Hoy es eso que llaman Domingo de Pascua o Resurrección y, por simpatía o lo que sea, el día ha amanecido gorgeous que dicen los ingleses. Desde la confortabilidad de mi reclinable Ikea oigo en la distancia explosiones de petardos, volteos de campanas y ronroneos de harleydavinsons. La calle, y las carreteras, pienso, van a ser hoy un hervidero de ansiedades que voy a procurar evitar por todos los medios a mi alcance. Hoy, me prometo, voy a vencer a la serpiente que no tardará en aparecer con su tentadora manzana en la boca.
No recuerdo que dandy fue aquel que dijo algo así como que sólo se arrepentía de las tentaciones a las que no había cedido. Una hermosa provocación, sin duda, porque qué sería de nuestra experiencia de vida sin haber sucumbido mil veces y una más a la ilusión de una promesa redentora. Un día de playa, unos sanfermines, una mariscada gallega, yo qué sé, porque parecía que todo iba a servir para el convento cuando la realidad era que todo quedaba en nada cuando no en dolor de cabeza mañero. Esa época de la vida en la que Dioniso te tiene agarrado por los cojones y si no le rindes culto cada día aprieta. Es la esclavitud disfrazada de sabérselo montar.
En fin, que por el querer de los dioses, no hay estupidez que cien años te dure. Golpe a golpe endurece uno la piel y se hace inmune a las picaduras de serpiente. Y así, ahora, cuando ya quizá de nada sirva, a las únicas tentaciones que uno se siente receptivo son a las que vienen cargadas de exigencia. Entonces, en vez de Dioniso las pelotas es Apolo el que viene a apretarte las neuronas... todas esas partituras que me he comprometido a aprender ¡Dios mío, qué tormento más excitante! No me deja ni dormir.
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