martes, 3 de abril de 2018

Me entristece

En el cotidiano barrido de los periódicos digitales encuentro desde hace días una noticia que me conmueve: "los problemas de alopecia de Sakira". Tan persistente hallazgo hizo que ayer ya no pudiese eludir más la curiosidad y pasase de los titulares a la letra pequeña. Una chorrada, desde luego, Sakira tiene problemas con el fisco, con su controvertido marido, con su garganta y, por todo ello, está estresada, lo cual, como es sabido de sobra, es fatal para el pelo. En definitiva, el regodeo en el ocaso de una estrella, algo que siempre ha dado mucho juego. Me conmueve.

Hace ya unos cuantos años pase una velada gloriosa contemplando en la cadena ARTE a esta mujer en un concierto que dio en Amsterdam. Le habían montado en el escenario un dispositivo como la proa de un barco que hendía los procelosos mares del público agitado. Encaramada allí desplegaba tales encantos que más que humana parecía divina. Y que conste que por aquel entonces yo ya no fumaba nada. ¡Cómo se movían aquellas caderas, Dios mío! Bueno, poco tiempo después leí que había tenido problemas con su columna lumbar. ¿Cómo hubiese podido ser de otra manera?

Por así decirlo, la Sakira de aquel espectáculo me pareció la encarnación del magnetismo erótico. Algo así como un capullo recién eclosionado. O sea, tan deslumbrante como efímero. Porque en términos estrictamente artísticos no creo que la chica fuese para tanto. Con esos gallitos tan característicos que hace al cantar no creo que se pueda llegar muy lejos. Sirven para identificarla, pero nada más. Y para colmo va la inocente y se casa con un capullo catalán que coquetea con el nazismo. En dos días la dejará porque, además, debe ser bastante más joven que ella. 

En resumidas cuentas, la envidia, la malicia, todas esas emociones detestables, se cobran su cuota contando los pelos que se le caen a Sakira. Me entristece, porque al fin y al cabo ella nos dio grandes momentos de fabulación erótica que, no nos engañemos, es de lo mejor que tiene la vida. 

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