sábado, 31 de diciembre de 2016

Lemniscata




"Montaje de 48 fotos superpuestas del Sol, tomadas a lo largo de un año, una vez por semana, desde el mismo sitio y a la misma hora. El punto más alto corresponde al Solsticio de Verano (21 de Junio) y el más bajo al Solsticio de Invierno (21 de Diciembre) en el Hemisferio Norte. El punto central corresponde a los Equinoccios (21 de Marzo y 21 de Septiembre). Se forma una Lemniscata, símbolo del infinito. Feliz fiesta Solsticial." (Cortesía de Manel)

He aquí un mensaje que me hace feliz. El trabajo terminado que mil veces veces soñé hacer y nunca hice de pura desidia. Con ese signo matemático del infinito ya tenemos una base sólida para empezar a pensar. Desde luego que no es sencillo. A la humanidad le costó milenios descifrar su sencillo significado: que la tierra no es el centro del universo, un gran golpe a nuestro ego. Ni la tierra ni nosotros. Ni siquiera yo. 

Los griegos ya lo habían pensado, pero vinieron luego los cristianos y supeditaron la verdad a su infantil ideología. E imperaron milenio y medio. Entonces llego Copérnico y mandó parar. El centro tenía que ser necesariamente el Sol: la hipótesis. Le sucedió Tycho Brahe tomando miles de datos del cielo: el método científico en marcha. El análisis de esos datos lo hizo Kepler, un matemático consumado. Resultado: lo que hoy sabemos. No fue sencillo, desde luego, desentrañar lo sencillo. 

Y así es la vida, no nos engañemos, un bucle infinito cuyo sencillo significado nos cuesta sangre, sudor y lágrimas reconocer. Y cuando ya casi lo has conseguido, es tiempo de morir. ¡Porca miseria! Si al menos hubiese aprendido a tocar bien la guitarra...

viernes, 30 de diciembre de 2016

Año de Delfos

Una de las cosas buenas de las que no se habla y que es indiscutible es que cada vez más gente toma los trenes para hacer sus desplazamientos. La línea a la que soy adicto entre Palencia y Santander así me lo da a entender. Pero es que, además, lo mejor de todo es que esos pasajeros no son los imsersatos al uso, que no tendría entonces mérito alguno, no, son gente joven que como no es tonta se ha dado cuento del chollo que es el que te lleven por dos perras mientras vas entretenido con tus gadgets. Trenes limpios, rápidos y puntuales. Pese a quién pese que, así, tiene que inventarse otras excusas para justificar su adicción al coche. Porque esa es la madre del mal, la sumisión a una quimera: independencia, libertad, tiempo... un sin fin de ventajas que, mínimamente analizadas vienen a dar en el aquel "viva las caenas" de cuando a la gente se le ofreció por primera vez la posibilidad de hacerse responsable de su propio destino. 

La independencia que da el coche, ¡ya te digo! Y la libertad. Por no hablar del tiempo que ganas. Y sí, hay supuestos en los que no cabe la menor duda de que así es. Si vives en una aldea y tienes que suministrarte en el más cercano centro comarcal, difícilmente puedes prescindir de él. Pero en una ciudad... cómpralo, mantenlo, suminístralo, apárcalo y, sobre todo, condúcelo. Sí, sí, eso que tanta gente dice que le encanta hacer. Pasarse horas y horas en una actividad que lo único que aporta es que tienes la mente ocupada sin hacer el menor esfuerzo, igual que pelar patatas, es decir, una autopista directa hacia el alzheimer.  

Sí, pero te permite ir a sitios que de otra manera... ¡ah!, eso sí que te lo acepto. Y al final, es decir, en cuatro días, ya fuiste a todos los sitios habidos y por haber, les echaste una ojeada y ¿ahora qué? Más pelar patatas. No, mira, a mí no me la das; de joven, con la novia, vas haciendo guarraditas y la cosa resulta divertida. Luego, sí, con los amigos fumando porros, otra temporada. Y se acabó ya el invento. 

El caso es que está estos días la carcamundia de siempre tronando por los medios porque no les dejan usar el coche a su gusto. Yo les comprendo. Les han obligado a apearse de la adicción que les equilibraba y están de un humor de perros. Si van en autobús o metro su mente va a ser toda para ellos. Hasta puede que le dé por repensarse. ¡Qué suplicio, Dios mío! No, desde luego que no es justo. Como no lo es ponerle un caramelo en los labios a un niño y luego quitárselo. ¡Bua, bua, bua! Sí, monín, pero es que te hace daño. Se te van a caer los dientes si te le doy. 

En realidad, les voy ser sincero, todo esto no creo que valga para nada. A la humanidad le sacas de un agujero y corre enloquecida a buscar otro. El caso es evitar por todos los medios disponer de tiempo para poner en práctica lo único que se sabe desde siempre que sirve para algo, es decir, subir a Delfos. Sí, sí: si los próceres mundiales quieren hacer algo por la humanidad no tienen que hacer más que declarar este año, el Año de Delfos. Ya saben a qué me estoy refiriendo.  

martes, 27 de diciembre de 2016

Mi utopía


Me acosté derrengado y con dolores por todas las coyunturas, así que en precaución de mis jóvenes vecinos de habitación y demás imprevisibles incidencias me clave un ibuprofeno y me coloqué los tapones en las orejas. Mano de santo; eran pasadas las seis cuando he vuelto a la vida. He estado haciendo tiempo hasta las siete para bajar a desayunar. En el ascensor un señor en chandal me iba contando que hay un campeonato de futbol juvenil entre autonomías. Y están todos en el hotel. En la planta tercera se ha subido otro chándalez, pequeñito y desenvuelto, que al verme hablar con su compinche se ha visto impelido a darme un par de palmadas en la espalda. Gente maja y sin complejos ésta del deporte. De las federaciones y tal. ¿Qué sería de la industria hostelera en estas temporadas bajas sin ellos? Siempre de campeonatos.

Por lo demás, hoy tengo un día complicado porque ando de papeles. Es la triste epopeya del hombre moderno, tener todos los papeles en regla. Hoy el Estado no te pide que vayas a conquistar Troya, ni la Iglesia que recuperes el Santo Sepulcro, no, simplemente que pases las mañanas en frías salas esperando turno para el papel del día. Digamos que, tal y como están las cosas, para lo que menos necesitas un papel es para limpiarte el culo.

