martes, 4 de enero de 2022

Perros de presa

Hay en el centro de la ciudad una joyería de nombre Pandora. Quizá sus dueños le pusieron ese nombre porque les sonaba bien. Como los dueños de otro negocio de la ciudad que por tal motivo, según nos dijeron, habían puesto al vino que vendían el nombre de gulag. Pero la cuestión es que tanto Pandora como gulag son nombres que traen recuerdos horribles. Son, por así decirlo, la representación del mal absoluto. 

El caso es que Pandora está de rabiosa actualidad. Como pasa siempre que los humanos roban conocimiento a los dioses. Estos se cabrean y nos mandan otra nueva versión de la famosa caja llena con todos los males concebibles, incluida la estúpida esperanza. El eterno sueño humano de poder tenerlo todo con solo alargar la mano. Y ya ven en que queda el sueño cuando parecía que ya lo habías hecho realidad, que de pronto despiertas en un gulag. Condenado al más espantoso de todos los tormentos, el de no ser más que un número. Un número prescindible y borrable con un simple click... que no por otro motivo es que tengamos que vivir con la vista siempre clavada en el espectro de la muerte. 

Sí, acabamos de robar mucho fuego a los dioses y estos se han vengado mandándonos la más perversa de todas las maldades, la fatal arrogancia. Gente ruin e ignorante se ha creído que ahora sí que ya están en posesión de la verdad y tienen la obligación moral de imponérsela a los demás para arreglarles la vida. No importan los medios porque la finalidad es inmaculada. Así, un subnormal como nuestro presidente de gobierno ha decidido que nos vamos a tener que meter cada nueve meses una dosis de pócima sagrada para poder, por ahora, viajar, pero dentro de poco, para comprar en Mercadona. De hecho ya hay sitios en los que si no te has metido esa pócima no puedes sacar dinero del cajero o repostar en las gasolineras. Y vete a protestar pacíficamente que, como pasa en Holanda, te echan encima unos perros de presa que te destrozan los brazos. No señores, no, a protestar hay que ir con rifles o lo que haga falta para matar a esos odiosos animales y, si se tercia, a los que les instigan a atacar. 

Y hay que decir a los policías que sabemos dónde viven y quienes son sus mujeres y sus hijos. Porque no puede ser que esa gentuza sicaria se vaya de rositas. ¡Por Dios bendito, en lo que hemos venido a dar!

No hay comentarios:

Publicar un comentario