miércoles, 31 de mayo de 2017

El chocolate espeso

Al populus se las dan todas en el mismo carrillo y como si nada, sigue en sus trece echando la culpa de todas las desgracias que le acontecen a los banqueros y ricos en general. Es lo que tiene el no querer enterarse de que los cuatro jinetes de su particular apocalipsis se llaman MIT, CALTECH, TECHNION y ETH Zurich. Claro, si en vez de ver tanto furbo y escuchar tanta Cope dedicasen una rato los fines de semana a las generalistas internacionales tipo Blomberg, CNN, BBC, I24News, ctc., se enterarían de algunas de las cosas que les conviene saber para no andar perdiendo el tiempo y, sobre todo, hacer el más espantoso ridículo... aunque decir populus y espantoso ridículo bien es sabido que apesta a pleonasmo. 

La historia es siempre la misma y el caso más sintomático que los resume todos es la guerra de los botones que tuvo lugar en la ciudad de Lion allí por entre el XVII y XVIII. Se había desarrollado allí una industria manufacturera del pret a porter que era la envidia del mundo entero. La ciudad rebosaba de riqueza y nadie se quedaba sin su parte del pastel que de eso ya se encargaba la organización gremial. Pero hete aquí que entonces va un tipo listo e inventa una máquina que fabrica botones por un tubo, nunca mejor dicho. Fue como si hubiese encendido la espoleta de la bomba que los gremios tenían debajo del culo. Había que escoger entre matar al inventor y a todos los que se habían aprovechado del invento o dejar a los artesanos del botón sin trabajo. Se escogió lo primero y empezó una persecución tan sin cuartel como inútil de todo lo que representase progreso, entendiendo por tal liberar al ser humano de la esclavitud del trabajo físico. 

Ahora, claro, ya no se puede matar tan impunemente, pero sí dar por el saco todo lo que se pueda y un poco más. Y en eso es en lo que están ahora los taxistas y mañana sabe dios quiénes. La típica pataleta de niño mal educado que lo rompe todo porque sabe que mañana papá lo arreglará. Tiene que haber un Macron que aproveche el instante que dejan de rebuznar para tomar resuello para decirles que el mundo no funciona como se creen ellos en su infinita ignorancia. Porque es que ya está bien de que unos tipos que solo saben conducir un coche piensen que es gracias ese conocimiento que pueden disfrutar de sanidad, educación, vacaciones, casa con calefacción y un montón de cosas más todas carísimas. Alguien les tiene que explicar que con el valor añadido de su trabajo no tendrían ni para palillos. Y ésta es una cuestión que tiene que afrontar el mundo urgentemente, la de hablar claro a los que no se enteran porque o no han sido capaces o no han querido estudiar. 

Las cosas claras y el chocolate espeso. Muy interesante al respecto la rueda de prensa conjunta de Macron y Putin el otro día en Versalles. Por primera vez en mi vida vi a un mandatario decir en público a otro, muy educadamente, eso sí, que era un impresentable. Y es que esa es la única verdad, que Putin es un impresentable y nadie hasta ahora se había atrevido a decírselo a la cara y con el mundo por testigo. Y así es como tiene que ser todo: que alguien nos diga la verdad de lo que somos para que podamos empezar a repensarnos y, entretanto, dejar de hacer tantas tonterías. 

martes, 30 de mayo de 2017

Incienso

A mí esto del "encaje" ya empieza a producirme descojone cada vez que lo escucho. Porque el único encaje de verdad del que tengo noticia es el de bolillos, muy utilizado, por cierto, para confeccionar los trajes de lagarterana. ¿Acaso es que lo que quieren los catalanes es vestirse de largaterana? Para mí que ya lo están, pero, oye, ya saben que hay cosas en las que el interesado es el último que se entera. 

Sea como sea el caso es tener una palabreja con la que poder tocar las pelotas al personal. Que si la conllevancia, que si la nostra identitat, que si som y serem, que si Espanya ens roba, no siendo todo ello más que una calculada escalada de tensiones que en su conjunto constituyen lo que se ha dado en denominar el "pruçes". Y que nadie les engañe al respecto de todo esto: la madre de este cordero no es ni la famosa burguesía catalana, ni la nostalgia carlina, ni la coartada de una clase política corrupta; la verdadera matriz de este problema, como de casi todos los que hemos sufrido y sufrimos en este país, es la que dicen santa madre iglesia católica, apostólica y romana. Sin los curas y obispos metiendo cizaña desde los púlpitos esto nunca hubiese sucedido. Esa morbosa apelación continua a los sentimientos no puede acabar de otra forma que en bacanal. Es decir, todos danzando en el monte y comiéndose crudos a sus hijos más preclaros. 

Ayer, en un acto de irreprimible masoquismo, me puse a ver el telediario de la televisión catalana. El primer tercio estuvo dedicado en exclusiva al dichoso pruçes. Y aquí es donde la pinta de los cabecillas juega un papel primordial para entender de qué va el asunto. Viendo juntos a Junqueras y Puigdemont es imposible no pensar que lo que están presidiendo es una convención de criadores de ganado porcino. Atufan tanto a purín que si no fuese por el poder encubridor del incienso no les quedaría ya un solo feligrés en la parroquia. 

Es un ciclo que se cierra impulsado por el miedo. La gente del común empieza a cagarse por la pata abajo. ¡Es tanto lo que podemos perder! El pájaro en mano se ha hecho dueño de la partida. Conozco bien a esa gente y se que nunca se lo jugarán todo a una carta. Simplemente se hartarán a quejarse de que en el trato, cualquier trato en el que participen, están llevándose la peor parte. Es algo que llevan en su adn. Piensan, como los niños, que así a lo mejor sacan un poco más. Y la verdad es que, por aquello de que el chaval deje de joder con la bicicleta, siempre se les da algo de más para que se callen hasta la próxima. En eso consiste el famoso "encaje", el que ahora piden los sensatos sobrevenidos, en sacar algo más de lo que en justicia les corresponde. Con eso se conforman porque les alivia el complejo de inferioridad que les corroe el alma. Y es que tiene que ser muy duro para cualquiera pasarse la vida comparándose con los conquistadores castellanos. 

Y, luego, todos esos creadores de opinión que han convencido a un setenta por ciento de la ciudadanía de que Rajoy está llevando fatal este asunto. Claro, como no hay tortas por medio la gente se aburre y así cualquier robaperas les lleva a su huerto. Pero la buena política es eso, matar a la gente de aburrimiento para que no se meta en lo que no le llaman y se decida a dedicarse a sus cosas.  

lunes, 29 de mayo de 2017

Anhidrasa espiritual

Viene hoy un artículo en El Mundo cuya lectura les recomiendo vivamente. Es de un tal Cuartango y se titula El vino y la filosofía. Tiendo a pensar que si en los periódicos ocupasen más espacio los artículos de este tipo la gente sería mucho más sensata y el mundo mucho mejor. Porque sin ir al fondo de las cosas toda reflexión posterior es un puro sobrevolar la realidad, es decir, estar equivocado. 

