Anunciaban tormentas, pero no hubo nada. Un día suavemente bochornoso muy apropiado para una larga sobremesa en el jardín. Habíamos quedado en Aguilar y sonaban en la colegiata de San Miguel las campanadas de la hora convenida cuando nos encontramos en el centro de la Plaza de España. Una vieja amistad, quizá el mayor soporte de esta vida que va quedando. Hacía algunos meses que no les veía, pero el tiempo ya no cuenta: siempre están ahí. Unas referencias y un lenguaje común labrados paso a paso por las largas itinerancias, no siempre fáciles, codo con codo.
Anduvimos toda la mañana güevoneando por allí, consumiendo hostelería y parques. Incluso llegamos hasta lo alto de la presa para tener una visión del conjunto. Hacia las tres recalamos en la hostería del monasterio de Santa María la Real. Confortabilidad, buena comida y mejor atención. Y, ¡oye!, todo por quince euros. Pero, ¡por dios!, así cómo no va a querer venir todo el mundo a España. El café salimos a tomarlo al jardín, a la sombra de los perales y manzanos que un día ya muy lejano plantaron allí sus antiguos moradores los monjes premonstratenses. Es un decir.
Supongo que debimos hablar de todo lo habido y por haber porque ya eran muy pasadas las siete cuando nos levantamos para organizar la retirada. Como buen anfitrión, estábamos en mi provincia, les acompañé hasta su coche, justo al lado del colegio de San Gregorio. Allí les dejé; parecían relajados. No sé para ellos, pero para mí fue la fiesta perfecta. Cuando volvía por la autopista bajo los aguaceros intermitentes que descargaba un cielo plomizo pensaba que, al fin y al cabo, aunque solo fuese por días como este merece la pena y mucho seguir soportando todas estas artrosis y demás que malamenizan los despertares de cada día.
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