Yo tenía una amiga que no se podía poner un vestido encima si no era robado. Una vez, su madre, que era una señora de cierta prosapia y posibilidades, le envió un chaquetón de piel vuelta de los que por entonces eran moda. Pues bien, de inmediato mi amiga se lo regalo a la primera que se le puso a mano y se fue corriendo a una tienda a robar uno igual. La operación no le llevó ni una hora. Tal era la habilidad que ya tenía adquirida para tales menesteres. Por lo demás, quizá haya sido la mujer con mayores capacidades intelectuales que he conocido. Son las cosas de la diosa naturaleza que parece como si tuviera celos de la perfección por aquello de que no vaya a ser que me destrone.
Cuentan las crónicas que en la Atenas de Pericles lo de robar sólo era oprobioso en el caso de que te pillasen con las manos en la masa; de lo contrario era un signo de inteligencia. Claro que en aquel tiempo no existían las cámaras de vigilancia, así que lo tenían chupado. Pero, para el caso, ahora es igual, porque el lastre de las cámaras lo suplimos con creces a golpe de masters en choricería. En realidad, me pongo a hacer recuento y no conozco a nadie que no tenga uno de esos masters. Las especializaciones son casi tan infinitas como las posibilidades de camuflar el latrocinio tras una cortina de legalidad. Luego están las cuestiones morales, sí, pero a quién le importan si no meten en la cárcel.
La cosa viene de lejos, de las tablas que bajó Moisés del monte, no hurtarás señalaba el séptimo precepto, justo por detrás del sexto que pedía otro imposible si acaso mayor: no fornicarás. Se comprende ese laudable esfuerzo, porque todo el mundo sabe que las pasiones desatadas llevan a la ruina, pero, no nos engañemos, una vida sin pasiones destructivas ni es vida ni es nada. Así, la sabiduría, caso de existir, consistirá, digo yo, en estirar la cuerda justo hasta un centímetro antes de su punto de rotura.
En cualquier caso, mi padre, que solía compendiar toda la ciencia moral en los refranes, siempre estaba con el dime de que presumes y te diré de qué careces. Y, ya, cuando se ponía estupendo, se explayaba con el típico "prevención a destiempo, malicia arguye". ¡Ay, esa pobre chica de Madrid! No me extrañaría nada que hiciese a la vieja usanza romana y tomase las de Pan y Guindas como dicen aquí en Palencia. Es lo que tiene meterse a político, o política, que para el caso es igual, sin antes haberse aprendido de memoria "Oráculo manual y arte de prudencia". ¡Elemental, Cristina, para todo hay que saber!
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