El vino es, sencillamente, un activador del intelecto. Ayuda  a establecer nexos entre las diferentes percepciones y captar así la radical complejidad no sólo de nuestro ser interior sino también del mundo que nos rodea. Y no es que diga yo que no se pueda conseguir algo de eso sin el vino, pero, en cualquier caso, sabemos de sobra que toda reacción química, el pensar lo es, se ve muy favorecida cuando el catalizador adecuado está a su disposición. Por así decirlo, el vino es al pensamiento lo que la anhidrasa carbónica al mantenimiento del pH. ¿Se imaginan lo que sería vivir sin anhidrasa? Tardaríamos dos años en recuperarnos después de haber hecho un pequeño esfuerzo. Pues sin el vino es igual: se nos va la vida sin conseguir depurar todas las creencias tóxicas que nos inculcaron de niños en las diversas catequesis. 

En fin, Pessoa y su libro del desasosiego. Resumiendo: vino e introspección: la única forma posible de cambiar el mundo es cambiarnos a nosotros mismos por medio del reconocimiento de lo que somos. A partir de aquí todo es camino trillado. Sin eso, Oriente Medio. ¿Se imaginan lo fácil que sería acabar con todo aquel infierno regando el territorio con esa anhidrasa espiritual que es el vino? Aquella pobre gente condenada a las creencias por la prohibición que pesa sobre ellos de usar el catalizador del pensamiento. Y, mientras tanto, los otros creyendo que eso se soluciona con bombas. 

domingo, 28 de mayo de 2017

Prometeo again



Claro, que la gente tome el avión para ir de aquí para allá a hacer no se sabe qué, supongo que a escampar la boira las más de las veces, es fundamental para que el sistema funcione. Lo que pasa es que aquí nadie se va de rositas. Y no lo digo por los pobres desgraciados que ayer transitaban por los aeropuertos de Londres como si fueran zombis a causa de un contratiempo informático que lo desbarató todo, no, me refiero sobre todo a los miles, o millones, de personas que viven como los de la foto que les muestro, sometidos al carcomimiento de sus hígados y no solo durante el día que también durante la noche continua la fiesta. Cada dos o tres minutos les pasa un morlaco de esos a escasos metros de sus cabezas y no les queda otra que aguantar. Y acaso dar gracias porque no les cae encima. 

Es lo que tiene Prometeo, que no le importa sufrir con tal de seguir teniendo la sensación de estar engañando a los dioses. Es, en esencia, el bucle infernal de la civilización. Y aquí es donde llega la inevitable pregunta que toda persona racional se debe hacer en la vida, más antes que después en relación directamente proporcional a su inteligencia: ¿es que acaso me merece la pena seguir manteniendo la transacción? ¿no será que los dioses me están engañando mucho más de lo que yo les engaño a ellos? Y no es que tenga uno que estar todo el día con la filosofía a vueltas, no, es que hay situaciones que claman al cielo y si no te las solucionas tú te vas a quedar sin hígado antes de que alguien venga a echarte una mano. 

Porque es que al fin y al cabo tampoco hace falta tanto fuego para disfrutar de la vida. Un día soleado, una compañía, una bicicleta para cruzar la nava, una botella de prieto picudo y una pradera cabe el canal para dormir la mona. Todo lo que sobrepase eso es volver a Prometeo. Y no quiero. 

sábado, 27 de mayo de 2017

Cornadas

Lo de que estamos en guerra no se lo cree ni el tato. Simplemente hay accidentes y al que le toca san Pedro se la bendice. Sobre todo se la bendice a los medios de comunicación que detrás de cada accidente tienen la programación resuelta por unos cuantos días, hasta que ocurre otro. Porque lo de los accidentes es una cuestión estadística sujeta a numerosas variables entre las que destaca sobre todas las demás la sofisticación. Cuanto más te sofisticas más vulnerable te haces a todo tipo de fallos. Es muy sencillo de comprender, si tienes mil cachivaches siempre estarás esperando a que venga el técnico de turno a resolverte el descalabro de alguno de ellos. Y lo mismo pasa con los eventos que de cada diez millones que hay cada día es inevitable que en media docena o se hundan las gradas o se caiga el techo o un fanático religioso, perdón por el pleonasmo, se haga reventar en medio de la foule. Porque lo único que no engaña nunca en este mundo es la estadística. Y ahí está el problema, que nadie enseña a los niños en la escuela esta verdad tan simple e incontrovertible. 

Así que, seamos serios: lo mismo que tener mil cachivaches es propio de mentes enfermizas, lo de acudir a cuantos más eventos mejor es signo patognomónico de falta de personalidad. Que no por otra cosa es que haya tantos eventos organizados para los adolescentes, esa sufriente condición que solo se consuela con el amontonamiento. 

Así que, ni guerras, ni leches, lo que hay son las consecuencias inherentes al avanzado estado del proceso civilizatorio en el que vivimos. Ahora, ya, todo es sofisticación elevada a la enésima potencia. Algo, en definitiva, a lo que solo se pueden adaptar las mentes sumamente cultivadas. O sea, cuatro gatos. El resto trata de escapar a la angustia del no entender nada por medio del sin fin de terapias que el mercado pone a su alcance. Porque, en realidad, si bien se considera, cuando decimos mercado lo que estamos diciendo es farmacia, que es que no hay angustia, ni ansiedad, ni mala leche, que no se calme comprando.

Y no nos engañemos, todo este tinglado que nos sustenta solo tiene un fundamento: el mercado. Que no por otra cosa es que todas las filosofías nihilistas habidas y por haber, empezando por el cristianismo y acabando por el comunismo -otro pleonasmo- no hayan tenido otra obsesión que acabar con él por medio de ofrecer el paraíso en la tierra. Como en el paraíso no hay angustias ni ansiedades que valgan, no se necesita ir a la farmacia.  Y si no se va a la farmacia hasta las estadísticas se tambalean. 

En fin, que a pesar de los lamentables e inevitables accidentes, vivimos en el mejor de los mundos conocidos hasta ahora. Me baso para afirmarlo en la evidencia de que nunca hubo tan pocas probabilidades de morir de un cornada sobrevenida. Y el que no se lo crea, que piense un poco si puede.  

viernes, 26 de mayo de 2017

Digresiones

Hay prestigiosos articulistas en este país que exhiben una saña contra Obama que me cuesta comprender. Por lo visto, según ellos, su mandato puso el mundo al borde de la destrucción. El tratado con Irán, la extensión de la cobertura sanitaria, la retirada de tropas de zonas en conflicto. Parece ser que no hizo una a derechas el hombre. Y no por otra cosa, según esos supercríticos, es que haya llegado Trump el salvador. Bueno, no puedo sino pensar que los hay que no saben qué hacer para llamar la atención. Y, claro, aquel a todas luces excesivo entusiasmo con el que fue recibido Obama -hasta un Premio Nobel creo que le dieron- se lo ha puesto a güevo. Porque los excesivos entusiasmos siempre huelen a chusma manipulada. Es difícil, sí, saber tomar distancia para ver las cosas con perspectiva y, hasta que pasa un tiempo, toda opinión está sujeta al síndrome del ojo de la cerradura incluso para los más avezados analistas. 

