domingo, 18 de noviembre de 2018

Pájaros

Esto cada vez se parece más a aquella pesadilla de Hitchcock llamada Los Pájaros. Miro a las ventanas del frente y cuento: una, dos, tres... hasta diez cagadas. Y eso que Teresa limpió no se cuantas el martes pasado. Es que al atardecer aparecen unas bandadas de pájaros, cuyo nombre y procedencia desconozco, que se lanzan de forma aleatoria por las tres dimensiones del espacio cartesiano que es la calle y, a lo que se ve, cuando están en la parte alta del recorrido, por las razones que sean, les entran ganas de cagar y ahí que os va. Luego están las palomas. La gente inventa multitud de artilugios con el fin de ahuyentarlas, pero todo ello no es más que desvestir a un santo para vestir doblemente a otro. Los alfeizar de las ventanas son otra de las tareas asquerosas que le aguardan a Teresa cada martes. Por no hablar de los bancos de la pequeña alameda que tenemos aquí abajo, que sirven para cualquier cosa que no sea sentarse en ellos. A los pies de las farolas, ni les digo. Pero es que miro por las ventanas de atrás y los tejados están rebosantes de palomas que no paran de fornicar. Total, que he escrito al ayuntamiento sugiriéndoles procedimientos de control de natalidad que pudieran pasar desapercibidos a las hordas animalistas que nos asolan. 

Aquella película que tanto tiempo de lucubraciones me llevó antes de caer en la cuenta de qué iba. Los pájaros como metáfora de lo peor del ser humano. Esas palabras impulsadas por la envidia, el rencor y todo lo peor que alberga el alma humana que intentan picotear hasta la destrucción al ser al que van dirigidas. Aquel pueblo de almas mezquinas -¡menudo pleonasmo!- no podía soportar verse en el espejo de aquella pareja de gente normal, o sana si mejor quieren. Una chica mona de afuera se apropia de macho codiciado de adentro. ¡Insoportable! Y más viejo que el mundo. Sí, eso eran aquellos pájaros, los comentarios destructivos que iban invadiendo el pueblo de forma exponencial a medida que los unos a los otros se daban confianza. Al final, como aquella pareja era gente normal, o sana, deciden tomar las de Villadiego. Y todo vuelve a la calma. Es decir, a esa calma contenida que es la esencia de las pequeñas comunidades. Ollas a presión a las que les salta el pitorro a nada que les aumente un grado la temperatura. Bueno, ya saben que el aumento de temperatura no es otra cosa que el agitarse más las moléculas. Porque la realidad es que las moléculas se agitan incluso a temperaturas cercanas al cero absoluto, osea, a -273º Celsius. No te digo, ya, como lo harán a los veintitantos que suele hacer en las costas más codiciadas del planeta. Como donde estaba ubicado aquel pueblo de la película. 

Bueno, no sé a cuento de qué viene todo esto que les acabo de contar. Simplemente, supongo, es que paso demasiado tiempo sentado en este sillón y no sé qué otra cosa hacer para ahuyentar la sensación de puto aburrimiento. No sé, quizá si pudiese ayudar a algún niño con sus deberes de matemáticas... 

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