En fin, no nos quejemos que esto es Jauja. Lo que sí les digo es que de ser yo joven ahora sabría perfectamente cuál sería la startup que tendría que montar para forrarme. Es elemental, Watson, una página web en la que la gente pudiese establecer su residencia. ¿Residencia?, te preguntaría el burócrata de turno, y tú le responderías:
www.lossinpatria.com. Un lugar a donde las instituciones te remitiesen todos los papeles y que tu pudieses consultar desde cualquier lugar del mundo y darle las órdenes pertinentes para tener al día tus obligaciones ciudadanas. Así de sencillo. Y vivir todo de alquiler, aquí y allá según la querencia del momento. Ésta sería la utopía que yo haría realidad, ya digo, si ahora fuese joven.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Penduleando

El péndulo está de vuelta. Después del ciclo convulso, España se serena. Que la Pantoja vuelva a Cantora a pasar la Noche buena, con Chavelita incluída, es la madre de todas las señales. Lo demás por añadidura. Así que, hagan proyectos señores porque se ha ensanchado el margen para nuevas travesuras. 

Nuevo ciclo, pues, nueva taxonomia -ordenación de las especies-. Porque ya lo viejo se murió de puro viejo. De puro significar nada. Derecha, izquierda, un, dos, un, dos, ¡ar! Igual que autómatas empeñados en simular vida. Muertos vivientes que hieden a distancia. 

Para clasificar una especie hay que conocer su evolución. De dónde arrancó y los pasos que siguió dando. Así que agarremos el toro por los cuernos y digamos de una vez en donde reside el engaño:

Nazis/Comunistas.
Conservadores/Progresistas.
Liberales/Proteccionistas.
Demócratas cristianos/Social demócratas.
Populares/Socialistas

Todas esas imposturas que arrancan del cristianismo: ama al prójimo como a tí mismo. ¡Habrase visto!


Una puerta falsa por donde se coló el poder hegemónico de Dionisos. Porque de eso va la cosa desde los orígenes del pensamiento, y perdonen que insista porque por mucho que hayan cambiado los nombres el significado siempre ha sido el mismo: la lucha entre Dionisos y Apolo. No hay otra forma posible de interpretar las luchas políticas de la humanidad. La razón contra las emociones. La razón agazapada en un eje de coordenadas, las emociones exuberantes en una manifestación callejera. Nos cansamos de una y volvemos a la otra, como el péndulo no más, marcando las horas. O los ciclos.

Pues eso, que la Pantoja vuelve a Cantora, pero sólo de paso hacia el Barrio de Salamanca. Donde la gente madruga más que trasnocha. Y las calles simulan ejes de coordenadas. ¡A ver lo que resiste allí!

Metáfora de todo

Anoche pillé por casualidad las últimas frases del discurso del rey. Como no podría ser de otra manera en semejantes circunstancias todo lo que decía eran obviedades. Pero las decía bien, con la entonación y el ritmo adecuados. Una demostración palpable de que no necesariamente de casta le tiene que venir al galgo: a efectos de retórica entre este rey y su padre hay la misma diferencia, pongamos, que ente Demóstenes y José, el tocho de La Vega. Es, supongo, dotes naturales aparte, lo que hace una buena educación. En cualquier caso, pensé, para eso están los reyes, para ser metáfora de todo. O sea, para dar pistas y no respuestas que suelen ser muy aburridas.

Pues esa es la cosa, que cuando hace cuarenta años uno escuchaba al rey de entonces tenía que hacer esfuerzos para pensar que detrás de aquella retórica podía haber algo más que un tocho de La Vega. Incluso, mucha gente, sobre todo la catalana, empezó a hacer chistes en los que se le tachaba poco menos que de subnormal. Y luego aquella afición desmesurada por el deporte, por los motores y, last but no less, las faldas, tan del gusto todo ello de las mentes poco evolucionadas. El hombre, como se pudo inferir de muchos de sus manejos, no fue una excepción entre los de su generación, la mía también. Levantada la veda con el cambio de régimen puso todo su empeño en vivir la adolescencia que se le había negado a su debido tiempo. Y eso fue todo, una bendición para el país, tener un rey ocupado con las cosas del narcisismo a la vez que dejaba en manos de sus validos las aburridas cosas del comer. Así, con un rey que está a lo suyo y deja hacer, cualquier reino progresa. La historia así nos lo enseña con numerosos ejemplos. 

Yo, como ya les tengo dicho, preferencias, de las pequeñas, pocas. Por eso es que, monarquía o república, me la refanfinfla. Haya lo que haya me entretendré en observarlo para tratar de entender sus intríngulis. Justo igual que con cualquier otra de las cosas de la vida que sólo me afectan tangencialmente que, dicho sea de paso, son casi todas mientras haya condumio y salud. A esto es, no se engañen, a lo que cualquiera está abocado si, al fin, por los vericuetos que sean, se consigue superar la adolescencia. 

Y esa es la gran diferencia que yo aprecio entre este rey y su padre, las edades de la adolescencia. Parece ser que este, como mis hijas, de su misma generación, la vivieron a su debido tiempo y por eso no dan el cante como sus padres han hecho casi toda su vida. Bueno, quizá ese haya sido el mayor logro que podemos apuntar en nuestro haber, el haberles dado alas y apoyo desde el primer momento para que tuviesen un temprano dominio del vuelo sin alharacas. En cierta medida, ese es mi único orgullo, el haber comprendido mis flagrantes carencias y haber puesto los medios para no trasmitirlas. Y los resultados a la vista están, hijos menos pavos y más consecuentes con sus propias debilidades. Más maduros y mejores ciudadanos sin duda alguna. Más felices, quizá. 

   

sábado, 24 de diciembre de 2016

Noche de paz

El vecino de abajo quiere que baje a pasar la noche con él y su menguada compañía. Le doy las gracias y le digo lo de Sostres, que la gente de derechas somos más de comidas que de cenas, de madrugar que de trasnochar. No creo que me haya entendido, pero de paso me ha dicho que ahora que ya casi está solo, con su compañera y madre terminal, empieza a entender por qué hay tanta gente que dice que las navidades son tristes. Le quito importancia y cambio de tema. Pero me quedo con la copla. 

