Perdonen que insista, pero es que ayer escuché al nene Justin, presidente de Canadá, que los que no se vacunan niegan la ciencia, etc., etc., además de ser misóginos y racistas. ¡Toma ya! Y concluyó: ¿Cuánto más vamos a soportar a esta gente?
Pues sí, ya ven cómo anda el patio por esos mundos de Dios. Y también pueden constatar de qué sirvieron todas aquellas películas que nos hemos tenido que tragar de nazis persiguiendo a judíos. Y ahí está todo el mundo, o casi todo, tan tranquilos en sus casas negando la mayor. No, si a mí todo esto... suelen decir.
El caso es que María y yo terminamos el año viendo Boyhood. Empezaron a sonar las sirenas de los barcos cuando en la pantalla aparecían los créditos. Acto seguido comenzó la orgía de los petardos. Son las tradiciones. Lo de los barcos lo conozco de siempre. Los petardos es algo que nos han pegado los levantinos. En cualquier caso sería deseable que se añadiese a todo ello la visión de esa película. Esa mujer que cae y se levanta, una detrás de otra y siempre sin rencor. Ese regalo de cumpleaños que le hacen al chaval los nuevos suegros de su padre: una biblia y un rifle. Ahí está la clave de todo. El que no lo entienda, allá él. Aunque quizá debiera darse un paseo por el Manifiesto Libertario de Rothbard.
Pero en fin, así es la vida. Un circulo que se cierra. Llegas a viejo y, como me decía el otro día un amigo, la única forma de que no te duela nada es estar dentro del agua tibia de una piscina... el líquido amniótico otra vez.
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