Lo normal es que en verano se me agrave la fobia social que a duras penas sobrellevo el resto del año. Porque con el calor es como si se multiplicase por cien el número de gente que me persigue. Por eso quizá es que mi vida haya sido una continua, e inútil, huida terapéutica. Lo que, en definitiva, puede que no sea otra cosa que la esencia de la condición humana: huir de sí mismo. Porque, juraría, prácticamente nadie se gusta a sí mismo y de ahí ese empeño en adornarse con extravagancias en un vano intento de autoengaño.
Y ahí es donde reside todo el encanto y la tortura de esta vida, en la calidad de los adornos con los que cada cual trata de realzarse. Porque, por poner un ejemplo, no es lo mismo cómo se adorna Lang Lang que cómo lo hace Fernando Alonso. Y ahí está el quid, o el caldo de cultivo en el que nos cocemos los fóbicos, que los adornos de Lang Lang le gustan a cuatro gatos y los de Fernando Alonso hacen las delicias del 99,9999... de la humanidad. Lo que va de la música al ruido. Y eso nunca va a cambiar porque hay por medio las dos piedras preciosas más escasas del universo: sensibilidad y esfuerzo.
Comprendo que todo esto suena a queja que es tanto como confesar mi descenso a los infiernos, pero es que estoy hoy intentando recomponer los estragos causados por una noche singular. Salí como cada día con el sol ya puesto y no me había alejado cien metros de casa cuando empece a percibir el estruendo. A partir de ahí ya fue todo como lo del ratón y el gato, y yo era el ratón. Andaba recorriendo las calles de la ciudad una caravana como de cien coches o más que tenían la característica todos de llevar la puerta del maletero alzada y en el maletero un despliegue de altavoces que emitían lo que llaman música tecno, o sea, como obras en el piso de al lado o visita a los telares de Manresa. Ríanse ustedes de esa imbecilidad que los valencianos llaman mascletá. Y el problema añadido consistía en que no me dejaban cruzar las calles para volver a casa a encerrarme. El gentío estaba entusiasmado contemplando aquella horterada y en un momento que aproveché que se había puesto el semáforo verde para intentar cruzar, un niño con sobrepeso me recrimino severamente por no observar las normas de la tribu: tienen prioridad ellos, dijo como ofendido. De todas formas detuve a la caravana y crucé. Y los guardias que me vieron no dijeron nada.
Bueno, son las pequeñas molestias de la vida que en el momento de ser vividas te parecen como subir una montaña por obligación, pero que una vez pasadas quedan en nada. Y por contra todos esos chavales que no pudieron con los estudios tuvieron su noche. Se sintieron protagonistas de algo muy especial y eso les dará gasolina para seguir sin chistar con sus empleos miserables el resto del año. Hay que quererlos porque les necesitamos. La vida es así de compleja y no hay nada que nuestro refranero popular no controle con extrema concisión. En el caso en el que estamos que no hay mal que por bien no venga.
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