Leo hoy en un periódico de gran tirada lo que dice un cantautor famosillo: "hay que hacer sonar las alarmas porque vamos directos al precipicio". ¡Vaya -he pensado- otro que prefiere las cenas a las comidas! Ya se sabe, cenas, ergo resacas. Resacas, ergo ombligo, ombligo y más ombligo. Subjetividad en estado puro. El mundo soy yo y yo tengo un clavo atravesándome el cerebro. Luego, apocalipsis now como forma de consuelo. 

Afortunadamente, aunque son muchos los que pasan la noche cenando en el monte Citerón son más los que suben por la mañana a Delfos a comer con el dios que allí reside. Frugalidad y distancia, esa es su receta. Perspectivas lejanas y mente despejada. Estadística para entendernos. 

Así que, olvídense del Citerón y disfruten de esta jornada que marca el tránsito hacia un mundo con más luz. Porque motivos hay, y muchos, para estar en paz con nosotros mismos: la humanidad ha funcionado. A las pruebas me remito. 



viernes, 23 de diciembre de 2016

San Estentor

Aunque supongo que ya lo saben todos, por si las moscas, lo recuerdo: la palabra estentóreo, que significa ruido retumbante, viene de un personaje griego de la Iliada cuyo grito equivalía al de cincuenta personas gritando a la vez. Pues bien, tengo yo ahora la sensación de que esto de las Navidades, por aquellos caprichosos giros que suele pegar la simbología de las celebraciones, han pasado de ser la representación de un renacer a la exaltación de las capacidades laríngeas de Estentor. Así fue que ayer quiso la casualidad que asistiese a dos misas de esta extraña religión. Por la mañana recalé, como suelo, en el bar de Husillos a tomar mi habitual colación. Había allí una decena de obreros de la cercana fábrica metalúrgica dando cuenta de la correspondiente chacina a guisa de comunión. Entre ellos y los niños de San Ildefonso que cantaban la lotería era tal el guirigay que a duras penas me quedaba resuello para tragar el pincho de tortilla. Y hubiesen escuchado ustedes el estruendo que se armó cuando una niña cantó el gordo. Ni cien Estentores a las puertas de Troya hubieran conseguido tal hazaña. A buen seguro, las murallas se hubieran resquebrajado y Aquiles no hubiera tenido que ceder en su ira. Ni Agamenon devolverle a Briseida que debía estar francamente bien dotada. 

Luego, por la tarde, al salir de casa me topé en el portal con el vecino de abajo que de inmediato me invitó a tomar un café. Fuimos aquí al lado, a uno muy acreditado que hay en la Plaza Mayor. Estaba a reventar de gente y todos, sin la menor duda, eran devotos de Estentor. ¡Dios mío, mi pobre laringe de infiel! No habían pasado tres minutos y ya sentía como que se me estaba lacerando. Por la cosa del querer hacerse entender. Ya saben, típico ambiente navideño que exalta la amistad y promueve el tuteo. 

En fin, cosas por las que uno tiene que pasar so pena de retirarse a Las Batuecas que, la verdad, para un rato están bien, pero para más ni con el ciripolen que fabrican allí al lado. Así que vamos a ver como sorteamos  hoy la ordalía entrañable. Y por lo demás, me he despertado con la buena nueva de una "Introducción a Homero", de Rodríguez Adrados, que me envia Jacobo. Una vuelta de tuerca más hacia los orígenes de la indagación en el conocimiento de la condición humana. Iliada, Odisea, ahí está todo si bien se sabe mirar.  

jueves, 22 de diciembre de 2016

Historias edificantes

A Rudy Kurniawan le han caído diez años de cárcel por hacer algo realmente extraordinario y digno, no ya de un Nobel, que eso es humano, sino de la misma estirpe de Cadmo que, como de todos es sabido, se codeaba con los dioses e, incluso, se apareaba con ellos. No de otro tronco surgió Dionisos. 

Pero diez años de cárcel son pocos para enjugar el rencor de tanto cursi ofendido. Porque eso es lo que ha hecho Kurniawan, ganar unos milloncejos a costa de la estupidez de los exquisitos. Ya saben, esa gente que va por ahí dándoselas de muy especiales sólo porque tienen dinero para comprar cosas caras. Gente hortera, para que nos entendamos, esos especímenes que a su falta absoluta del sentido del ridículo suelen añadir un amor propio desmesurado, es decir, el peor de todos los cánceres del espíritu según Erasmo, ya saben, el menos tonto de todos los europeos. 

El caso es que el tal Kurniawan, un californiano de origen indonesio, comenzó de muy joven a frecuentar los ambientes vitivinicolas de la región. Un tipo educado, incluso refinado, y con un excepcional paladar para diferenciar los sabores. No tardó, así, en poder relacionarse con lo más granado de los profesionales de la cata. Y, allí donde había un evento de reparto de medallas, allí estaba él, tan jovencito, partiendo mucho bacalao. Su ascensión en el ranking de los gurús de la cosa fue meteórico. Así que no es de extrañar que hubiese capital riesgo dispuesto a financiar sus primeros pinitos como comerciante de vinos. 

Hasta aquí una historia bonita pero vulgar, como la de cualquiera que triunfa con trabajo y tesón. Pero es que lo de Kurniawan era diferente, porque a la velocidad y en la proporción en la que se enriquecía no tardó en levantar suspicacias, o envidias si mejor quieren. Y lo que pasa siempre en estos casos, que te ponen la lupa. Pues bien, el asunto no tenía mucho secreto: engañar el paladar, y por ende el bolsillo, de los exquisitos. 

La cosa iba así. Kurniawan importaba una partida de vinos carísimos de Europa. Abría una botella y la cataba. Luego se iba por ahí y compraba por dos perras una cosecha cuyo sabor fuese más o menos el mismo que el del carísimo europeo. Lo demás estaba chupado: copiar la etiqueta y embotellar la cosecha. Y a vender. Millones de botellas enviadas a Hong-Kong y Shangai que es en donde más millonarios horteras hay hoy día. Por no decir su red de tiendas en California, que allí tampoco son mancos a la hora de dárselas. Bueno, sí, lo de copiar las etiquetas estuvo feo, pero vaya la penitencia por el delito por el valor de la lección dada. El mundo está lleno de pobre gente que busca elevarse en la consideración general echando mano de lo único que tienen diferente, su abultada cartera. Y no es que eso sea poco, no vayamos a caer en ingenuidades cristianas, pero, ¡ojo al parche!, porque mucha cartera y poca cuna es una mezcla explosiva que sólo puede desactivar una formación, ahí sí, exquisita.    

miércoles, 21 de diciembre de 2016

El malogrado

"No hay nada más espantoso que ver a una persona tan grandiosa que su grandeza te aniquila."

