privilegio de los más poderosos, mejor aún, su "más allá" de la justicia." 

Bueno, no es que yo vaya a adoptar una posición inequívoca respeto al asunto que les había traído a colación, pero albergo el casi convencimiento de que la magnanimidad con el derrotado no es sólo la mejor forma de humillarle sino también de arrasarle para siempre. Así, al menos, lo practicaba el Gran Alejandro y, también, lo recomienda encarecidamente Sun Tzu en su Arte de la Guerra. Escritos y ejemplos, en cualquier caso, para pararse a pensar antes de ponerse a sentenciar según el dictado de los sentimientos.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario