lunes, 12 de noviembre de 2018
Tan esquivo
Ésta es la columna que está justo enfrente de la puerta de mi portal. Vivo en una calle porticada que pudiera ser una delicia si no fuese porque nos gobierna gente descomunal y malandrina. Miles de perros orinan a diario en las columnas y esquinas, por no hablar de las preceptivas cagadas de cada día que esa es la otra parte de la historia que al parecer hace las delicias del respetable que las pisa y esparce por el pavimento. Pero es que, además, mi calle tiene una alameda en el centro con bancos que no sirven para nada porque todos ellos sin excepción tienen una costra de dos centímetros de excremento de pájaro. Claro, miro por la ventana y no veo otra cosa que palomas fornicando. Es increíble la vida que se pega esa especie animal, por otra parte santificada por los comunistas por razones que se me escapan. Bueno, quizá porque viven en manada y follan todos con todas y viceversa.
El caso es que estas cosas me producen un malestar difuso que no es que me amargue la vida, pero me pone en el disparadero de actuar so pena de entrar en fase de pudrición del espíritu. Así que ayer, cogí, agarré, hice esa foto que les muestro y se la envié al alcalde con un escrito en el que con la mayor delicadeza de la que fui capaz le pedía me diese algunas razones por las que debiera resignarme a vivir rodeado de semejante cantidad de inmundicia. Y no es que yo tenga la menor esperanza de que mi acción vaya a tener alguna consecuencia positiva, pero el simple hacer algo que sobrepasa la mera queja ya me alivia el malestar.
De todas formas, sea como sea, convendrán conmigo en que esta actitud generalizada de tolerancia casi total al hecho de vivir rodeado de inmundicia de mascota es algo que no debiera ser pasado por alto aunque sólo fuera en el plano de lo simbólico. ¿Qué nos está queriendo indicar esa inquietante extensión de la coprofilia? Millones de personas salen a la calle a jugar a las caquitas con sus perros. Desde luego que con las de sus hijos no muestran semejante agrado; se limitan a pasar el trámite de limpiarlas con pinzas a la nariz y el convencimiento de que es algo pasajero. Pero con las de los perros, es un romance de por vida. Desde luego que ahí la psicología evolutiva tendría mucho en lo que hurgar. Porque no es algo que afecte a mentes torpes ni mucho menos, que ahí están Shopenhauer y su heredero espiritual Houelebecq que no se cansan de repetir que el hombre no ha alcanzado ni de lejos el nivel moral del perro. Y en eso coinciden al cien por cien con otra mente que si no preclara, sí la más admirada por las masas en el siglo XX, la de un tal Hitler.
En fin, últimamente he leído en los periódicos algunos artículos que hacen referencia a este hecho de momento indescifrado. Estoy convencido de que no va a pasar mucho tiempo antes de que se produzca una reacción en cadena y no haya cabeza pensante que no diga la suya al respecto, porque sus implicaciones son tan variadas y manifiestas que, diría, no hay aspecto de la vida que no se pueda analizar a su luz... o más bien oscuridad... porque mira que es oscura esa ligazón sentimental con esos seres que son absolutamente sumisos a sus dueños en todo menos en lo de cagar y mear donde les viene en gana. Quizá, me digo, el que resuelva ese enigma nos librará de esta plaga de inmundicia lo mismo que Edipo libró a los habitantes de Tebas de otra al descifrar el enigma de la Esfinge que no era más que algo tan obvio como que lo mejor para los viejos es llevar bastón. En fin, tan simple y, sin embargo, tan esquivo.
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