Me di cuenta hace ya bastantes años y se me cayeron los palos del sombrajo como se suele decir. Yo era uno de ellos y por eso, quizá, esa especie de atracción/repulsión que sentía por las películas de vampiros. A partir de entonces, lo mismo que empecé a verme en los espejos y por ello a ser cuidadoso con mis efusiones amistosas empecé también a troncharme con películas como el "baile de los vampiros" o "déjame entrar". Ya no las puedo ver como de vampiros sino como de sentido del humor acerca de la inocencia reinante en la mayoría de las relaciones entre humanos. ¡Es que te quiero tanto!
Otro género que se me hizo apestoso ya hace bastante es el que trata sobre las mafias. La sagas de El Padrino o Los Soprano no pude con ellas. Unas interpretaciones maravillosas, desde luego, pero todo era meridianamente previsible. De Scarface para acá, hemos visto exactamente lo mismo un millón de veces. Unos tipos se organizan para controlar un territorio y al que les molesta le quitan de en medio. En definitiva, una parcela de totalitarismo, más o menos consentido, dentro del Estado democrático. Las razones del consentimiento serían para largo y tendido, pero de entre ellas ninguna se puede comparar a la de la facilidad y rapidez con la que esas organizaciones acumulan ingentes cantidades de capital, cosa que, como es de sobra conocido, es la madre de todos los progresos.
Controlar el territorio, es decir, la guerra si aparece competencia. Así les explicaba el otro día la crisis catalana. A esa entidad mafiosa que eufemísticamente llaman "burguesia catalana" le ha salido la competencia de Ciudadanos y ha reaccionado con la lógica mafiosa. Es una cuestión puramente mecánica. O biológica. El instinto de supervivencia. Elemental. Lo mismo que las declaraciones que hemos escuchado estos días a los aberzales vascos. Para disimular que tienen sus barbas puestas a remojar se dedican a insultar e incluso amenazar. Saben de sobra que el ciclo está cambiando y que ya de nada les va a servir sacar las pistolas a pasear. Y no es que lo de las mafias se vaya a acabar, ni mucho menos, sino que asoman por el horizonte otras mucho más poderosas. "El rancio nacionalismo español", declaman los sicarios de la organización en las campas donde pastan los adeptos. ¡Qué más quisieran! Lo que viene es más rancio y de mucho más lejos. Y les aplastará de un simple manotazo. Llámense instituciones comunitarias, llámense corporaciones multinacionales, llámese Partido Comunista Chino -yo prefiero llamarlo Escuela de Mandarines-. El mundo, como tantas veces fue previsto en la ciencia ficción no da para tantas organizaciones. Con media docena ya son multitud. Y todos felices, porque cuantas menos haya más lejano estará el poder y más cuestión individual será la libertad. Así que, pobres catalinos y pobres aberzales, y pobres todos los que se apuntan a las pequeñas mafias para sobrevivir. Casi me inspiran ternura.
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