sábado, 29 de enero de 2022

Gitarras


Ayer iba por ahí tratando de escampar la boira y, de pronto, mi mirada recayó sobre una guitarra que había en el escaparate de una brocantería. Como era mediodía estaba cerrado, pero me prometí volver. Por la tarde estaba en casa aburrido y me vino a la memoria el asunto, así que 
me acerqué a ver lo que daba de sí la cosa. Al entrar vi que el brocanter estaba con un tipo joven que muy sonriente me preguntó si no le conocía. Me costó reconocer en él a Mojha, el conserje de la urbanización de Valdenoja en la que resistí un par de años. Me alegré de verle y de saber que ahora somos vecinos porque Mojha es lo único positivo que recuerdo de aquella urbanización supermegaprovinciana. Pero, en fin, volviendo a la guitarra, el brocanter la sacó del escaparate y me la entregó como de mala gana porque no se pone en manos de cualquiera una joya. A la que pergeñé con ella unos aires andaluces el tipo cambió radicalmente su actitud. Mojha, por supuesto, alabó con exceso mis habilidades. Se trata de una guitarra que la hija del que la tocaba no quería ver porque le recordaba a su padre y la hacía llorar. Las típicas historias de attachment sentimental que rompen el corazón. En cualquier caso había llegado a manos del brocanter formando parte de la balumba de trastos del padre que la hija se había apresurado a vender al mejor postor tan pronto el padre había pasado away. Seguro que no había pagado ni cien euros por todo, que fue justo lo que me pidió por la guitarra. Como no soy muy de tira y afloja, cuando la cosa llegó a los ochenta y cinco, que era justo lo que llevaba encima, me la quedé. Es una guitarra clásica de procedencia valenciana que está impecable y suena bien. Cuando le cambie las cuerdas y la toque un poco quedará mejor que nueva. Así que ya tengo tres, justo las que caben en el reposaguitarras que compre en Palencia. ¡Lucen lindas!

Ahora bien, ¿para qué necesitaba yo otra guitarra? Sería largo de contar y siempre sonaría a justificación estúpida. Es, sencillamente, que uno es vanidoso y necesita, aunque solo sea de tarde en tarde, dar rienda suelta a los instintos: no puedo ver una guitarra sea donde sea y quedarme como si tal. Es evidente que he trasferido hacia ellas la obsesión que antaño mostraba por las mujeres... que no es que no sigan obsesionándome, pero he llegado a la conclusión que las guitarras se les parecen mucho en sus formas y, por otra parte, no crean el menor problema. Así qué...

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