domingo, 29 de abril de 2018

Andana

Yo comprendo que una interpretación somera de la realidad produzca desazón. Esa connivencia emocional entre los políticos y la chusma elevada a la categoría de pueblo es de todo punto demoledora, pero si nos paramos a considerarlo quizá lleguemos a la conclusión de que no puede ser de otra manera, y es más, que si no fuese para esa connivencia no harían falta para nada los políticos. El caso es, entonces, que existan otros mecanismos que contrabalanceen ese infantilismo social. El poder judicial, por ejemplo, que por su propia naturaleza le quedan pocos resquicios para los amores cósmicos, aunque a veces se cuela por esas rendijas y la caga bien cagada. Pero hay más. 

Si ustedes miran la historia no tardarán en caer en la cuenta de que lo único que va quedando incólume en la memoria a través de los siglos  son las cabezas pensantes. Esquilo, Sófocles, Eurípides, Heródoto, Tucidides, Platón, Aristóteles... sin esos nombres la Hélade no existiría ya. Y de allá para acá todo igual, una retahíla con los nombres que pusieron en limpio el pensamiento. El buen pensar, ese es el mecanismo que hace que, a la postre, reine la concordia y el mundo siga girando sin excesivos chirridos. Cuando se gripa ese mecanismo, nos echamos a temblar porque presentimos lo peor... que no es el caso de este presente que vivimos.

Así que no sufran porque cabezas brillantes, haberlas, háilas quizá más que nunca y no sólo en el mundo en general sino también en éste en apariencia atormentado solar. Aquí, en España, el último maldito embrollo que parecía abocarnos a la guerra civil lo resolvieron una docena de aventajados intelectuales en una conversación de sobremesa en un restaurante de la Plaza Real de Barcelona. Fundaron Ciudadanos y a estas alturas, lo que era la larga marcha del pueblo elegido hacia la tierra prometida, se ha convertido en un sainete a punto de echar el telón. Y lo mismo toda esta barahunda que hay montada estos días a propósito de la bacante que subió al Citerón en compañía unos cuantos coribantes. Lean el artículo, no para aprendices desde luego, que escribe hoy Espada en El Mundo y olvídense ya del tema... porque pasarán más de mil años, muchos más, y las bacantes y los coribantes seguirán subiendo al Citerón y siempre bajaran de allí, como les decía, chorreando sangre por las comisuras de los labios.  

En otro orden de cosas, si es que es posible otro orden, muy sintomático del presente el minirreportaje que vi ayer en el telediario de una televisión francesa. Nueve de cada diez franceses ya no van nunca a un restaurante sin antes leer los comentarios que los clientes dejan en internet. El asunto, al parecer, ya ha adquirido las características del más puro infierno para el sector de la hostelería. Tres comentarios negativos seguidos y la facturación cae un significativo porcentaje, incompatible en cualquier caso con la viabilidad del negocio. Por supuesto que como buen gremio francés, los hosteleros ya han pedido a sus políticos que tomen medidas represivas, pero los políticos han contestado que se llaman Andana. En fin, las barbas del vecino y qué mundo más divertido el que se nos vine encima... o se les vine, porque a mí ya...

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