lunes, 10 de julio de 2017

En el divan

A finales del año pasado concluyó el contrato que el ayuntamiento de Husillos tenía con una familia para llevar el bar que han instalado en las antiguas escuelas. Así que lo cerraron y se pusieron a hacer obras de mejora, cosa que como se pueden imaginar es más que nada para echarse a temblar. Desde luego que era un lugar encantador con una mesonera sonriente y de canalillo expuesto que fabricaba unas tortillas de patata realmente notables. Ni que decir tiene que allí siempre había parroquia dispuesta al intercambio de chascarrillos. Pues bien, lo reabrieron hace un mes o así y desde entonces el par de veces que he ido lo he encontrado vacío, decorado, eso sí, muy en plan de moderno de pueblo, con la música innecesariamente alta y, por supuesto, sin tortilla que llevarse al coleto. Claro, lo gestionan ahora dos chicas con pinta de progres revenidas y me imagino que con ideología de "me vuelvo al pueblo". Un despropósito todo ello a primera vista, pero como hay que apechugar con lo que hay pedí un café y me puse a hablar con la que me lo sirvió. Haciendo de tripas corazón le alabé el gusto que habían tenido con la decoración y les deseé éxito. La chica, agradecida, cogió carrerilla y no habían pasado cincuenta palabras cuando ya estaba con el rollo de la épica feminista. ¡Joder, qué cruz nos ha caído! Total, que después de dejarla un prudente espacio para el desahogo la corte en seco recordándola que si no hubiese sido porque un tipo que investigaba en Basilea a mediados del siglo pasado descubrió la fórmula de la anticoncepción las mujeres estarían ahora igual que hace cien o cinco mil años. Pagué y me largué y no he vuelto por allí porque prefiero llegarme hasta lo de Josefina en Monzón que es una señora como las de toda la vida, bien es verdad que sin canalillo, pero con una amabilidad a prueba de bomba. 

Desde luego que lo de la pilule fue un hallazgo de consecuencias como posiblemente nunca había habido otro anteriormente. De un tacazo se suprimieron los miedos ancestrales de la mujer a su más destacada característica biológica: el embarazo. Así que, ya liberada, aunque solo fuese en parte, empezó a mostrar la cara oculta de su personalidad que no era otra que la de "yo también puedo y quiero". Y empezaron los líos porque, desgraciadamente, el tipo de Basilea, o de donde fuese, no se acordó de fabricar la pilule conveniente para contrarrestar los efectos devastadores que en el sector más pleistocénico del sexo masculino tuvo la perdida del miedo de las mujeres a sacar rendimiento de su prenda dorada sin cortapisas por medio. En fin, huelga extenderse en el tema porque a la vista está a dónde hemos venido a parar.

Pero es que por si con todo eso no hubiésemos tenido bastante, resulta que de veinte años o así para acá vamos los humanos dejando un rastro que es lo más parecido a estar todo el día tumbados en el diván del psicoanalista. En la soledad de su gabinete, el hombre, y la mujer por supuesto, rastrean el mundo de sus pasiones, las bajas y las altas, ajenos a la realidad de que están siendo observados con lupa. Y así es como luego, cuando el "gran hermano" cuenta todo lo que ha visto, el hombre taimado que se escondía en el anonimato para no avergonzarse cae en la cuenta de que lo suyo es normal y entonces va y se lía con una gorda porque sabe que la realidad del mundo es que para sus fantasías sexuales los hombres las prefieren bien rellenitas. Que ya lo decía el refranero que se adelanta a toda investigación cognitiva, que una cosa es que sea presentable y otra que sea follable. 

En resumidas cuentas, que es como si estuviésemos ya en esa fase del desarrollo humano en la que es difícil escaquearse de uno mismo. Por así decirlo es como si el inconsciente freudiano fuese mercancía de bazar chino. En fin, vamos a ver qué sale de todo esto.    

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