Veníamos de la Montaña Palentina en mi coche vintage y a la altura de Herrera decidimos meternos en la autovía. Nunca había visto cosa semejante. Estaba saturada de coches que iban a una velocidad infernal. Claro, domingo por la tarde, fin de julio... operación recogida. Ni que decir tiene que aquello no era en absoluto lo apropiado para la estética vintage. Así que quince kilómetros más allá tomamos la salida de Boedo y nos vinimos por la antigua general prácticamente solos y disfrutando a nuestras anchas de las luces del atardecer. Pero el susto no me lo quitó nadie. Verme de pronto tan desprotegido en medio de aquella vorágine me hizo sentir en toda su crudeza las tremendas limitaciones a las que me ha arrojado la edad. Me sé ya completamente incapacitado para sobrellevar situaciones que exigen una gran atención y tensión prolongada en el tiempo, de lo cual no sé si lamentarme o alegrarme porque tampoco le veo sentido si se pretende una vida cumplida al someterse a una ordalía tan estúpida como cuatro horas seguidas de autopista saturada.
Me pregunto como ha podido ser que la vida haya venido a dar en esto. Millones y millones de personas metidas en coches que van a toda pastilla sin otra finalidad que la de ir a relajarse un rato a un paraje idílico. Me cuesta encontrarle el sentido. Es como si la meta robase toda su importancia al camino. Un tremendo error, sin duda alguna. Por cierto que el otro día a la altura de Monzón me tope con tres caminantes jóvenes y les pregunté si iban a Santiago. No, vamos a Comillas, me contestaron. Curioso, porque tardarán una semana en llegar a donde otros van en dos horas escasas. Una extravagancia seguramente, pero qué inteligente me pareció.
La vida es complicada, desde luego, y cada cual se lo monta como mejor puede para no tener que estar todo el día tirándose de los pelos. Pero así y todo convendría un poco de consecuencia entre el dicho y el hecho. Así que tengo que pensar a ver que voy a hacer con este coche vintage que me ha caído encima en un momento de bajón. Porque me divierto más cuando excursioneo en bicicleta. Y, además, las comidas me sientan mejor, el vino me coloca más, y sesteo bajo los fresnos centenarios de los atrios de las iglesias mucho más a pierna suelta. En fin.
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