domingo, 9 de enero de 2022

La Narda

La Narda es un restaurante de bastante éxito situado en la última bocacalle del barrio, antes de adentrarse en los polígonos industriales. Cocinan allí un arroz con bogavante cuyos aromas se difunden por varias manzanas a la redonda. Una vez fui con María y lo probamos y quedamos tan saciados que por nada del mundo se nos ocurriría repetir. Suelo pasar por delante cuando voy a la piscina y, como decía Gelo, si untases el pan con el aire que sale por aquella puerta ya no necesitarías ninguna salsa para darle sabor. El caso es que ayer, por comparación con otros días, no estaba muy concurrido así que pude ver perfectamente que por encima de la mesa en la que estaban comiendo un par de matrimonios mayores se paseaba un caniche olisqueando los platos. Me pareció genial: un ejemplo perfecto de autodeterminación. Si a aquellos matrimonios les placía ver al perro olisquear sus platos y el dueño del local nada tenía que objetar, ¿quién es quien para meterse en lo que no le concierne? 

Hace unos días, justo cuando el gobierno volvió a hacer obligatorio el uso de las mascarillas, la gente se arremolinaba a la puerta de la Narda, unos con y otros sin ella. Alguna señora se la subía y bajaba al ritmo de sus libaciones. También me percaté de que había un cartel en la puerta exigiendo el pase sanitario para entrar. Unos días más tarde allí nadie lleva mascarilla y lo del pase para entrar me da la impresión de que ha quedado en leyenda urbana. La gente en general puede que obedezca en otras cosas pero en todo lo que tiene que ver con los templos de Dionisos se pasa las leyes por el forro. Así que, que se anden con cuidado los inquisidores porque existe un límite. 

Y justo es ese límite el que parecen haber sobrepasado algunos, verbi gratia, Macron pretendiendo joder y quitar la ciudadanía a los cinco millones de franceses que no han tenido a bien vacunarse o el presidente australiano negándole al número uno del tenis mundial lo que previamente le había prometido. Bueno, así comienzan todas las revoluciones, por un acto de suprema estulticia por parte de los gobernantes. Esos actos que son como echar gasolina a un fuego que estaba pugnando por descontrolarse. Que en los dos casos citados me parece que es justamente lo que ha pasado: de pretendido problema sanitario, el asunto ha pasado a ser sin paliativos un problema político. Parece ser que hasta los más necios han caído en la cuenta de que aquí lo que nos estamos jugando no es la vida sino la libertad. El tenista ya ha pasado a ser Espartaco y Macron un tiranuelo de baja estofa. El drama está servido. O la tragedia. 

Por cierto que, hablando de perros, María me ha dicho que han promulgado una ley que prohíbe explosionar petardos, porque, argumentan, asustan a los perros. Bueno, por fin los perros de la ciudad van a servir para algo. Porque el caso es que los petardos molestan bastante, sobre todo a la gente mayor, y a nadie le había importado nunca un carajo. Sin embargo, mucho me temo que esa ley va a tener la misma acogida ciudadana que la ley de la mascarilla. Y no te digo nada en el Levante donde sin petardos no son nadie. 

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