Pero, en fin, uno a veces no puede esperar tanto tiempo porque, entre otras cosas, de algo hay que hablar incluso a sabiendas de que se arriesga. El presente, más que evidencias nos regala impresiones que es algo que como nos demostró la pintura de entresiglos puede adquirir una muy comprensible belleza si quien las describe sabe hacer literatura. Ya digo, en fin.

El caso es que el día de ayer nos permitió ver en su salsa a los dos sujetos en cuestión. Obama, una evidencia ya, compartiendo escenario con Merkel frente a una populosa audiencia completamente entregada. Trump, todavía impresión, repartiendo empujones a sus colegas en el cuartel de la OTAN. Me pregunto si esa visita de Obama a Berlín para promocionar las sociedades abiertas no habrá tenido la intencionalidad calculada de eclipsar en parte el protagonismo de Trump, el apóstol de los muros. Evidentemente, oratoria por oratoria, es como comparar a dios con un gitano, valga el peyorativismo. Pero no hay que hacerse ilusiones, porque los gitanos no saben hablar muy bien, pero cantan y bailan como los ángeles. Y eso chupa mucha más atención que la palabra de dios. Así, ayer, por dos minutos de Obama apostando por la razón, tuvimos horas de Trump pegando empujones y apretando manos al estilo del matón de patio de colegio. Bueno, Macrón se las tuvo tiesas y en las televisiones francesas parecía como si por fin se hubiese conseguido la tan deseada victoria frente a los americanos. 

La verdad, no las tengo todas conmigo. Aunque sé que las cosas del mundo salen muchas veces por peteneras, no me cabe en la cabeza que el Presidente de EEUU sea el patán que gusta representar. Tiene que haber algo más por detrás. O, simplemente, puede que éste tipo haya llegado para desvelarnos la insoportable levedad del poder. Un mandatario puede que a la postre no sea más que un símbolo. Es elegante, discreto y cultivado como Obama o un patán como Trump. Representan dos mundos contrapuestos que nunca se van a encontrar y a los que tenemos que acostumbrarnos a ver con naturalidad, prevaleciendo el uno sobre el otro en un interminable baile de la yenka. Afortunadamente, pienso, tenga quien tenga la representación, ahí están los hombres en la sombra que no se les pasa una y hacen que las cosas funcionen razonablemente. Fíjense sino en el Ayuntamiento de Madrid que parecía que poco menos que todo se iba a ir al garete y a la hora de la verdad ha quedado en cuatro ocupas haciendo el mono y unos proyectos de modernidad con los que ni populares ni socialistas se hubiesen atrevido nunca. ¡Ay, que vida ésta!     

jueves, 25 de mayo de 2017

More is less


De vez en cuando el blog de Arcadi Espada se dedica a recomendar lecturas. Una actividad peligrosa, sin duda, pero a la que es difícil sustraerse por, supongo, una especie de querencia narcisista de la que nadie está libre. De hecho, las tertulias entre amigos son en gran parte, sino recomendaciones, si exhibición de lecturas y visionados que en teoría debería acrecentar la propia leyenda de persona sumamente instruida. Y de paso, los demás se van quedando con algún verso de la copla que quién sabe si después puede servir para expandir la cultura. Porque de eso se trata, de cultura. De afinar el espíritu para que mejor penetre los entresijos del mundo. Pero, ya digo, peligrosa actividad porque te pueden calar como un caso típico de molta roba i poc sabó, es decir, una erudición vacía de reflexión. En fin. 

El caso es que ayer recomendaba un artículo titulado "more is more", una reflexión sobre el consumo. Le eché un vistazo porque es un tema que, valga la redundancia, me consume. Porque, por lo que sea, no llevo nada bien lo de tener cosas. Así, miro a mi alrededor y veo tres guitarras, tres bicicletas, dos ordenadores, un plasma considerable, y yo qué sé cuantos wherables... ya he perdido la cuenta. ¿Para qué necesito tres guitarras y tres bicicletas? Sin duda esa profusión es el signo delator de una debilidad psíquica. Posiblemente de estados de depresión que traté de corregir corriendo a la tienda a comprar algo. Es el poder terapéutico que queremos asignar a la posesión. Un chute de autoestima por más que lo sepamos efímero. 

Así es que había regresado de Madrid un poco chungo de salud física y espiritual. No estoy entrenado para tanta intensidad emocional prolongada en el tiempo. O lo que sea, que el caso es que de pronto me vi hablando con el concesionario de la marca Peugeot que está aquí al lado de casa. Me ofrecía un cochecito que no se podía amoldar más a mis deseos del momento. Una verdadera monada por un precio que, a D. G., puedo pagar sin tener que privarme de cualquier otra cosa que desee. Ya saben, como aquella canción en la que el demonio te estaba diciendo a la oreja. En resumidas cuentas que la tentación está aquí al lado y menos mal que no sucumbí a la primera. Me lo voy a pensar le dije; algo que me ha costado mil años aprender a decir.  

Y ayer, un día glorioso, lo pensé bien pensado mientras pedaleaba entre campos que dan pena si uno mira con atención y ve que detrás del verde hay una cosecha mierdosa. Decididamente no compraré coche hasta que tenga las camas encarcaradas y sin atisbo de solución. Mientras pueda caminar y pedalear y subirme a un tren con la bicicleta no me voy a dejar convencer por el demonio de la depresión. Cuando necesite coche, que probablemente será nunca, lo alquilaré. 

Y hoy me he reafirmado al leer que Cristiano Ronaldo que tiene ocho coches de superlujo debe ocho millones de euros al fisco. ¡Pobre asshole! Es la prueba del nueve de que los músculos que cuentan son los del cerebro. Y también los amigos ilustrados que te ayudan a mejor comprender el mundo.

En resumidas cuentas, que no sé si, como dijo un famoso arquitecto, less is more, pero de lo si estoy bastante seguro es de que more is less... sobre todo cuando te metes en cosas que necesitan "papiles".  

miércoles, 24 de mayo de 2017

Pusesillas.

Decían ayer en uno de esos curiosos debates televisivos de la cadena Fox que en EEUU no hay tantos ataques terroristas como en Europa porque el FBI tiene controlados a multitud de jóvenes musulmanes. Supongo que es una exageración, pero, en cualquier caso, ahí está el dato que, cuando menos, expresa un estado de ánimo: los musulmanes, sobre todo los jóvenes, son un peligro. 