Hoy, al abrir, como cada día, el navegador para iniciar la ronda de vigilancia de lo cotidiano, es un decir, me encuentro con que el doodle de Google -perdón por el galimatías, pero ya me entienden- está dedicado a Paco de Lucía por los 69 años de su nacimiento. Así que, instintivamente, he clickado encima y he llegado al vídeo en el que, con el acompañamiento apropiado, le vemos tocar "entre dos aguas". Absolutamente descorazonador para un aficionado a la guitarra. 

Entonces, de inmediato me ha venido a la memoria "El malogrado" de Thomas Bernhard. Tres pianistas privilegiados se reunen en casa de Horowitz para un seminario de interpretación. Uno de ellos, el autor del relato, confiesa su desolación y consecuente renuncia a volver a tocar el piano al escuchar a otro del trío, Glenn Gould, tocar las Variaciones Goldberg. Es como si habiendo aspirado a ser Dios, de pronto te apercibes de la infinita distancia que te separa de él: la frustración más insoportable. Y el suicidio por coherencia. 

Uno, por descontado, nunca ha aspirado a ser un dios de la guitarra, pero, así y todo, nunca dejé de tener mi corazoncito. Siempre insistiendo con las mismas partituras para ver si al fin llegaba el día en el que por casualidad sonaba la flauta. Pero es inútil. Nunca ni de lejos he conseguido escucharme con arrobo. No sé distanciarme de mí mismo lo suficiente como para conseguir ese punto en el que el "yo" acomplejado deja de interferir en el "él" arrebatado. 

Pero, bueno, tampoco vamos a dramatizar. Para eso existió Sócrates. Para enseñarnos que la única tarea con fuste a la que uno se puede dedicar en la vida es a la de conocer las propias limitaciones. No es fácil, desde luego, pero tampoco es que uno esté afectado por el Asperger, para bien y para mal. Uno ya recaló hace mucho en el convencimiento de la propia mediocridad y a lo único que aspira es a que sea lo más aúrea posible. A insistir un día tras otro con "El claro de luna" para ver hasta dónde puedo llegar. Y eso es todo.  

martes, 20 de diciembre de 2016

Los botones

Mayormente sólo leo lo que me manda o recomienda Jacobo. Como dice un conocido anuncio "yo no soy tonto" y por eso es que sé de sobra que el viejo que tiene un amigo joven y preparado tiene un tesoro y lo mejor que puede hacer es dejarse aconsejar por él en todo lo que hace a las puestas a punto del conocimiento. Poner a punto el conocimiento, o sea, intentar mantenerse en el mundo con los pies en el suelo.

Pues bien, el último link que al respecto me envió Jacobo me llevó a un libro titulado The Wordly Philosophers, una historia del pensamiento universal que tiene como eje la economía. O el comercio, para ser más exactos. 

La historia del comercio es en gran medida la historia de la libertad. Cuando la gente va y viene comprando y vendiendo sin trabas el mundo se desboca en progreso de todo tipo, pero sobre todo de libertad individual. Cuando se restringe el comercio, sólo ganan los pusilánimes y por poco tiempo: el que tarda en llegar el hambre con su cortejo de odios. Así ha sido siempre, unos y otros tirando en dirección contraria, pero al final siempre ganando quien más gastaba los codos. No por otra cosa es que todos los vagos del mundo tengan esa tendencia a organizarse para refrenar el comercio, única forma según ellos para, so capa de mayor justicia, seguir viviendo del cuento mientras dura lo acumulado. 

Hay una historia en ese libro que considero debiera ser de obligado conocimiento en todas las escuelas, desde primaria, del mundo. Es la historia de los botones. Ya saben que desde que en el renacimiento se empezó a manufacturar a cierta escala los trabajadores se organizaron en los gremios, una especie de sindicatos, pero a lo bestia. Nadie podía fabricar nada sin pertenecer a ellos porque, simplemente, te mataban. Allí, cada cual tenía su función y para salirse de ella se necesitaba de la aprobación de un tribunal que velaba porque ninguna innovación pusiese en peligro la estabilidad del sistema. Y así duro siglos, subsistiendo en la miseria, hasta que llegó el XVIII y con él las luces. Ya, supongo que sabrán todos del descalabro que supuso la invención de la máquina de vapor. Pero antes a un caballerete se le ocurrió inventar una máquina que hacía botones por un tubo. Y armó la de San Quintín. Se calculan en unas treinta mil las víctimas mortales de aquella innovación. Los gremios pusieron el grito, y algo más, en el cielo y la justicia intervino. Al caballerete, obviamente, le rebanaron el cuello, pero no sólo a él sino también a todos los industriales que habían osado comprar sus botones. Y no acabó ahí la cosa, que hubiese sido liviana la incidencia, sino que para rematar la jugada los alguaciles tenían derecho a registrar las casas de quienes había sospecha de haber comprado vestidos con aquellos malditos botones. Si los encontraban, matarile al dueño. 

Es fácil entender a los actuales sindicatos conociendo estas historias. Su enemigo natural es el progreso. Y su principal aliado la vagancia. Y conviene que sean aceptados tales axiomas por quienes tienen que tratar con ellos, porque sólo del conocimiento de la realidad se puede desprender su reglada modificación y, a la postre, su irrelevancia definitiva, que no otro puede ser el destino de los sueños de inmovilidad. 

Pensaba esta mañana en estas cosas al enterarme de que un loco ha estrellado un camión contra un mercadillo de Navidad. Gente desesperada que piensa que puede revertir la marcha del mundo. Hay muchas variables de este tipo de locura. Le Pen en Francia, Iglesias -¡qué nombre tan premonitorio!- en España, Trump en EEUU, y un largo etcétera, quieren poner puertas al campo del comercio como solución a los supuestos males del mundo. Y todos los vagos, que son la mayoría, les siguen a ojos ciegas. ¡Faltaría más! Volver a los gremios y a los botones hechos a mano.

El caso es que, también leía estos días de atrás que no se quién de mucha credibilidad intelectual había dicho que en un futuro bastante próximo las macrociudades, paraísos naturales del comercio, iban a ser incontrolables. Por los atentados y todo eso. Pero va a dar igual, porque el comercio ya se está preparando para el cumplimiento de esa profecía. De hecho, seguramente, la distribución de mercancías con las nuevas tecnologías se puede ver favorecida por la diseminación de la población. Incluso, de hecho, ya está pasando. Sólo hay que pasear por la Calle Mayor y ver todos los locales que hay en venta o alquiler para darse cuenta. El futuro inmediato son los repartidores a domicilio. Cuando la población se disemine, los drones. 

