jueves, 8 de noviembre de 2018

Incorregibles

Primero fueron novelas de aventuras. Lo inauguré a los once años con "Guillermo el Conquistador" de Richmal Crompton. De inmediato cayó toda la saga guillermina y con ella ya me quedaron mitificados para siempre jamás los suburbios londinenses con sus fences de tablas superpuestas. Por eso no me parece raro que mi progenie habite en ellos. Pero bueno, eso es lo de menos. Luego, ya, vino la aventura a lo bestia, Isla del Tesoro, Conde Montecristo, Los Tres mosqueteros, Robinsón Crusoe, etc., que sin duda contribuyeron a inculcarme esta especie de afición a columpiarme en la incertidumbre, o inseguridad, que me ha acompañado a lo largo de la vida. Y ya, en plena juventud, el ansia de comprender el alma humana a través de Los Hermanos Karamazov, Rojo y Negro, Madame Bovary y así. Nada en definitiva que no hubiese experimentado ya contemplando el mundo que me rodeaba. Así que entré en la época del ensayo y ¡madre mía, qué rollo! Me pregunto ahora, cuántos de aquellos ladrillos empezados conseguí acabar. Pocos o ninguno, da igual, porque lo verdaderamente bueno comenzó cuando cayó en mis manos La Ilíada y después Heródoto, y Tucídides, y Tito Livio, y Plutarco... y esos sí que los acababa todos e incluso los repetía. Porque en la historia, por fin, empecé a reconocerme en lo que soy yo y también a los que me rodean. A partir de ahí ya sólo me quedaban para rematar los clásicos del Siglo de Oro. Es nuestro principal privilegio de españoles, poder leer eso en la propia lengua. Y allá cada cual en cómo sabe aprovecharlo.

Y así de peldaño en peldaño, sin comerlo ni beberlo, me vi ya a las puertas de la ancianidad con casi todos los escepticismos a las espaldas. Y digo casi porque de pronto empezó a haber algo en lo que me pareció encontrar el fundamento de todo lo que había ido construyendo en el aire a lo largo de la vida. La frustración elemental del existir es eso, construir en el aire. Sin los conocimientos básicos de lo que estás hecho tú y el mundo que te rodea, todo lo demás es charlatanería. Es la ciencia, pienso ahora, el único suelo en el que podemos pisar firme sin temor a que se quiebre bajo nuestros piés. Sólo la ciencia puede predecir y por eso es la única representación de un posible dios entre nosotros. Saber de qué va la materia, cómo interactúan sus partículas elementales y demás, es la única pista que tenemos para adentrarnos en la comprensión de nuestra incorregible lujuria. Así que... 

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