Lo que yo me pregunto es ¿por qué lo son más si por jóvenes o por musulmanes? Bien es verdad que el islam, como el cristianismo, son religiones que basan su estrategia en imponer más que en convencer. Por eso el cristianismo paró en seco su expansión en el momento que el desarrollo económico permitió a los países extender a grandes capas de población los sistemas educativos. La gente educada siempre es más reacia a dejarse imponer. Así, digamos que lo que hoy queda de toda aquella imposición no es más que parafernalia folclórica para delicia de turistas. Sin embargo el islam parece estar todavía en gran medida en la época de las cavernas. Los dirigentes de los países en los que triunfa procuran por todos los medios que la educación no incluya la libre interpretación de los textos que para eso están ellos y sus mezquitas. De ahí que ya sólo haga falta un iluminado en un púlpito y una filigresía carcomida por todo tipo de miserias morales para que tengamos un cóctel explosivo. Marguerite Yourcenar dejó todo esto niquelado en su "Opus Nigrum". 

Yo, la verdad, hago memoria de mí y automáticamente me inclino a pensar que el principal peligro es la juventud. Y es que aprender a leer textos lleva tiempo y exige una cierta experiencia de la vida. Por eso raro es el joven que por propia indagación dice una al derechas. De ahí la importancia de una inteligente orientación así como la evitación de inútiles represiones que instalan en el rencor permanente. Me refiero a la sexual sobre todo que siempre ha sido el arma preferida de las iglesias por su poder devastador de la razón. 

Sí, ahora les toca a los musulmanes que son los que más juventud mal formada y reprimida sexualmente mantienen. Pero hace cuatro días era los muchachotes de ETA, el exudado de una sociedad arcaica regida por sacerdotes. Y algo más atrás la Baader-Meinhof o las Brigadas Rojas, unos románticos con delirios de trascendencia. Por no hablar de todos esos chavales que agarran un fusil y se van a la escuela a matar lo que se mueve. Siempre, en definitiva, jovencitos con graves problemas de comprensión lectora. Que entienden los textos en su literalidad y siempre por el lado que mejor les saca la mugre. Porque ser joven, lo siento, es pasar la vida tratando de disimular la mugre que empapa todas las fibras del ser. Haciendo tonterías para que nos entendamos. 

En fin, no creo yo que esto vaya a tener nunca solución por mucho que se invierta en enseñar a leer. Porque lo mismo que opinión es sinónimo de situación, comprensión lectora lo es de estado de ánimo. Y si estás encabronado, estado natural  del joven que no liga, siempre vas a entender por el lado más dañino que es el único que te consuela. Es la vida y, a los dioses gracias, la juventud se suele curar pronto en la mayoría de los casos porque, entre otras cosas, siempre el roto acaba por encontrar un descosido que le permite canalizar las pusesillas por una vía natural.  

lunes, 22 de mayo de 2017

Viejecitas

A veces uno se ve obligado a ser testigo de cosas que llenan el alma de amargura. Supongo que es la respuesta a la propia cobardía. ¿Pero por qué lo he consentido? ¿Por qué no me he enfrentado a la estulticia de los talibanes? Así es como se pudre el mundo, dejándoles salirse con la suya y, encima, sin hacerles ser conscientes de que te parece despreciable su actitud. 

Como pasó con aquel atrabiliario que entró con toda su furia en el templo y echó a los mercaderes a latigazos. El muy hijo de la gran chingada que lo único que quería era quedarse con todo el mercado en régimen de monopolio. Y lo consiguió por un tiempo y ahí sigue, envuelto en sus harapos morales y dedicado a asaltar el último reducto vulnerable, las viejecitas con pasta. 

En fin, hay que tomar distancia y sacarse la amargura. Porque, talibanes, se van extinguiendo unos y ya apuntan por el horizonte otros. Siempre los habrá que quieren quedarse con todo so capa de ofrecer el cielo. Y siempre quedarán iletrados y vejecitas para tragarse el anzuelo. Es la historia del mundo y solo cambiará el día que se ponga de moda buscar el camino del cielo en solitario. Lo veo difícil, pero estoy seguro de que lo conseguiremos. 

Asténicos

Anoche, cuando volvía para casa tuve que desviarme porque en la Plaza de España había una concentración de chusma que tiraba petardos y gritaba "puto Barça", "puta Cataluña". Era su particular manera de celebrar que el Real Madrid había ganado la liga de furbo. No sé si habría por allí algún catalán de los de pura cepa, o sea, un chusma más, pero de haberlo habido seguro que sintió una incontenible hemorragia de satisfacción al poder añadir uno más al montón de los agravios que ya casi toca el cielo. 

En realidad toda la magia del furbo consiste en eso, en exacerbar de forma controlada las bajas pasiones de la chusma. Es decir, desfogarla de todas esas pulsiones destructivas que son su principal seña de identidad. Aunque sólo sea por eso, el furbo ya es una bendición. Lo demás, pelillos a la mar. 

Particularmente no siento el menor interés por ese deporte. De muy niño, cuando estaba interno en un colegio, me llevaban cada dos domingos a los Campos de Sport a ver al Racing. Yo veía allí a mi padre, que iba más que nada por verme, y de paso me aburría como mejor podía. Luego, un día, jugando con los compañeritos, me pegaron una patada que me dejó un ojo a la birulé durante medio curso. Entre esto y que al año siguiente ya estaba externo nunca más en la vida volví a ver un partido de ese deporte que, por lo visto, domina con rara habilidad mi nieto. Son las cosas de la vida y tiene que haber gente para todo... aunque casi toda esté para lo mismo. 

Supongo que es la naturaleza de cada uno la que se encarga de marcar las preferencias. Si por lo que sea te ha provisto de una constitución asténica, estrecho de pecho, pero con dos dedos de frente, es normal que no te sientas atraído por el deporte de competición porque comprendes que ahí sólo podrías estar para perder. Por contra, los dos dedos de frente te impulsarán a hacer ejercicio porque pronto descubres que es la única forma sensata de combatir la astenia. Así, al final, llegas a los 75 tacos y puedes hacer sin despeinarte un paseo en bicicleta de 60 kilometros. O andar seis horas por el bosque de palique con los amigos. 

En fin, pan y circo para el populus. No vamos a descubrir nada nuevo. El caso es que a los asténicos nos dejen tranquilos para poder ejercitar nuestra pasión exploradora. Nuestra ansia inextinguible por comprender el mundo... seguramente para mejor poder defendernos de los de constitución atlética... que natura donde pone de una cosa suele quitar de otra y, al final, todo lo compensa, y por eso más que nada es que vivamos en paz.   

domingo, 21 de mayo de 2017

Hoy no me puedo levantar

Cuando aquel tipo tan singular se encaramó en un risco y empezó a declamar lo de las bienaventuranzas fue justo el momento en el que nació el populismo y todo empezó a joderse. Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos, dijo el nota. ¿Pobres de espíritu? ¡Menudo chollo! Algo así como la sacralización de la puta vaguería y su inherente corolario, el vampirismo. 

