Ver las cosas de otra forma es sin duda inquietante, porque te aísla, y sobre todo cansado porque te tienes que pasar el día dando explicaciones, te las pidan o no. Y es que esforzarse en explicar es intentar comprender el porqué de la diferencia. Una versión, en definitiva, del complejo de justificación, el más tonto, acaso, de todos los complejos, aunque no siempre. Y es que hay casos, excepcionales eso sí, en los que la justificación se convierte en arte y, por tal, en ganapán. El periodista Sostres, por poner un ejemplo, que vive de demostrar al mundo que solo es oro lo que reluce y que el que no presume es porque no tiene de qué.
Hoy, sin ir más lejos, me ha convencido, o confirmado, que no sé, de que es mucho más educativo para una niña de cinco años salir a cenar con sus padres todas las noches de verano que no madrugar para ir a socializar a un campamento. Bien es verdad que para que la pedagogía funcione el restaurante al que hay que llevarla tiene que ser de postín por lo de la exigencia de compostura, con lo cual mata dos pájaros de un tiro: ir tomando conciencia de la importancia de ser rico por un lado y, por otro, empezar a participar del gran escenario de la vida civilizada, algo cuya importancia sin duda se le escapa a la mayoría de los padres.
La vida auténtica, si es que existe eso, no puede ser de otra manera que la que intenta explicarnos Sostres: una suerte de obra de arte que requiere ingenio, constancia y, sobre todo valentía porque el vulgo no te lo va a poner fácil. El artista, en principio, es el enemigo del pueblo y lo seguirá siendo en tanto el pueblo no entienda lo que le están contando. Porque hay que tener en cuenta que pueblo viene a ser sinónimo de rechazo del inconsciente, precisamente lo que el artista trata de desvelar.
En fin, nadar a contracorriente como única forma de alcanzar las fuentes cristalinas. De lo contrario. si te dejas llevar, cada vez encontraras aguas con mayor índice de salinidad, lo cual, ya saben, donde intentan sostenerse a flote los muertos vivientes.
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