A mi el fútbol siempre me ha importado una higa. De niño jugué alguna vez y no se me olvida aquella patada que me dieron en la cara y me puso un ojo negro. Una y no más. Y además, que yo he sido cualquier cosa en esta vida menos un atleta. Así que, para estar en condiciones de inferioridad, ¡que le den! Luego, ya, un poco mayor, empecé a comprender que tenía valores más allá del puro deporte. Los simbólicos de marras. Cuando lo de Franco, todos los un poco rebeldes nos sabíamos el catecismo marxista de que el fútbol se utilizaba por el régimen para tapar los problemas reales. Una vez más, opio del pueblo.
El fútbol, so capa de espectáculo, es sobre todo y ante todo un simbolismo. Pero no nos engañemos, un simbolismo de categoría carajonera. Les aclaro que carajonero es el adjetivo que empleaban las domésticas que había en casa de mis padres para calificar todo lo que carecía de sustancia. Para ellas, casi todo, ¡y qué razón tenían! Sí, el simbolismo del fútbol, como el de todos los deportes se presta poco a la especulación. Por supuesto que eso no quita para que a su costa corran ríos de tinta, pero no seamos ingenuos al respecto, porque el único agua que corre en esos ríos es el de la obviedad. Como suele decir Perico Delgado cuando retransmite el Tour de la France, "si consigue mantener las fuerzas no le pillarán, pero, si le fallan, le pillarán y todo el esfuerzo habrá sido en vano". Así es exactamente toda la crónica deportiva. Todo el mundo lo entiende porque no hay nada que entender. Basta con mirar y ver lo que pasa. Si fallas una pelota, pierdes, si la falla el adversario, pierde él. Elemental.
En cualquier caso, en esta vida lo que cuenta es la ilusión. Eso es exactamente lo que le dijo el mancebo de una farmacia a una novia mía cuando fue a comprar condones y le preguntó si eran buenos los que le estaba ofreciendo. La ilusión, eso que no sabemos hasta qué punto lo es todo. Porque algunos sostienen, eso, que lo es todo. Pero no vamos a entrar ahora en ese tipo de disquisiciones. Dejemos el asunto en que masas ingentes de población viven ilusionadas con su capacidad para interpretar el mundo a través de lo que pasa en las canchas deportivas.
En fin, no sé a cuento de qué viene todo esto que les estoy contando. Quizá es que en los últimos tiempos le vengo dando importancia a esto de los sistemas simbólicos y sobre todo porque me está pareciendo entender que es justamente en la diferente calidad intelectual de esos sistemas en donde reside el intríngulis de los estratos sociales. Los que interpretan el mundo a través de los deportes, desde luego, no me inspiran la menor confianza. Prefiero a los que, como Sheldon Cooper, utilizan las Bacantes de Euripídes para encajar las piezas. Lo siento, pero es que soy un pedante.
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