jueves, 15 de noviembre de 2018

La belleza


La percepción de la belleza es algo tan personal que todo intento de trasmisión está condenado al fracaso de antemano. Más que nada, supongo, porque está íntimamente ligada a estados del alma, ya sean de absoluta serenidad, ya sean de frenesí de enamoramiento, o yo qué sé, que son momentáneos e intransferibles. 

Pongamos por caso una idea. Ayer les contaba acerca de la que tuvo Eratóstenes. La belleza, por limpia y simple, de su forma de medir la circunferencia de la Tierra tomando como punto de partida un hallazgo casual que para el común de los mortales no era más que una curiosidad sin la menor trascendencia. Un día vas y descubres esa historia y te emocionas. Y entonces, como estoy haciendo ahora, lo cuento porque quiero que mi emoción se trasmita para que el mundo sea un poco más feliz. ¡Sancta simplicitas! Mi ya cristalizado escepticismo me dice que eso es como arrojar a la hoguera de las vanidades un mondadientes usado. 

Y bueno, estos días pasados murió Lucho Gatica. Sin su Barca y su Reloj aquella adolescencia hubiese sido mucho más erial si cabe. Entre las hormonas disparadas, la niña de mis sueños, un guateque y esas canciones... la repanocha. Eran, sus canciones, como esas enzimas que desatan reacciones en cadena. No se necesitaban ni dos compases para convertirte en gelatina. ¡Virgen Santísima, Madre del Verbo Divino, pero qué es esto! ¿Diseño divino o simple truco de la naturaleza para perpetuar la especie? Buenas ganas de ponerse a discutirlo con lo divertido que es recrearse en la nostalgia. 

Y de la nostalgia a la melancolía. Ese parque otoñal en esta Palencia anclada en los tiempos de Don Jorgito. Ya no suenan los batanes pero se extiende el aroma a café que viene del otro lado del río. Pasarán más de mil años muchos más y ahí seguiremos sacudiendo las alfombras desde los triforios de la catedral. Bueno, y bordando los pinchos de tortilla. Belleza obliga. 

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