Dicen de algunos que son unos mentirosos. Qué duda cabe de que lo son. Y qué tire la primera piedra el que no lo sea. Aunque, todo hay que decirlo, la mayoría de las veces mentimos sin ni siquiera ser conscientes de que lo estamos haciendo. Y lo maravilloso del caso es la absoluta facilidad con la que cuelan las mentiras. Y es que, seguramente, no hay otra pulsión humana, excepción hecha de la jodienda, que se pueda comparar a la avidez por ser engañado a nada que la realidad te apriete. Si yo ando, digamos que jodido por mi propia estupidez, ¿cómo no voy a creer al que venga a contarme que lo que en realidad me pasa es que ese que pasaba por allí me ha hecho una putada? Es lo más humano de todas las humanidades concebibles. Porque ayuda a sobrevivir al liberarnos de la conciencia de la propia estupidez. ¿Se imaginan el número de suicidios que habría si viviésemos siempre bajo el peso de la conciencia de la propia estupidez? Porque, no sé ustedes, pero lo que es yo si no fuese por que me distraigo cultivando el jardín o embriagándome con cualquier cosa, ya me habría quitado de en medio hace mucho, casi desde que al apuntarme el bozo empecé a caer en la cuenta de que esto no iba a ser fácil.
Y por tales características de la condición humana es que sea un millón de veces más fácil engañar que convencer a alguien de que ha sido engañado. Y da igual que la evidencia del engaño sea apabullante porque si dentro de él vives calentito, entonces, ¡buena gana de salir a exponerte a la fría y cruda realidad!
En fin, no sé que más decirles sobre el tema, porque parece ser que como lo del coronapollas va perdiendo tirón a marchas forzadas, los grandes engañadores han corrido en socorro de las masas angustiadas ofreciéndolas la posibilidad de una guerra o, en su defecto, un corte de suministro energético que nos va a volver a los tiempos del sabañón... claro, los jóvenes no saben lo que era aquello de estar todo el pueblo llano con los dedos de pies y manos como morcillas picantes... estabas tan concentrado en aliviarte los picores que todo lo demás pasaba a un plano secundario.
Y digo yo, ¿por qué me tiene que importar a mí una mierda que rusos y ucranianos se maten entre sí? Además, ¿no es propio de los vecinos odiarse por un quítame allá esas pajas? ¿A que coño tiene que mandar España allí fragatas? No sé, pero cada vez más todo me parece la necesaria necedad para sacarnos de nosotros mismos. Y cuando una necedad es desvelada se corre a taparla con otra mayor porque, como digo, es cuestión de supervivencia... lo que sea necesario con tal de escapar del pozo de aquel horror socrático del conócete a ti mismo. ¿Quién iba a querer seguir viviendo si se conociese mínimamente a sí mismo?
Por cierto que qué buena persona es Nadal y qué mala Jokovic. Oye, es una chorrada, pero a muchos les sirve para poder seguir tirando hacia delante.
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