Ya sólo miro la televisión cuando estoy en casa ajena o a la espera en algún local público. Pues bien, de esas escasas veces, diría que más del noventa por ciento hay en pantalla programas que tienen que ver con la pitanza. Y más concretamente pitanza con turismo de fondo. Un cocinero inglés recorriendo el mundo para enseñar maravillas gastronómicas en entornos de ensueño como, por poner un ejemplo, langostinos en salsa de tomate en un restaurante de la costa croata. Claro, si ves eso cuando llevas unas cuantas horas sin comer te subes por las paredes. ¡La biología no engaña!
Esa es la cuestión, que nos vamos quedando en el puro animal. Todo sentimiento y emoción. O instinto, si mejor quieren. Y es que, con tanta inteligencia artificial y demás mandangas ya no es necesario pensar para casi nada. Y así corre el mundo que veo desde la ventana, grupos de gente a la puerta de los bares que entran y salen según les apetezca beber o fumar. Sólo necesitan dejarse llevar.
El mundo, diría yo, está atravesando las mayores "uvas de la ira" de su historia. Ya casi sólo quedan camareros y conductores con una función que cumplir y todo indica que tienen los días contados. ¿Qué vendrá después! Bueno, siempre nos quedarán las guitarras para pasar el rato.
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