miércoles, 4 de abril de 2018

Alejandro

Quizá no haya habido en la historia de la humanidad vida tan glosada como la de Alejandro Magno. Y eso que ni siquiera llegó a los treinta y tres años. El caso es que a los veintitrés o así, recién heredado el reino de Macedonia, se puso al frente de un ejercito y empezó a conquistar, primero Grecia y después todo lo que había sido el Imperio Persa. Y una vez conquistado militarmente, como suele pasar, intentó hacerlo culturalmente. El oriente se helenizó bastante en aquellos años y ni siquiera la hecatombe musulmana que sucedió diez siglos después pudo borrar del todo sus vestigios. Por lo visto, a día de hoy quedan valles perdidos entre las montañas del Pakistán en donde se sigue interpretando el mundo a la luz de los dioses olímpicos. Bueno, no sé si lo he soñado, pero me parece que no.  

Sea como sea, lo que tengo entendido es que la pasión de Alejandro por avanzar hacia el oriente estaba en gran parte motivada por el deseo de beber de las fuentes del conocimiento hinduista. Porque ya por aquel tiempo estaba extendido por el mundo el mito de la sabiduría de los gurús que sentaban cátedra a las orillas del Indo y el Ganges. Alejandro, que había tenido a Aristóteles para el solo, sin embargo debía de sentir un vacío de conocimiento que le atormentaba. Porque una cosa es saber como controlar el mundo y otra muchísimo más complicada tomar el control de sí mismo. Y esto último es lo que debía querer aprender porque es que, además, su biografía muestra como en medio de tanta grandeza se suceden los episodios de mezquindad a causa de su carácter tornadizo o infantiloide. 

Y les cuento estas cosas porque, salvando las distancias, uno está en las mismas que Alejandro. Quizá como todo el mundo a medida que las conquistas de la vida van dejado al descubierto la desnudez del propio yo. Uno quisiera tanto llegar ya de una vez a ese estado nirvánico en el que el único deseo es no desear nada. Estar bien como estás y, lo más, lo más, si acaso, cruzar dos veces a la semana la calle para ir a ensayar con una orquesta de pulso y púa. La del manojo de rosas y así. 

Bueno, en fin, ya veremos, porque llega el buen tiempo y con él el diablo con con sus propuestas tentadoras.    

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