Todo esto que está pasando con el tenista yugoslavo me parece de lo más interesante. Yo no tenía ni idea de quién y cómo era este señor. Quizá su nombre me sonaba, pero no le hubiera podido identificar por una foto. Sin embargo, ahora, me lo sé al dedillo y me tiene fascinado por su forma de moverse por la pista. Me parece, por así decirlo, la fisiología perfecta. No me extraña nada que sea número uno en lo suyo.
Y entonces van las autoridades australianas y nos ponen a huevo todos los ingredientes de lo que pareciera ser un psicodrama, pero que, eventually, está resultando ser una comedia de enredo. O sea, un montón de gente sacando a la superficie la parte más ridícula de su yo, es decir, la que nos pasamos la vida tratando de ocultar por más que, como dejó claro Erasmo en su Elogio de la Estupidez, siempre acaba por hacerse visible porque de todas las cualidades que nos constituyen como individuos es la más poderosa.
En fin, señores y señoras, un episodio más de la gran bufonada que venimos viviendo de hace un par de años para acá y que, no es por presumir, pero que los que tenemos cierta afición a la Historia no nos hemos tragado en absoluto porque sabemos que no es más que más de lo mismo de lo que cada cierto tiempo se repite con machacona asiduidad. El poder desnortado y las masas culpabilizadas aceptando sumisos la ira de los dioses.
Escribía ayer un gerifalte en el New York Times: ¿Qué puede ser peor que un "unvaccinated"? Pues, un "unvaccinated" que, además, es estrella del tenis.
Bueno, es como aquello que le pasó a la Iglesia cuando unos tipos empezaron a decir que la Tierra no era el centro del universo. Se cargaron a unos cuanto, incluso a Giordiano Bruno, que tenía cierto caché, pero no el suficiente. Pero en éstas estando llegó Galileo Galilei y, ¿qué hacer? Peor el remedio que la enfermedad. La iglesia no se quiso suicidar y dejó correr el asunto... que es lo que hubiese hecho el gobierno australiano si no estuviese ciego de arrogancia. ¡Por Dios bendito, si hasta una vieja gallega ha salido por todas las televisiones del mundo diciendo que ella se pasa el omicrón por el chochón!
Una comedia de enredo que, a Dios Gracias, parece que ya va tocando a su fin. Y quizá este episodio del tenista no sea más que el colofón que se necesitaba para echar el telón abajo de una vez.
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