En fin, que lo que nadie va a conseguir parar nunca de ningún modo, sea como sea el mundo, es el ansia humana de comerciar. De ser libre para que nos entendamos. 

lunes, 19 de diciembre de 2016

El gran corruptor



Ayer, a las siete de la tarde o así, que hacía un frío pelón, la gente se puso a ambos lados de la Calle Mayor a esperar que pasase algo de lo que yo no tenía ni idea. Vencido por la curiosidad miré en el periódico local y me enteré de que se trataba de una cabalgata de Navidad organizada por la cooperativa de ganaderos de Zamora. La espera duró más de una hora y no me puedo explicar como pudieron resistirla los mayores, porque los niños, sí, que no paraban de correr de una fila a la otra. Pero al fin aparecieron patinadores con atuendo de papá noel y, ¡cómo no!, otros de la misma guisa paseando al perro. Los niños, claro, entusiasmados, los acariciaban. Después, empezaron las carrozas y entre ellas grupos de niñas entrenadas en gimnasia rítmica. Todo lo cual, de un colorido desbordante, amenizado por una música a toda pastilla y de cariz disneylándico. La verdad es que no sabías si estabas aquí o en una ciudad del Medio Oeste americano. 

Hay que tener en cuenta que Palencia está declarada por la ONU, o por no sé quién demonios, Ciudad Amiga de los Niños. Y la verdad es que sí, que nunca he visto, en estos tiempos que corren, lugar donde los niños anden más a su aire, vigilados a distancia, claro está, por sus progenitores. Sin duda la generosidad del urbanismo contribuye a ello. Y también, supongo, el que no haya industria turística que es la madre de todas las desconfianzas. 

Sea como sea, lo que me pregunto es por el resultado, o las consecuencias, de este sin vivir social por tal de conseguir que los niños sean absolutamente felices. Que no se aburran ni un minuto ni, tampoco, que gasten otro imaginando sus juguetes. Menos mal que la naturaleza es tozuda con sus tics y ni el deseo se sacia nunca sino todo lo contrario y el juguete que gusta es siempre el que tiene el amiguito. 

Pensaba ayer al ver toda aquella parafernalia en el vídeo que me acababan de enviar los amigotes con referencias a los usos y costumbres de nuestra infancia. De cuando andabas todo el día "porái" y sólo aparecías por casa a comer y dormir. Y nadie se preocupaba por ti salvo si había que llevarte a la Casa de Socorro a coserte un brecha. Y también pensaba en el artículo reciente de Jorge Bustos sobre "el gran corruptor"... es decir Walt Disney. 

"Disney, ese gran corruptor de menores nunca bastante execrado, el mayor cáncer cerebral del siglo XX", dijo, ya hace años, Don Rafael, nuestra mejor cabeza. Y así es que ahora va cantidad de gente por las calles hablando con su perro y recogiendo sus caquitas y a todo el mundo le parece normal. Al final, el gran corruptor se salió con la suya: nadie crece ya. 

No sé, no me hago la menor idea de en qué puede deparar todo esto. Quizá, hilando muy fino se pueda concluir que así, aniñados todos, tiene que ser la sociedad que alberga en su inconsciente la imposibilidad de una guerra que por fuerza tendría que ser el final de todo. 

Anyway, son los dioses los que disponen la secuencia de los acontecimientos. Así que, ¡buena gana! 

domingo, 18 de diciembre de 2016

Mira lo que tengo aquí

La cafetería Alba de Osorno es uno de esos lugares míticos. Como el Florian de Venecia, Les Deux Magots de París o, sin ir tan lejos, El Comercial de Madrid. De forma cuadrangular, siete u ocho metros de lado, con el mostrador ocupando todo su lado sur y un gran ventanal al norte que es la gran plaza del pueblo. Llevo muchos años frecuentándolo. Siempre que he recalado en Osorno, mi primera querencia ha sido entrar allí a tomar un café o lo que fuera, pero siempre líquido. Porque allí siempre hubo una austeridad gastronómica absoluta. Quizá aceitunas y poco más. Pero todo lo suplía la calidad de su café y la amabilidad de los viejos camareros. Y luego, el ambiente, todo de hombres del campo que o jugaban al tute o hablaban de las cosechas. Nunca vi allí mujeres, salvo María cuando iba conmigo, hasta ayer. 

Ayer fue un choque. Se ve que ha cambiado la propiedad. Los camareros son jóvenes, en el mostrador hay pinchos y por las paredes adornos. Y, sobre todo, en las mesas, grupos de señoras. Y alguno de los viejos hombres del campo languideciendo en un rincón. Bueno, tengo que decir que el trato de los jóvenes no desmerece al de sus predecesores y que el pincho de tortilla y el verdejo que tomé me supieron a gloria. Y mientras comía observaba el panorama y escuchaba al grupo de señoras de mediana edad que alborotaba en la mesa de al lado. Y le dije a María: las mujeres no tenéis solución. ¡Dios mío, el gasto en peluquería que acumulaban entre todas! Y venga a hablar de gatos y perros hasta que una ya se atrevió con los nietos. Penosa constatación. Supongo que la ronda de los médicos ya habría pasado. 


A mí, que conste, las mujeres siempre me han encantado. Ya no sé si por el placer que me proporcionaban con lo del sexo o, como me desveló Houellebecq, más bien por la cosa narcisista que se sube por los cielos cada vez que una de ellas te consiente que la conquistes. Sea como sea, el caso es que cada vez que veía a una como la de la foto, así, en plan de mira lo que tengo aquí, yo ya no estaba para nada que no fuese fantasear. Seguro que era cosa del animal que según dice Camille Paglia todos llevamos dentro y nunca podemos amaestrar hasta que la fuente de las hormonas se seca. 

La verdad, a mí me parece que estamos viviendo una época fascinante por millones de motivos. Pero, sin embargo, hay uno que en mi opinión es un retroceso insufrible. Es cuando las mujeres ocupan los recintos de los hombres y les expulsan al rincón. Diferenciar los sexos y mantener los roles, pese a quien pese, es la salsa más sabrosa del condimento de la vida. Pero es que, además, por mucho que las virago y los socialdemócratas en general, traten de aguarla, todo es en vano. Porque es como las mielgas en el campo, que nuca hay forma de acabar con sus raíces. Cavas y cavas y cavas y siempre queda algo que hace que al primer calor húmedo vuelvas a verla brotar. 

