Mascotas
Ayer, por aquello del güevoneo propio de los días veraniegos, me puse a ver un rato SKY NEWS. No llevaba ni dos minutos mirando sin apenas ver cuando algo me llamó la atención y quedé colgado. En Blackhall, en el condado de Durham, una ciudad situada en el noreste de Inglaterra, un niño de seis años, Bradley Lowery, acaba de morir tras cuatro años de lucha contra un cáncer de los de pésimo pronóstico. El niño, por lo que fuese, fue adoptado hace tiempo como mascota por el equipo de fútbol de la ciudad y ahí esta el quid de toda esta historia de amor y masacre. Cada vez que había partido sacaban al niño del hospital con su aspecto lamentable para que hiciera el saque de honor, después de lo cual el niño, calvo como estaba y lleno de moratones, sonreía, ponía los dos pulgares hacia arriba y el populus se jartaba de inmortalizar el instante con sus smartfones. Al final sucedió lo que al parecer nadie se esperaba y por tal ha sido que el evento ha participado de todos los ingredientes de la tragedia. Los discursos sobre el gigantesco legado de heroicidad que ha dejado Bradley se han sucedido sin solución de continuidad. Las fábricas de klinex han tenido que hacer horas extraordinarias para atender a la demanda. Las empresas de la ciudad han dado el día libre a sus operarios para que pudiesen consumir todos los klinex que quisieran sin el menor atisbo de pudor. La tienda de camisetas del equipo local se ha forrado y también supongo que los pubs. Ha sido una de esas explosiones de sentimentalidad que se diría que toda la ciudad de Blackhall esta poblada por porteras y solo porteras.
Uno, que no para de maravillarse viendo las cosas que es capaz de hacer la humanidad, de vez en cuando, cuando se topa con asuntos como el de Bradley, frena en seco y se pregunta si tanto logro no será más que una ilusión y la realidad no es otra que el que todavía continuamos subidos a las ramas. O peor, si no estaremos ya en el reino de Hades saboreando el regusto de la queja incesante. Porque es que esta chifladura que le entra a la gente con solo escuchar la palabra mascota no puede ser otra cosa que una regresión a los orígenes simiescos o un viaje al más allá tenebroso.
En cualquier caso esta sentimentalidad rampante que todo lo invade me produce una desazón que a duras penas combato viendo los vídeos de la Khan Academy. Desde luego que nadie me podrá quitar de la cabeza que estos desajustes psicológicos colectivos, que tantos quebraderos de cabeza suelen acabar dando, todo hay que decirlo, tienen que tener mucho que ver con la herencia pestilente que nos dejó el Gran Corruptor. Al final parece que se está saliendo con la suya de que los niños no se hagan mayores nunca. Y, luego, como ya no hay guerras... pues la legión solo sirve para pasear la mascota.
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