Cela, que tenía su gracia, dedicó todo un libro a la palabra cojones. Rastreó el idioma a fondo y recopiló todas las expresiones en las que esa palabra era piedra angular del sentido. Por ejemplo: "el cura de Morata de Tajuña se rasca los cojones con la uña" o "los cojones del cura de Villalpando los llevan cuatro bueyes y van sudando". Sí, había en el libro muchas referencias a los atributos masculinos de los servidores de dios en la tierra. Pero es que, no sólo los curas están aquí bien dotados. Aquí, tenerlos como el caballo de Santiago, o más bien del de Espartero, es cosa que, como el valor al soldado, se le supone a cualquier chichirimundi. En Madrid, sin ir más lejos, hay una cadena de zapaterías de nombre "con un par". ¿Lo cogen? Por supuesto que en su primera acepción están refiriéndose a un par de zapatos, pero todo el mundo sabe que por detrás están jugando a la más española manera de balandronear: ¡con un par de cojones! Aunque ya, de tan manido, baste decir ¡con un par! para que todo el mundo lo entienda.
Sí, aquí, decir cojones es decir polisemia. Y toda la dialéctica merecedora de tal nombre se puede resumir en la confrontación de los opuestos "con un par" y "no hay cojones". Más allá de eso nos tenemos que resignar al almidonado y planchado de pañitos para el altar.
Viene esto a cuento del asunto ese que si de verdad hubiese habido un par ya estaría resuelto. Pero resulta que después de tanto balandroneo no hubo cojones. Y ahí sigue el dictador en su Valle esperando a que venga alguien que los tenga más grandes que los del cura de Villarejo de Salvanés que le llegan hasta los pies. En fin, no sabía con quién se las había este doctorcillo de tres al cuarto que ahora tendrá que salir por la puerta pequeña y con el rabo entre las piernas... sin un par.
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