En fin, ya digo, de perros y gatos. Pero, claro, eso sólo cuando ya no les funciona el mira, majo, lo que tengo aquí. Así es la vida y qué le vamos hacer. ¡Pena de Café Alba de Osorno!

viernes, 16 de diciembre de 2016

Calle Mayor

Calle Mayor arriba, Calle Mayor abajo, como en los viejos tiempos, desgranando la actualidad. Hasta que el frío insoportable de la madrugada nos obliga a retirarnos. Rufino es un colega que vive en el piso de abajo. Nos encontramos en el portal y ya no hay quien lo pare. Dos solitarios con ganas de palique. 

Rufino se ha pasado la vida ejerciendo la profesión por el campo palentino y por eso es que conozca el percal al dedillo. Esta es gente de principios, me dice. Que la cosecha pite y que los hijos se eduquen. Esa es toda su ideología. Por eso aquí siempre ganará Rajoy. Por su discreción y pragmatismo. 

Y seguimos desgranando. Las ideologías, las religiones, los ganapanes... Rufino tiene muy en cuenta lo que piensa de todo esto su madre, una industrial de Toro. Gente con un background de siglos de formalidad. Siglos de fidelidad a las tablas de la ley. Judíos en el fondo, cristianos para despistar. 

Me siento a gusto entre esta gente, yo, que fui toda la vida un chisgaravís que no respetó nada, empezando por la mujer del prójimo. Pero, en fin, pienso que nunca es tarde y que quizá aquí pueda dar el pego del converso. Lo voy a intentar. 

Maldito tesoro

Insisten los medios en mentir como bellacos. Ahora van y dicen que científicos, casualmente españoles, han conseguido revertir los efectos que produce el paso del tiempo sobre las células vivas. O sea, hablando en plata, que aquí vas a llegar a los cien años con el cutis más terso que el culo de un niño. Me imagino que los de L´Oreal deben estar que no les llega la camisa al cuerpo, aunque, por otra parte, no he visto que los mercados, medida de todo lo que se mueve, hayan acusado en lo más mínimo el golpe. 

Bien, otra tontería más, sin la menor duda. Gente que larga por esa boca sin ni siquiera saber que ya hace dos mil quinientos años un tipo llamado Hesiodo escribió una cosa llamada Teogonia, una especie de cuento sobre la creación del mundo y sus primeros pasos, como el Génesis judío, o la que inventó cada pequeña comunidad de los millones que han existido para tranquilizar su espíritu frente a inmensidad de lo desconocido. Pues bien, dígase Teogonia, Génesis, o como gusten llamarle, que una cosa es segura, siempre encontraran en esos relatos como piedra angular la ira de los dioses a causa de la soberbia humana. Te atarán a una roca del Caucaso para que todos los días venga un águila a roerte las entrañas; te mandarán a Pandora con una cajita llena de pastillas a cual más letal; te expulsarán del paraíso a tomar pol culo por ahí... lo que sea, que lo que importa es que en ningún caso te vayas de rositas.

Pongámonos a imaginar por un instante lo que nos pudieran mandar los dioses como represalia por haberles robado el secreto de la eterna juventud. Se me hiela la sangre sólo de pensar en Melmoth el Errabundo. Una eternidad viendo frustradas todas las expectativas. Que no otra cosa fue para mí aquel desdichado tránsito que sólo quiero recordar como antídoto contra las descabelladas pretensiones. Joven estúpido, no lo duden, por lo menos en mi caso, es el ejemplo de pleonasmo más acabado. Imposible superarlo. Sólo la inexperiencia exculpa en parte la responsabilidad por los desaguisados; la parte que queda, remitámosla a partes iguales entre la mala educación recibida y la escasa calidad de las neuronas. 

Y eso en el plano individual. En el general no quiero ni pensarlo. Sí ya aproximándonos a los nueve mil millones tenemos el planeta que se nos va de las manos, ¿qué sería con quince, veinte, treinta mil millones de máquinas de producir metano? No se me ocurre otra solución, entonces, que no sea la malthusiana, es decir, salir a la calle a matar al primero que te encuentres. No, desde luego, mayor tontería que la de engañar al paso del tiempo no creo que se le haya ocurrido nunca al ser humano. Y andar a estas alturas en ello no es sino la evidencia deslumbrante de nuestras insuperables limitaciones. De nuestro horror a reconocernos como hijos bastardos de los dioses.  

Ya lo dijo el poeta: Juventud, maldito tesoro/ ya te quedas para machacarme...

miércoles, 14 de diciembre de 2016

El gran Tao

Al final uno cae en la cuenta de que todo el esfuerzo intelectual, tanto el que uno pudiera haber llevado a cabo como el realizado por el resto del mundo, no tiene otro motor que la pretensión de conocer como funciona la mente. Pensamos, mientras no nos desengañamos, que si llegamos a conocer algo de ese funcionamiento vamos a poder vivir mejor: si no más felices si, al menos, menos sufrientes. 

En el fondo, ese desengaño que sólo a los tontos no llega, siempre es por lo mismo, porque caemos en la cuenta de que llevamos toda la vida cometiendo la mayor de las estupideces, es decir, creyéndonos que las conjeturas con las que armamos nuestros razonamientos funcionan como si fueran hechos. Por así decirlo, hasta que nos caemos del caballo hemos estado viviendo en un mundo de fantasía... que es como decir, cometiendo las mayores torpezas con el convencimiento de estar acertando plenamente y, eso, por supuesto, sin tener para nada en cuenta que los batacazos que nos pegamos, y pegamos a los demás, sólo son la consecuencia de nuestra carencia intelectual. 

Así, releyendo de l´expérience de Montaigne uno, si no se deja embaucar, puede llegar a sabrosas conclusiones, como que la experiencia sólo sirve para analizar lo que ya ha pasado, pero nunca lo que va a pasar por mucho que los prolegómenos que anuncian un desenlace sean exactos a los de aquel del que ya conocemos su resolución. Porque, al fin y al cabo, lo único que quizá nos enseñe la experiencia es que nada se repite con exactitud. Que los desenlaces son caprichosos, más que nada porque, por mucho que conozcamos de una secuencia de acontecimientos, siempre será una parte ínfima del total. 