De allí para acá toda la mierda del mundo ha salido de las sacristías. Y no es que lo diga yo que hasta este Papa peronista que ahora nos toca sufrir lo aseguró el otro día cuando proclamó sin sonrojo que el comunismo era un hijo putativo de aquel sermón de la montaña. 

Sí, convendría empezar a llamar a las cosas por su nombre para saber de qué estamos hablando y así poder atacar al mal en sus raíces. ¿O es que acaso ustedes piensan que la sacristía nada tiene que ver con que haya en este país cuatro millones de personas cobrando el paro y por contra cuatro millones de inmigrantes encontraron trabajo nada más llegar? Pues desengáñense porque todo eso no pasa en los países donde las sacristías cerraron por prescripción facultativa, ya fuese de Lutero, ya de Calvino, ya de Enrique VIII. A tomar por el saco la piedad, ese invento de madre castradora, la santa iglesia católica, apostólica y romana que le dicen, que le da todos los caprichos al niño y le exculpa de todas sus irreponsabilidades: "hoy no me puedo levantar"... y no se levanta y todos a reír la gracia. 

Coda.- El otro día de madrugada, mientras velábamos el cadáver de mamá, estábamos obligados a escuchar el pun, pun, pun, incesante con el que se excitaban los estudiantes que tienen alquilado el piso de enfrente. Allí estuvieron todos amontonados en la terraza hasta las siete de la mañana sabiéndose a salvo porque los iconos pegados en la pared de un líder comunista y una muñeca hinchable -la Virgen María, sin duda- velaban por ellos. Es lo que hay. 

sábado, 20 de mayo de 2017

Sabor de provincia

Por más que aún se note, la provincia no es lo que era. La provincia, ya, es fundamentalmente extrarradio. Sólo había que ver ayer a las riadas de gente que se apeaban del AVE como si fuese de un cercanías. Habían ido con sus pequeños maletines a sus trabajos y gestiones en el down town y volvían a casa al caer la tarde. Una hora y media escasa de viaje, lo normal en cualquier cosmopolis. Y así es que, ahora, remedando al Gato Pérez, podríamos cantar, "sabor de provincia/ tesoro antiguo/ verso en la calle/ músico loco", distante en la memoria, perdido en el recuerdo, etc., pero, sobre todo, falsamente popular.

El el Bariloche los señores permanecían pegados al plasma mientras sus señoras jugaban al parchís. De vez en cuando, un amago de gol estremecía el ambiente. Y nosotros, a nuestra morcilla de Fuenteandrino. Después, por la gran avenida, los chinos recogían ya las sillas de las terrazas de sus cafeterías. Y en la Calle Mayor, cuatro gatos camino de sus guaridas. Deje a María junto al paso subterráneo de la estación y me volví para casa.

Me gusta la provincia. Esta provincia, Palencia. A una hora y media de Madrid. Lo más parecido a la cuadratura del círculo. 

jueves, 18 de mayo de 2017

Diana


Uno va por Madrid mirando hacia arriba y por todas las partes ve santoral pagano. En la Gran Vía, sin ir más lejos, entre Callao y la Red de San Luis, tenemos esta prodigiosa Diana Cazadora y, justo enfrente, en la cima del edificio que alberga los almacenes Primark, un Icaro completamente confiado en las alas pegadas con cera del pajarraco que monta. Un poco más allá, no sé si Apolo o Faetón conduciendo los caballos del Sol. Y Hermes y Ceres flanqueando multitud de pórticos, por no hablar de Atena y la misma Afrodita que transmutada en Mariblanca adorna uno de los ángulos de la Puerta del Sol. No, desde luego que Madrid no es ciudad para sagrados corazones ni inmaculadas concepciones, que eso, acaso, en algún extrarradio en donde a nadie se le perdió nada.

Parece que no pero estas cosas tienen una enorme significación por más que la carcundia habitual sea incapaz de apreciarlo. Para empezar el triunfo de la razón sobre las creencias. Del individuo sobre el rebaño. De los misterios sobre los milagros. De la democracia sobre todas las demás formas de gobierno. En fin, volvamos a lo de Diana, la de los dardos certeros.

El caso es que el Paris, o Hermes, moderno ya no elige a Venus sino a Diana como recipiendaria de las manzanas de oro que Zeus arroja sobre la mesa. Y eso lo estamos pagando.
Porque a ver quién es el que se averigua con una mujer que cada dardo que te lanza te atiza en el ego de plein fouet. No, mira, yo no quiero verte desnuda porque sé que me quedaré de piedra. Así que me acojo a la misoginia y eso es todo. Como nuestros antepasados de la Helade, que aquellos sí que sabían lo que se hacían.

Por lo demás, Aznavour ya no canta en casa de mamá y mañana me vuelvo a Palencia.

domingo, 14 de mayo de 2017

Regorge

Madrid regorge de vitalidad. Cené en el restaurante japonés que hay justo enfrente del hotel. Ocupé la ultima mesa que quedaba libre, una pequeña, en un rincón, pensada para un solitario. Era un buen puesto de observación. Todo gente entre los treinta, cuarenta, dominando a la perfección el uso de los palillos. Cosmopolitas, viajados y, eso sí, con el pelo de la dehesa española intacto. Lo digo por lo del griterío. Antes se acabará el mundo que los españoles se decidan a moderar su vehemencia. Claro, es evidente, que todo el mundo piensa aquí que tiene cosas importantes, o ocurrentes, que decir. Y hacerse un espacio, más que de codos, precisa de laringe. En fin, nada con lo que no puedas empatizar con la ayuda de un par de cervezas. 

Salí de allí con el equilibrio un poco inestable y eché a andar por Princesa hacia la Plaza de España. Parecía como en aquellas primeras películas en que se filmaba la salida de los obreros de l´usine. Costaba avanzar por las aceras repletas. Todo grupos de amigos con las expectativas todavía vírgenes a esas tempranas horas de la noche. Por las esquinas de la Plaza de España el viento, frío por demás, intentaba arrasar, pero como si nada, el gentío se llamaba Andana. La Gran Vía para arriba, ni te digo, parecía que lo regalaban. Incluso en las gélidas terrazas se demoraba el personal. Subí hasta Callado y me di la vuelta, ya, saciado de mundanal ruido. Por San Bernardo y luego los boulevares llegué al hotel, con la digestión ya hecha, apenas pasada la media noche.

Por lo demás, aquí sigo, a la espera de acontecimientos. Mi madre está en las últimas y toda su casa parece una canción de Aznavour. Lo único que cambia es que, como ya es muy mayor, sus nietos en vez de jugar silenciosos en un rincón beben cervezas en el salón mientras se entregan a un bavardeo ilustrado. Es lo suyo en tales circunstancias. 

viernes, 12 de mayo de 2017

Los juegos del espíritu

Me he enterado por casualidad de que por enésima vez se han estado dedicando los parlamentarios españoles a debatir sobre la conveniencia de retirar o no los huesos de Franco del Valle de los Caídos. La primera conclusión a extraer es que aquí todo va tan de coña que a los padres de la patria les queda un tiempo libre que prefieren dedicarlo a los juegos del espíritu, que no otra cosa es el manoseo de los símbolos.

