miércoles, 28 de noviembre de 2018

Cesar Antonio

Ser viejo, si conservas una salud aceptable y nunca fuiste nada de particular, no está ni tan mal. Bajas al Bariloche a desayunar, la camarera rubia, aunque sea de bote, te sonríe, algún vecino te cuenta un chascarrillo y, luego, que el pincho de tortilla con el café con leche te sabe a gloria. Perdonen que me reitere con lo de la tortilla, pero es que ¿cómo puede ser que un país se autoodie, como sostienen algunos, después de haber inventado la tortilla de patatas? Yo la colocaría en el centro de nuestra enseña nacional como otros ponen un sol. Pero, en fin, a lo que quería llegar es a que la experiencia parece demostrar que lo que es terrible es llegar a viejo para ser un donnadie después de haber sido un donmucho.

La historia está llena de estos pobres desgraciados que siempre acaban en lo mismo: decir que la juventud actual es un desastre y que el mundo se está yendo al carajo. Es, en definitiva, un consuelo de libro, ¿por qué te habría de preocupar el irte ya si lo que dejas es una mierda? 

Viene a cuento esta manida reflexión a propósito de un artículo de un tal Cesar Antonio -bonito antagonismo- que fue ministro de cultura en un gobierno de cariz socialista y que, a día de hoy, a lo que se puede apreciar, entre otras cosas, en su artículo, echa pestes de sus antiguos correligionarios. Se ve que ya no le hacen puto caso y la rabia le ciega. 

De todo lo que dice, que no es más que un cuento de la mona, lo que más gracia tiene es esa insistencia propia de los degradados por el alzheimer en poner como ejemplo de la degeneración de la juventud su gusto por celebrar con disfraces el halloween. Quizá si Cesar Antonio viese The Big Bang Theory comprendería algo elemental, que todas las juventudes de todos los tiempos se han autoafirmado creando su propio sistema simbólico para explicarse el mundo. Da igual que se trate de genios o de tontos, todos necesitan su cuadratura del círculo. Ya sea un Hércules o un Batman o Hombre Araña el caso es contar con una liga de la justicia que funcione. Y así todo. 

Cesar Antonio, ¡que papis más previsores!  Al bautizarle con ese nombre debieron pensar que ya todo el rato Cleopatra sería para él. 

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