Así que sólo cabe una postura inteligente ante la vida, ser precavido, o prudente, que no es otra cosa, según Sócrates, que el conócete a ti mismo o, para decirlo más claro, que lo único que puedes llegar a saber con certeza es que no sabes nada. Pero nada de nada. Todo lo demás, necia presunción. 

Nada por otra parte que no se supiese desde la noche de los tiempos: 

Cuando el gran Tao se pierde, surgen la rectitud y la bondad.

Cuando el conocimiento y la sagacidad aparecen, hay grandes hipócritas.

Cuando las relaciones familiares no son armoniosas, se habla de hijos filiales y padres devotos.

Cuando hay confusión y desorden en los pueblos, se habla de patriotismo.

Allí donde está Tao, reina el equilibrio.

Cuando Tao se pierde, surge la falsedad. 

La verdad, a veces puede parecer que empiezo por los cojones y termino por el comer trigo, pero no, se lo aseguro.

martes, 13 de diciembre de 2016

Ceremonia

Ayer, otro día más de este fin de otoño rutilante, me acerqué hasta Monzón a comer. Me interesaría mucho saber lo que tendría que decir Arcadi Espada de una comida como la que me zampé después de haber andado por ahí un par de horas pedaleando. Quizá a todos esos alambicados lirismos que le dedica a las maravillas del Bulli les falte el más elemental de los ingredientes, el que ya apuntaba Teresa Panza, el hambre. Llegas allí en aquel estado de necesidad y te ponen delante una menestra palentina y ves el cielo. Y, luego, aquel ambiente tan acogedor, aquella mesonera tan sonriente, aquellos comensales tan acompasados... era como si aquello fuese la representación de un mundo cumplido, es decir, en donde ya no queda nada por mejorar, donde las ideologías, o sus residuos, de ser expuestas, sonarían a chiste. 

Salí de allí algo así como en estado de gracia y me dispuse a marchar pausadamente hasta los bancos del paseo de Husillos, bajo los chopos cabezones ya libres de hojas, para echar allí una cabezada aprovechando el último calorcillo de la tarde. Y así fue que, no había recorrido ni doscientos metros cuando me topé con un gentío totalmente inusual por aquellos pagos. No tardé en descifrar los intríngulis de aquel sorprendente despliegue. Allí, justo al lado de las instalaciones deportivas, hay una escuela de primaria. Y aquella era la hora de la salida de los niños que, por lo que sea, se quedan a comer en la escuela. Pues bien, todo aquel gentío con impresionante despliegue de furgonetas eran los familiares que habían ido a recoger a los niños. Por lo menos, y no creo que exagere, había diez familiares por niño. Y todos de negro. Como de ceremonia. Claro, me dije, son esos que viven a la entrada del pueblo, en las casas destartaladas que quedan junto a los restos arqueológicos de la vieja azucarera. Siempre que paso por allí les veo de lo más activos, desguazando cachivaches ellos y tendiendo ropas ellas, con todos aquellos alrededores, parque infantil incluido, de su exclusiva usufructuación. 

¡Dios mío, cómo cambian los tiempos! Cada mocoso de esos tiene un séquito de fidelidad inquebrantable que se dejaría matar antes que privarles de una hora lectiva. Auténticos reyezuelos que dictaminan los usos y costumbres de la tribu. Y sobre todo, que proveen a sus necesidades. Cada mes, yendo a la escuela, perciben un sueldo. Y esa es la grandeza de este mundo que vivimos: la inversión en educación llega hasta las más recónditas y sórdidas parcelas de la sociedad. Y reverbera de tal modo que es de esperar que en tres generaciones decir multiétnico, o multicultural, suene a marcas de mayonesa en una estantería de Mercadona. 

lunes, 12 de diciembre de 2016

Gloomy

Siempre me fascinó aquello de Shopenhauer de que no entendía en absoluto las razones del apego a la vida del ser humano. En los demás animales, vale, ya que su biológico instinto de conservación no se ve contrapunteado por un cerebro con capacidad para la reflexión. Pero, nosotros, los seres pensantes, tenemos que tener alguna otra misteriosa pulsión que contrabalancee esa conciencia inevitable de que lo penoso del existir gana por goleada a lo placentero. Quizá es la esperanza que no osó escapar de la caja de Pandora porque no sabía si era un bien o un mal. La esperanza de que, al fin, puede llegarnos una epifanía. Una verdadera estupidez que no aguanta el tipo ante el menor esfuerzo reflexivo.

Sí, esa es la realidad y Seinfeld la niqueló cuando cuando dijo que a ver quien iba a ser el idiota que comprase una máquina que necesitase tanto mantenimiento como el ser humano. Porque de eso se trata, de mantenimiento. Como decía el Rey Emérito cuando le entrevistaban a la puerta de una clínica: "tengo que pasar por el garaje". Y así es la vida, garaje y más garaje tratando de paliar el inextinguible sufrimiento corporal. 

Pero eso es lo de menos, lo de más, como decía Chumy Chúmez, son las cargas morales. Las del espíritu. En el pasado lejano de cada cual también había garaje para eso, las iglesias de toda laya, pero, ¡ay!, un día maldito robamos a los dioses el conocimiento de la diferencia que hay entre creer y pensar. Y no nos lo perdonan. Desde entonces estamos condenados a deambular por los espinosos desiertos de la incertidumbre. Lo que hoy te sirve, mañana no. Y te tienes que inventar otra del mismo fuste y duración. Es un sinvivir. 

Un sinvivir que no para de buscar portillos por los que escapar. Y casi siempre nos pasa lo mismo, que todos los que encontramos a la primera de cambio y usamos sin previa comprobación van a dar al mismo desierto, si cabe más espinoso. Y así, siempre, de mal en peor. La verdad es que no sé cómo escapar a eso y a la vez seguir vivo. 

En fin, perdonen mi sinceridad, pero es que se acerca la Navidad. 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Severina está que trina



Los andaluces sacan tan buenas notas que sus papis en premio les han iluminado las pistas de esquí para que puedan estar toda la noche deslizándose. Total, por dos perras y unas cuantas toneladas más de CO2 al medio ambiente que le dicen, pues ya me dirás tú por qué privarse. Y más, teniendo en cuenta que la culpa de todo la tiene Trump. Nosotros a lo nuestro que es el buen rollito. 

