Hay por estos días que corren un escritor que se ha puesto de supermoda con una novela de título Patria que trata al parecer, sobre todo, de la cobardía de los vascos. Hoy, el mismo escritor publica un artículo sobre filosofía de la lectura en el que explica a la perfección el porqué de que yo no lea su exitosa novela. No me gusta perder el tiempo con gente que me da la razón en todo y no me aporta algo nuevo que necesite esfuerzo para ser digerido. El maestro Savater lo expresaba hace tiempo con la concisión y agudeza que le caracteriza: leo para que me desmientan.
En realidad, a estas alturas ya casi no leo porque dado el descreimiento generalizado que me señorea es muy difícil que pueda encontrar algo que me desmienta. ¡Qué me van a contar a mí de lo cobardes que son los vascos si yo mismo soy vasco y cobarde por demás! Y no soy asesino como alguno de ellos porque las circunstancias de la vida no me han puesto como a ellos en la tesitura de tener que serlo para sobrevivir. Por eso es que más que nada me inspiran compasión, como lo hace el que no utiliza las papeleras o el que echa pedorretas con su moto o cualquiera de las otras mil actitudes reprobables con la que el ejercito de desgraciados que somos la humanidad tratamos de aliviarnos inútilmente.
Pero en fin, a lo que íbamos, a la filosofía de la lectura, al qué se lee, si es que se lee, y para qué se lee. Recuerdo que cuando de niño iba en el tren de Liérganes a Santander veía que prácticamente todos los obreros que acudían a las fábricas de Camargo iban absortos en la lectura de novelas de Marcial Lafuente. Solían mover los labios al hacerlo lo cual suscitaba comentarios chistosovejatorios entre los señoritos que me acompañaban. Aquella buena gente se evadía con la lectura de la pesadez del tiempo muerto del traslado. Igual, exactamente, como yo hice tantas veces cuando precisaba del metro para acudir a mis obligaciones laborales. Nunca, quizá, me concentré tanto en la lectura como en esas circunstancias. Porque el libro era como la muralla que te separaba de aquella promiscuidad insoportable.
Lo de la evasión sin duda es una buena justificación para la lectura. Lo que pasa es que, si eres un ser que evoluciona, es decir, mentalmente sano, lo que te servía ayer para evadirte hoy te resulta ya cargante. Por eso es que cada vez se requiere mayor dosis de complicación para satisfacer la demanda de abstracción. Y así, pasito a pasito, llegas a donde solo partiéndote la cabeza del esfuerzo puedes disfrutar. Es un decir, claro, porque todavía hay ocasiones en las que un relato banal me resulta no sólo entretenido sino también sorprendentemente esclarecedor.
com siempre Pedro ,un maestro .
ResponderEliminarquerido Pedro,estuve largo tiempo de Romería,pero te digo leyendo.Siempre un placer inigualable.Una abrazo
ResponderEliminarMe alegra tener noticias tuyas. Más que maestro, como Guillermo que solo intentaba ayudar. Un fuerte abrazo.
ResponderEliminarallá por principios de los 70,sinedo un chavalillo,yo le cambiaba a mi tío Emilio novelas del oeste y de detectives en un quiosco sito en lo que hoy es la entonces llamada Plaza de Onésimo Redondo,hoy oficialmente"Plaza de la Libertad"(sic). A mi tío Emilio no le gustaba Marcial Lafuente,prefería las novelas de Silver Kane o Clark Carrados,autores según él americanos y que ,siempre según sus teorías,eran antiguos mercenarios que le deleitaban con sus conocimientos de lucha personal y sagacidad detectivesca.En el fondo,y esto yo lo sabía,lo que no le agradaba de Marcial Lafuente era la completa falta de erotismo en sus relatos.En cambio,en los autores americanos (que en realidad eran antiguos periodistas o profesores rebajados tras la guerra civil por su pasado no apto para el Régimen)siempre aparecían mujeres voluptuosas,de labios carnosos,algo casquivanas y ,sín excepción,con grandes apéndices mamarios para regocijo de mi tío Emilio ,que por cierto ,ya octogenario,continúa leyendo las novelas en su bién y merecida jubiación de pintor de brocha gorda
EliminarEl erotismo era fundamental sobre todo en la literatura que iba dirigida a mujeres. Corin tellado era maestra describiendo escenas de sofa. Por cierto que cuando estudiaba en Vallado tenía un compañero que se pagaba los estudios escribiendo novelas del oeste. Iba a una por semana o así.
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