Yo, la vedad, estoy encantado, porque estoy convencido de que no hay forma más eficaz de desarrollar la comprensión lectora que el manoseo de los símbolos. Coges, agarras uno cualquiera, le empiezas a considerar por aquí y por allá y terminas por darte cuenta de que nada que ver con la simplista visión original. A mí, sin ir más lejos, me pasó con Franco que, cuando aún estaba vivo, o sea, asumiendo cierto riesgo, era un detractor farouche suyo por motivos que hoy día, ya liberado, solo podría interpretar en clave freudiana. Lo de matar al padre y todo eso. De tanto meterle por medio a la hora de especular sobre cualquier realidad fue adquiriendo dimensiones por así decirlo olímpicas que, a larga, cuando me fui haciendo mayor, le convirtieron en una figura de luces y sombras que convenía observar siempre desde la distancia para no deslumbrarse y acabar haciendo el ridículo.

Pero esa es la cuestión, que, según leo hoy mismo, solo un diez por ciento de las personas, sería injusto llamarles jóvenes, ni tampoco adultos, se van de la casa de sus padres antes de cumplir los treinta años. Así, con ese terrible fardo del fracaso a las espaldas ya me dirán ustedes qué capacidad de distanciamiento se puede tener a la hora de juzgar al padre y a todas sus representaciones en la tierra. Por eso no conviene hacerse muchas ilusiones nunca respecto del desarrollo intelectual de ese noventa por ciento de encalomados en la casa paterna que, para mayor inri, tienen derecho a voto. A todos ellos, Franco les viene como anillo al dedo o, dicho con mayor fuerza metafórica, como picha al culo, ya que el tener sobrevolándoles siempre la sombra que les da por ahí les exonera de cualquier culpabilidad respecto de su vagancia, dejadez, desidia y demás virtudes constitutivas de lo que desde la mas remota antigüedad se conoce como muertos vivientes... o sea, todos esos que pretenden camuflarse detrás de siglas y modas sean del tipo que sean.

En fin, en cualquier caso, nada de lo que preocuparse, porque con ese diez por ciento que se va de casa antes de los treinta e, incluso, con ese cinco por ciento que se va antes de los veinticinco, a la sociedad le sobra y le basta para adquirir esa punta de comprensión lectora imprescindible tanto para mandar hombres a la luna como para tener las calles transitables y seguras. Y, por lo demás, llámese Franco, llámese masterchef, llámese Jorge Javier, el caso es que nunca falte soma para los épsilons porque, si no, a ver quién es el guapo que les aguanta.

domingo, 7 de mayo de 2017

La extraña familia

No cabe duda de que las puestas en escena tienen su importancia. El buen lector puede extraer no pocas conclusiones de ellas. Por ejemplo, aquel largo caminar en solitario, con el abrigo de un chaval abrochado con el sólo botón de arriba, para llegar al estrado colocado precisamente en la explanada del Louvre, justo delante de la Pirámide y con el gran falo de la Torre Eiffeld asomando por detrás iluminada. Y todo ello a los sones del himno de la Comunidad Europea. Realmente emocionante. Y luego, el discurso con una insistente mención a la verdad y la mentira. Eso sí que me pareció revelador de una nueva disposición del poder. Quedará luego en nada, pero ahí estaban las palabras clave de este momento perturbador asediados como estamos por mentirosos compulsivos que se llevan de calle a las masas fracasadas. Y, para terminar, esa familia más extraña que la de Maribel. Hijos de su edad, nietos que parecen hijos y esa mujer que le adora como una madre, que bien pudiera serlo. No, desde luego, el que no quiso ver que algo ha cambiado es que prefiere permanecer ciego. 

Me recordaba al día en el que Felipe González accedió al poder. Aquella puesta en escena fue austera, como corresponde a lo español, pero la euforia y la sensación de que por fin algo esperanzador había llegado era la misma que se notaba anoche en el Louvre. Porque la gente se cansa de más de lo mismo y, sobre todo del lenguaje siniestro de los instalados que se presienten perdedores. ¿Cómo se puede tragar ese derrotismo avasallador con el que se pretende arrastrar a los frustrados? Francia es la quinta potencia económica mundial y primera en cantidad de cosas importantes. Y, sin embargo, el discurso que ha calado en casi un cuarenta por ciento de la población es que está al borde del abismo. En EEUU fue un 60% y tenemos lo que tenemos. Ese es el gran problema que tienen que atajar los erasmus y los silicons, el del emocionalismo rampante de quienes no fueron educados para la lucha permanente. 

Porque en esas estamos, el eterno retorno que le dicen, la vuelta a la agonía pagana después de veinte siglos de amaneramiento cristiano. Se acabó la fiesta y que el que quiera peces que se moje el culo va a ser por fin una realidad sin paliativos. Es el curso de la historia que está en fase de despeñé. Todo ese conocimiento acumulado ha roto el tabú que le tenía prisionero entre cuatro muros góticos y está anegando las conciencias de enormes capas de la población. En fin, en definitiva, más para alegrarse que para estar preocupados.   

sábado, 6 de mayo de 2017

Capaz

Si tu principal trabajo consiste en descubrir placas conmemorativas no pasa nada porque te retires a los 95 años. No aguanto más, ha dicho el tipo. Le comprendo, porque por muy condicionado que estés por la educación recibida tarde o temprano acabas cayendo en la cuenta de que descubrir placas conmemorativas es un puro alarde de la nada. Como casi todo lo que hacemos de cara a la galería que, por cierto, es casi todo. 

El caso es que cuando veo al Principe Felipe de Edimburgo con su famosa elegancia británica me doy cuenta de lo privilegiado que he sido en esta vida. Porque no necesité llegar a los cuarenta para decir lo que él ha dicho a los 95. Yo no descubría placas, pero por el estilo. Igual de irrelevante y aburrido, todo pura apariencia. Y uno tiene derecho a vivir su vida, a hacer algo con sentido, a cultivar el propio jardín como dice el proverbio chino. 

En fin, no me arrepiento de aquella decisión aunque solo sea porque ahora, con casi 75 ya, sé tocar algo a la guitarra, conozco de qué va el cálculo, puedo entender las lecturas de Feynman y me subo a la bicicleta echando la pierna por encima del sillín. Es, sin duda, una buena cosecha que aún pretendo mejorar, pero que no pasaría nada si las Parcas me mandasen ya a cruzar el Leteo porque ya conocí la gloria de reconocerme capaz de hacer cosas de cierta dificultad. ¿Qué más puedo pedir ya a la vida? 

viernes, 5 de mayo de 2017

Impresionismo

Anoche iban un par de chavales delante de mí haciendo unas risas. Como el aire venía de cara pasaba primero por ellos y cuando me llegaba lo hacía cargado del inconfundible aroma que desprende la cannabis sativa al ser quemada. Es curioso como se quedan pegadas para siempre a las neuronas las asociaciones que tienen que ver con las sensaciones placenteras. Han pasado ya como quien dice décadas sin catarlo y el simple olfateo de una ráfaga aromatizada me despierta un vago deseo de reincidir y una riada de los mejores recuerdos de aquellos maravillosos años. En fin, tiempos que no volverán y cada época tiene su afán. 

