Vivir de Dios, como de cualquier cosa de la que se vive, exige prudencia a la hora de ponerse a filosofar sobre ella. Y no por nada sino por la insidiosa variable que el estómago indefectiblemente introduce en el correcto razonar sobre las cosas que le afectan. Al que vive de Dios es muy difícil que el estómago le permita dilucidar al respecto lo que tiene de creencia y lo que tiene de hecho. Para un Papa, que Dios existe va de soi o apaga y vámonos. Porque sería demoledor para él recurrir al método cartesiano. ¿Por qué existe? ¿En qué me baso? ¿Y que voy a hacer ahora con el baldaquino de Bernini si me pongo a dudar? No, la sola veleidad de cuestionárselo es blasfemia y se paga con la muerte, so pena de desmoronar todo el tinglado.
La cosa viene así desde el principio de los tiempos: lo que no se puede defender con la razón, si vives de ello, lo tienes que defender con la violencia. Y esa es la única razón por la que las religiones no paran de matar mientras están en el centro de la organización social. Y el Papa éste puede muy bien ir por el mundo blasonando de pacifista porque representa a una religión que ya no representa nada, valga la redundancia, más allá del espectáculo surrealista que dan con sus baldaquinos y brocados de oro. Como cualquiera que utiliza su riqueza patrimonial para apabullar a los pobres de espíritu que decía el fundador.
Por tanto eso que sostiene el Papa es lo más parecido a un oximorón. Creer y ser pacífico, lo siento, pero no cuadran las cuentas. Porque para ser pacífico es condición sine qua non saber cuestionar tus argumentos a la vista de los del contrario. Es decir, utilizar lo que nos hace tan especiales a los humanos, la capacidad de razonar. Razonando con el contrario siempre se llega a una situación de ganancia para todos. Y esa es la cuestión, que como dijo Nosequién, religión que razona, religión muerta. En definitiva, cambiando un poco la letra de aquella irreverente canción estudiantil podríamos decir: aunque el Papa es infalible con la boca, con el estómago siempre se equivoca. Y es que no en vano algunos llaman al estómago el primer cerebro.
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