miércoles, 7 de noviembre de 2018

Civirivirí, porompompón

Ahora voy y me entero de que la agencia estatal de la cosa estadística, entre otras muchas cosas mide la felicidad de los ciudadanos por comunidades autónomas. Desde luego que hay que ver los grados de atrevimiento -la ignorancia siempre se dijo que es osada- que exhibe el Estado Socialdemócrata, perdonen por el pleonasmo. A mí estas cosas me recuerdan a los chistes de la infancia como aquel de uno que va y se pone un colador junto al culo, se tira un pedo y dice: ¿adivina por qué agujero ha salido? Claro, a buen seguro un socialdemócrata daría la respuesta exacta. 

La felicidad es cosa de canciones adolescentes. Chivirivirí, porompompón, chivirivirí, porompompón, vamos a la playa, calienta el sol. Y ya está. Entonces vas y ves aquel corto en el que Casen va en el seiscientos con toda su familia, suegra incluida, y la correspondiente balumba, a pasar el domingo en la playa de Castelldefels. Y te haces mayor. 

Sí, te haces mayor y te relajas. Y de vez en cuando, para saborear la felicidad, vas y te bebes unas botellas con los amigos. Después, vuelves a las maniobras de mantenimiento. Y en eso consiste la vida, botellas y mantenimiento. Del sabio equilibrio entre ambas constantes depende el que no acabes echando pestes por estar vivo. 

Pero bueno, en cualquier caso esas estadísticas sobre la felicidad quizá sirvan para saber quienes son, si no felices, sí los más tontos de todos. Porque mira que hay que ser tonto para ir diciendo por ahí que eres feliz. Ni feliz ni desgraciado, que eso es una curva sinusoide con sus máximos y sus mínimos y los correspondientes puntos de inflexión. Una cuestión de cálculo infinitesimal. Muy complicado de entender para el vulgo. 

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