De pronto los chavales se pusieron serios y se enzarzaron, como suele pasar entre chavales, en una discusión sobre los diferentes grados de cosmopolitismo de aquí y de allá. Uno había pasado muchos años en San Sebastián y decía que por comparación con Palencia aquella gente parece del pleistoceno. El otro decía que también aquí hay catetos para dar y tomar. Sí, sí, le respondía el otro, pero tú tendrías que vivir allí una temporada para enterarte de lo que es bueno. 

Bueno, yo he vivido en San Sebastián y Palencia y corroboro al cien por cien la impresión de que esto está unos cuantos años, si no siglos, por delante en cuanto a la evolución de las personas hacia la constitución de individuos libres e iguales. Pero, ya digo, es solo una impresión que no tengo manera de traducir en hechos medibles. Así que mejor lo dejamos para discusiones de porreros en sus horas de bajada. 

Pero el caso es que uno se da cuenta de que si se dejan las impresiones a un lado los temas de conversación se reducen a la casi nada. Porque con los hechos apenas se puede especular so pena de ser especialista en el tema y sin especulación a la violeta se acaba el bavardeo en un dos por tres. Así de sencillo y los mil negocios que se sostienen en el rajar por rajar a tomar vientos. 

 Y aquí tenemos un asunto de gran calado porque nuestra convivencia en cierto sentido se sostiene gracias a que todo el mundo es muy libre de airear sus impresiones. Si Ronaldo es mejor que Messi o viceversa, pero, también, si los españoles robamos a los catalanes o la red de centros de enseñanza tienen que ser públicos por decencia. Así, corremos el riesgo de que una impresión de alguien se multiplique ad infinitum por simpatía y no sea necesario verificar su verosimilitud para darla por hecho consumado. Y de ahí a organizar la cacería solo hay un paso. 

Lo veía el otro día en el debate de los candidatos a la presidencia francesa. La diferencia fundamental entre la una y el otro me pareció ser precisamente esa, la simpatía de las impresiones contra la frialdad de los hechos. Y esa es una lucha muy desigual. Quizá por eso, cabezas privilegiadas del panorama internacional están sugiriendo, casi con angustia, la urgente necesidad de un ministerio de la verdad. Es, por supuesto, una cuestión muy delicada por sus visos de censura encubierta, pero algo habrá que hacer ante la constatación de como la impresión simpática convertida en mentira descarada se va haciendo con el poder por doquier. 

En fin, que qué guapos estamos todos callados a la espera de que las gráficas nos ilustren sobre la realidad.   

jueves, 4 de mayo de 2017

El fin del mundo


Me llegué ayer hasta Gascón de Nava. En la plaza no había un alma. En el bar la camarera se entretenía con el ordenador. Le pedí el preceptivo bocadillo de chorizo casero -sé perfectamente lo que hay que pedir en cada bar en cuarenta kilómetros a la redonda de Palencia- y un café con leche. Salí a la terraza a dar cuenta de ellos. El concierto ornitológico era considerable. Ni siquiera faltaba el majar ajos de las cigüeñas que se demoraban en el campanario. Allí, que normalmente hay un baile incesante de coches que vienen y se van con la gente que interrumpe las tareas agrícolas por un rato. Pero, claro, este año, por el querer de los dioses, no hay tareas que valgan: la nava es un erial. Parte el corazón verla así. Fíjense en la foto, los campos mustios ya y las veredas del camino sin rastro del rojo y gualda de las amapolas y la falsa colza. 

Así es la vida. De vez en cuando, pintan bastos. Como si la naturaleza se vengase de algo. Dicen los estadísticos que es uno de cada diez años. Y el Seguro, por supuesto, está al quite. Así que todos tranquilos: las estanterías seguirán repletas y los poetas que se den una de melancolía que también queda lindo. 

Después, ya de noche, convenientemente relajado, me puse a mirar el debate de los candidatos a la presidencia de Francia. Desde luego que hay que tener un temple muy especial para enfrentarse sin estallar a la genuina representación de la estulticia. Porque la estulticia es sobre todo un cóctel de rencor y delirio. Es decir, el triunfo de las emociones más destructivas sobre la razón. Y por eso, por su genuino nihilismo, es que encuentre el soporte incondicional de todos los que al no ver salida a su miserable condición el único consuelo que atisban es que todo se vaya al carajo. Eso representa la Sra. Le Pen. Y no hay país que no tenga su homólogo porque en todos hay gente que desearía desaparecer con tal de llevárselo todo por delante. Supongo que es toda esa gente a la que de niños nadie les obligó a subir cuestas. 

Pero no se preocupen porque de momento vencen por KO los culos gordos que sacaron oposiciones. Macrón es como Rajoy: la ideología del sentido común. Es el destilado natural de cientos de años dándole vueltas a la idea de un mundo mejor. Sentido común, aburrido pero eficaz. El triunfo definitivo de la melancolía. El fin del mundo.    

miércoles, 3 de mayo de 2017

Un pedazo de tío

Uno coge, agarra y se va a Google y escribe: el hombre blandengue, El Fary. Y aparecerá un vídeo que es una clase magistral en dos minutos. No puede haber una exposición más clarividente de por donde viene la decadencia de la civilización occidental. Los hombres recogiendo las caquitas del perro y arrastrando el carrito de las nietos mientras las mujeres se reunen en la cafetería o, peor aún, en el gimnasio. Me ha coincidido la visión de ese vídeo con la lectura de The Leisure Class y todo me ha cuadrado. Aquí se han suprimido las jerarquías y tergiversado los roles y a las pruebas me remito: después de llevar a los nietos al colegio y sacar a pasear al perrito, el lugar más concurrido de los hombres es la sala de espera del médico... el camello que les suministra las pastillas para poder aguantar todo eso. 

Como dicen los calés, lo nuestro es genético. Y aquí se ha olvidado esa verdad esencial. Todo lo que se haga al respecto de cambiar los roles de los géneros antes de haberse producido una mutación es pura impostura. Siempre se estará traicionando al inconsciente, es decir, generando todo tipo de neurosis que, al final, lo que les digo, no tienen más paliativos posibles que la visita al camello de turno. 

Yo, lo tengo más claro que el agua, el día que vaya por la calle y pase una chavala y no me vuelva a mirarle el culo, ese mismo día me quito de enmedio. Por cierto, Jacobo, dónde has metido aquel soneto de "tu parte postrera me embelesa" que no le encuentro por ninguna parte. Espero que no le habrás retirado de la circulación por las furibundas críticas que te hicieron las viragos. Ese soneto era una pieza maestra, como todos los de Violante que, por otra parte, debieras dar a conocer al mundo por ayudar, si todavía fuera posible, a la regeneración de las imprescindibles diferencias que son la única garantía de perpetuación de la especie. 

