viernes, 27 de abril de 2018

Hechos

Ahora, cuando ya no me sirve para casi nada, me doy cuenta de que el gran problema de la ciudad en la que vivo, del país al que pertenezco y el mundo por el que transito no es otro que yo mismo. Ya no quiero engañarme más con las típicas excusas sobre las carencias de los otros, que seguramente las tendrán, porque mi gran problema es y siempre ha sido, las mías. Mi permisiva convivencia con todos los pecados capitales y mi corrosiva habilidad para disimularlos de tal manera que ni yo mismo los veía. Gracias a los dioses y, también, a unos cuantos amigos ya muertos, pude caer en la cuenta para, aunque sólo sea, no tener que llevarme como compañero a la tumba el rencor. 

Leo hoy, otra vez, a Maria Elvira Roca Barea que insiste en sus tesis. A Alemania no es de ayer que le venga el garbanzo al pico. Es como quien dice de siempre que se sientan superiores a los demás. Y de ahí que sus jueces dicten esas sentencias injustas que nos perjudican. Y sobre todo nos humillan. Pues bien, mi consejo de anciano es que no se dejen engañar: nuestro problema no es que los alemanes nos miren por encima del hombro como, por otra parte, nosotros miramos a los que nos superan en zafiedad; nuestro problema es que somos incapaces de articular una sociedad más equitativa y educada. Más introspectiva, en una palabra. O apolínea, si mejor quieren. Que otro gallo nos cantara. 

Otro engaño por el estilo al que hoy estamos asistiendo es el desgarramiento de vestiduras por parte de casi todos los que tienen acceso a los diversos púlpitos a causa de una sentencia que juega con la semántica haciendo distingos entre abuso y agresión. Una bacante sube al monte Citerón en medio de una manada coribantes. Y pasa lo que es de esperar que pase. No entiendo, la verdad, a que viene tanto ruido. En todo caso, quizá los padres de la bacante debieran explicar qué hicieron para conseguir que su hija fuese una bacante. Todo lo demás es el ruido que hacen los curetes entrechocando sus escudos para que Cronos no detecte al niño Zeus por sus llantos. Porque si lo detecta se lo comerá como a sus hermanos. ¡Por Dios bendito, cuánto nos está costando que el niño Zeus se haga de una vez hombre!

Por lo demás, sí, todo indica que en Alemania hay mucha menos mierda en las cunetas que aquí. Un fact muy a tener en cuenta. 

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