Que yo sepa, ni Elon Musk, ni Bill Gates, ni Jeff Bezos, ni Mark Zuckerberg, ni ni siquiera Richard Branson que no le hace ascos a nada, son socios de Mar a Lago. Y es que hay dos Américas, una que respira y otra que está muerta. Y ese es el gran problema, que la muerta se ha puesto al frente de la patria y a la viva no parece importarle.
Lo de Mar a Lago por lo que he podido enterarme es el club de los venidos a más, mayormente empresarios del ladrillo. Todos hemos visto eso en nuestro pueblo, ciudad o nación. Gente que se pirria por el lujo porque cree que eso les iguala a los que envidian, los ricos de nacimiento. A los ricos de nacimiento, claro está, que se encargan de hacer realidad el mito de la tercera generación: abuelo bodeguero, padre millonario e hijo pordiosero. La mala digestión del éxito financiero tan propia de los iletrados. No de todos, evidentemente, que siempre hay excepciones y todos las conocemos. Pero la cosa, por lo general, funciona así: el padre millonario le dice al profesor de piano de su hijo que no le apriete mucho porque de mayor se podrá comprar todos los discos que quiera.
El dichoso lujo como compensación de carencias inconfesables. Y nadie, o casi nadie, se libra. Por eso para criticarlo es condición sine qua non vivir muy por debajo de las propias posibilidades. De lo contrario, solo sería una manifestación de envidia so capa de buen gusto. Pero, dicho lo dicho, lo que no se puede negar es que el lujo como terapia de las carencias de autoestima rechina a más no poder. Y no para otra cosa se inventó la palabra hortera que para significar ese rechine del que veut peter plus haut que le cul.
En fin, en esas estamos y no creo que la cosa nos tenga que sorprender. Cualquiera que se haya dedicado a observar mínimamente la realidad socio-política-económica-armamentística del entorno sabrá de sobra que en su pueblo, ciudad o nación, los que realmente vienen mandando desde tiempo inmemorial son los empresarios del ladrillo. Ellos han sido y son los que quitan y ponen alcaldes y presidentes. Y es que se gana muchísimo dinero dedicándose a traficar con el bien más preciado para la inmensa mayoría: la vivienda. El personal por lo general pone tanto eros en la posesión de ese bien que queda exhausto para cualquier tipo de razonamiento sensato. Como cuando se enamora para que me entiendan. Y así, claro, a cualquiera que negocia en esas condiciones se le puede engañar, y se le engaña, sin conmiseración, porque no se entera.
Y eso es todo, que por fin la realidad que siempre fue entre cortinajes se ha hecho ahora manifiesta a plena luz del día. Es el triunfo sin paliativos del horterismo. Ahora solo nos queda esperar para ver hasta dónde y cuándo lo podremos soportar. ¡Qué corran las apuestas!
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