Me he quedado patidifuso al escuchar el discurso que, aprovechando que el Pisuerga de las vacunas pasaba por Melburne, ha largado el tenista serbio sobre la libertad. Por su contenido y por su dicción. Sin la menor duda una pieza maestra de la oratoria. Muy en la línea cervantina. La vida sin libertad, ha venido a decir, no es vida. No es de extrañar, por tanto, que el servilismo mundial se le haya tirado al cuello.
Ayer, hablando con María, que se había pasado el día cicloturisteando con conocidos, nos dimos cuenta de hasta que punto se las ha apañado la mafia política para estigmatizar a los no vacunados. En algunos sitios ya han empezado a meterles en campos de concentración. "Porque van por ahí asesinando a la gente", escribía ayer un afamado periodista en el New York Times. Afortunadamente hay sitios, como Japón, en los que son las propias autoridades las que ponen a la ciudadanía en guardia contra semejantes derivas nazis. Pero la tónica es la que es. La gente que se ha vacunado, a poco que piense, no las tiene todas con sigo, y una forma de evadirse del mal rollo es tener en quien proyectarlo. Es todo de libro. De lógica freudiana que le dicen.
Así todo, como ya pasó otras veces, los necios acabarán reventando porque los sabios decidirán no volver a equivocarse. Ayer le preguntaba el ministro de salud británico a un jefe de servicio de un prestigioso hospital de Londres que qué opinaba de la obligatoriedad de la vacunación para el personal sanitario: "pues que estoy deseando dejar mi trabajo", fue la respuesta. Porque es que, mientras el ministro hacía esa pregunta, un informe del ministerio de sanidad alertaba de que el sistema inmunitario de los doblemente vacunados es posible que se hay vuelto ineficaz para atacar las sucesivas variantes e, incluso, cualquier tipo de virus. El despiporre universal, en definitiva.
Por lo demás a mi me viene de madre todo eso del pasaporte sanitario. Así no tengo la menor duda sobre si voy o vengo a éste o el otro garito a tomarme un pincho o un menú que, dicho sea de paso, me sientan siempre de pena. Además que ya me va jodiendo un montón que los camareros me digan caballero. Caballero por aquí, caballero por allá, ¡la mascarilla, caballero! Bueno, la verdad es que tampoco los policías se apean de lo de caballero por aquí, caballero por allá, entre porrazo y porrazo si la ocasión lo requiere.
¡Qué mundo éste, por Dios! Y todavía somos capaces de disfrutarlo a ratos. ¡Ay, qué caray!
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