En fin, pedazo de tío ese Fary que, mal que le pese a toda la progrería rampante, será lo que quede en el recuerdo de las sucesivas generaciones si es que no se las lleva por delante las caquitas del perro y el cochecito de los nietos. 

martes, 2 de mayo de 2017

British Headache

Si no ando equivocado, que no creo, en los próximos meses vamos a ver una de las mejores películas de muchos años para acá. Se me ocurren multitud de formas de titularla, pero de momento nos conformaremos con el de British Headache. Porque todo apunta en esa dirección, en la de las cefaleas sin fin para salir del embrollo en el que se han metido tras una noche de jarana amenizada con los chistes de Farage y las ocurrencias de Boris. Por cierto, medio desaparecidos los dos no vaya a ser que les bombardeen con huevos podridos. 

El caso es que los británicos parecen haber caído de lleno en esa trampa de la que les previene uno de los más geniales sintagmas de su sintético lenguaje: el wishful thinking. O sea, que se las han apañado para que sus razonamientos se adapten como un guante a sus deseos del momento. Parece increíble que esto les haya pasado a las ingleses, pero esas son las lecciones que da la vida, que nadie sale con la cabeza fría de una noche de jarana. 

Ahora, atrapados ya en la maraña se trata de despistar al personal recurriendo a las artimañas del lenguaje. Y se califica a toda la operación de divorcio: ¡oye!, si dos no se quieren lo mejor es que se separen. Bueno, sé algo de eso y no me trago la similitud que me dan por probada. Algo entre dos y la docena de personas, a lo sumo, que les rodean nada tiene que ver con una cosa de millones, cada uno de su padre y de su madre, que quieren esto u lo otro. Convertir a una nación en un ente monolítico está muy bien para salir de un trance en el límite de la supervivencia, pero, así, por una simple veleidad de niño bien venido a menos, es un disparate de imprevisibles consecuencias en ningún caso favorables.

No, no es un divorcio para nada. Es una ardua negociación en la que cada día va a ser necesario hacer una dolorosa concesión. ¡Pues anda que no tiene retorcido el colmillo la segunda parte de la parte contratante! Y, además, todo para quedar más o menos como estaba, porque el curso de la historia nunca da un vuelco con negociaciones. Para eso se necesita un guerra y no hay que darle más vueltas. Sí, lo que les viene por delante no se va a solucionar a golpe de mantra de la señora May, va a ser un continuo envainársela y acumular frustraciones. En definitiva, un doloroso baño de realidad. 

Así que ya les digo, permanezcan atentos a la pantalla porque la peli ya ha comenzado. Y promete diversión sin fin. Porque va de listo recibiendo estopa de los tontos. Un argumento que nunca se agota porque satisface los más profundos anhelos de la humana condición: humillar al soberbio.  

lunes, 1 de mayo de 2017

Leisure Class

Desde hace un mes exactamente vivo en una calle de nombre Paseo de San José Obrero. He podido comprobar que en algunas instancias administrativas le han apeado el apellido dejándolo en un simple San José. Y no me extraña nada porque lo de obrero ha adquirido un cierto tufillo peyorativo de último de la clase. Así, estos días andaban por ahí los sindicalistas con sus altavoces calentando motores para la celebración del 1 de mayo que ya no es el día de San José Obrero como quería Franco sino de la "clase trabajadora". Y es que, lo que antes era un obrero, hoy día es un trabajador. O sea, como si le hubiese montée d´un cran la dignidad.   

Estas cosas que parecen de chiste en absoluto lo son. Recuerdo que hace tiempo le comuniqué a Jacobo que había leído un artículo de Ferlosio sobre un libro titulado The Theory of the Leisure Class (La Teoría de la Clase Ociosa). Le añadía que me hubiese gustado leer el libro, pero que no le encontraba por ningún sitio. Y, claro, con Jacobo nunca echas comentario en saco roto: hace unos día me mandó el enlace para que bajase el libro del Proyecto Gutenberg, otro de entre los innumerables chollos que nos aporta la Comunidad Europea. Bien, pues lo bajé de inmediato y me puse a la tarea de leerlo. Y claro, recomendado por Ferlosio no puede ser otra cosa que profundidad en las cosas del lenguaje. 

Es un libro muy largo del que sólo he leído como quien dice los comienzos, unas cien páginas, lo que no es óbice para que me haya dado ya para mucho pensar. Entre otras cosas en el porqué de la obsesión que tenía uno de aquellos proscritos de Alar de los que tanto les he hablado por afirmarse en la idea de que su hermano, que había estudiado en un seminario y luego había dedicado la vida a tareas de oficina, nunca había pegado un palo al agua. Para él, que siempre había trabajado utilizando las manos, trabajar con la cabeza era como tocarse los huevos. Y punto. Clase ociosa en definitiva. Despreciable por prepotente y explotadora, pero, a la vez, envidiada y admirada en una especie de baile esquizofrénico de los que emputecen el espíritu. 

Al parecer, la aparición de la clase ociosa es algo tan madrugador en la historia de la humanidad como el paso de el estadio salvaje al bárbaro. Con el primer esbozo de organización social ya aparecen perfectamente diferenciadas las tareas de las mujeres y los hombres y, un poco más adelante, la de curas y militares por un lado y todo lo demás por otro. Y, como no podía ser menos, esa diferenciación trae aparejada la del prestigio. Los curas y militares, a la que pronto se añaden los artistas, acumulan prestigio o, más propiamente dicho, poder. 

Y esta es la cuestión, que, de allí para acá, el mundo no ha cambiado un ápice al respecto. Y esa esquizofrenia entre la envidia y la admiración ha sido la energía que ha alimentado el motor del ascensor social a todo lo largo de la historia. Y, también, esa esquizofenia ha contribuido ¡y de de qué modo! al despliegue del eufemismo como pieza fundamental de la corrección política. Las chachas son trabajadoras del hogar, los porteros, conserjes, etc., y, como colofón, los obreros, clase trabajadora. O sea, que por semejante mecanismo tergiversador a todo el que no trabaja en una cadena de producción o la barra de un bar, al no ser clase trabajadora, se le asigna automáticamente a la clase ociosa y por tanto prestigiosa. 

Todas estos mecanismos mentales, como pueden suponer, tienen mucho que ver con uno de entre nuestros más candentes azotes: las cifras del paro. ¿Como explicar si no que tanto inmigrante encuentre trabajo nada más llegar? Y es que los nacionales se niegan a esos trabajos porque consideran que les denigran. Al fin y al cabo, vivir del subsidio les eleva automáticamente a la clase ociosa, o sea, estar del lado de afuera en la barra del bar. Ser alguien en definitiva. La única aspiración noble de cualquiera que se precie. Y no hay más tu tía.