Ayer hizo un día diez para la bicicleta. Fresco, soleado y sin una brizna de viento. Fuimos a comer a Astudillo. Por la carretera nos cruzamos con cientos de ciclistas. Algunos, viejos, en solitario, pero los más en grupos compactos, como emulando el Tour. También había un tráfico inusitado de coches a toda pastilla. María se quejaba por ello y la tuve que decir que, por favor, no me amargase el día. A la una y media o así ya estábamos en la plaza del pueblo. Esas plazas, por Dios, qué cosa más perfecta. Los padres y los abuelos sentados en las terrazas mientras los niños corretean entre los árboles. La imagen más precisa del paraíso, donde nadie tiene miedo de nada ni, ni siquiera, la menor preocupación. Como si Prometeo todavía no hubiese llegado a engañar a los dioses con su artera ofrenda de huesos embadurnados con grasa. 

El caso es que la Internacional Progresista está que trina como Severina la de San Sebastián de Garabandal. Progresista, es decir, eufemismo de "dime de qué presumes y te diré de qué careces". Motivos no les faltan: para empezar, Trump, entre otras, ha nombrado como Secretario de Medio Ambiente a un tipo que no cree en el calentamiento global. ¡Qué barbaridad! ¡Pero si está ahí! Si sólo hay que asomar la nariz por la ventana para darse cuenta. También son ganas de fastidiar. Y mientras tanto nosotros, los que presumimos de lo que carecemos, venga a privarnos de las delicias del progreso: ni agarramos aviones, ni coches, ni compramos cachivaches, ni nada de nada que pueda ir en detrimento de la prístina pureza del medio ambiente. 

No sé, la verdad, a dónde vamos a llegar con esto del populismo que es como ahora se llama a decir mentiras que son verdades a medias. ¿O son verdades que parecen mentiras a medias? Yo, la verdad, ya digo, no sé, pero este Trump como que cada vez me cae mejor. Con sus artesonados dorados, su poil de carotte, sus gachis que quitan el hipo, su venga a echar toneladas de CO2 al medio ambiente sin presumir de lo contrario... un tipo, en definitiva, que destila consecuencia, esa virtud por excelencia que parecía haber desaparecido del mundo. No me extraña nada que la gente, aunque solo sea por eso, por verle como un tío que tiene un par como dios manda, le vote. ¡Ay, Dios, que vida ésta! Y mientras tanto "la conciencia del mundo" sigue trinando mientras se desliza por las pistas de nieve iluminadas y mamonadas por el estilo.  

sábado, 10 de diciembre de 2016

Feynman again

Hace ya muchos años, un buen día decidí que ya no podía seguir más enmascarando mis limitaciones y decidí tirar por la calle del medio. Mandé a la mierda el trabajo que tenía y me acogí a un sustento fácil que me dejaba muchas horas libres. A los pocos meses entendí la necesidad de poner algún método en mis lecturas y empecé por la compra de una enciclopedia de mitología clásica. A su vez tomé una profesora de música por aquello de pasar de la pasividad a la acción. Así, antes de un año empecé a escribir a diario. A rellenar cuadernos y cuadernos que luego leía con la única obsesión de saber si lo que allí había escrito era inteligible. Y pasaron bastantes años antes de que diese el paso de dejar leer a otros mis escritos para ver su reacción. La verdad es que apenas recibí comentarios al respecto de lo que deduje que tenía que volver a mis cuarteles y seguir insistiendo. Al cabo de bastantes años, y de mucha obra secreta acumulada, conocí este invento de los blogs y decidí tirarme a la piscina. Y bueno, lo leen unos cuantos amigos a los que estoy muy agradecido. Pero, no pienso que sea el narcisismo el principal motor de mi persistencia; más bien supongo que se debe a que he podido comprobar la fantástica herramienta que es para agilizar el pensamiento y, también, para tomarle la medida. En definitiva, es una máquina de aprender. 

Y, entonces, voy hoy y abro el correo y me encuentro un mensaje de Jacobo con un link y la leyenda: "A ver qué te parece...". se trata de un artículo de Feynman. Una vez más Feynman. Dice que todo se le ocurrió al descubrir la diferencia entre conocer algo y conocer el nombre de algo. Y, así, de esa fábrica de imposturas fue de donde nació el artículo que paso a comentarles. 

Como dominar un tema. 

Cuatro pasos:

1º.- Enséñaselo a un niño. 

Agarra una hoja en blanco y escribe arriba el nombre de lo que quieres aprender. Escribe debajo todo lo que sepas sobre el asunto como si se lo estuvieses explicando a un niño de ocho años que se supone tiene buena escuela. 

Mucha gente tiende a usar lenguaje complicado y jerga para enmascarar su ignorancia sobre lo que sea de lo que se está tratando. Piensa que se lo enmascara a los otros, pero, sobre todo, se lo enmascara a sí mismo. Cuando escribes con el lenguaje de un niño te obligas a entender el concepto a un nivel más profundo y a simplificar las relaciones y conexiones entre las ideas. Si te esfuerzas, rápidamente entenderás en donde tienes fallas de entendimiento. Es lo mejor que te puede pasar, porque es el anuncio de una oportunidad de aprender.

2.- Revisa.

Competencia es conocer el límite de tus habilidades. Sabiendo cuales son tus fallas, ya sabes lo que tienes que aprender. Sólo necesitas, entonces, buscar el material adecuado y ponerte a ello. Una vez hecho el esfuerzo, vuelve a la página en blanco e intenta de nuevo explicárselo al niño. 

Aunque no lo consigas, al menos habrás conocido tus límites, lo cual, aunque sólo sea porque te puede servir para no hacer el ridículo, no es moco de pavo. 

3.- Organiza y simplifica. 

Ahora que ya tienes tomadas unas notas, revísalas para estar seguro de que no has usado algunas palabras prestadas de la jerga. Organízalas en una historia que fluya. 

Léelo en alto. Sí aprecias que hay algún pasaje que no fluye con facilidad, o no está suficientemente claro, entonces, ahí, tienes la prueba del nueve de que tienes que volver al estudio para clarificar los conceptos. 

4.- (opcional) Trasmítelo.

The ultimate test of your knowledge is your capacity to convey it to another.

Si quieres asegurarte de que conoces realmente el asunto, busca una persona que sepa poco de él, o un niño de ocho años, y trata de explicárselo. Si ella, o él, lo entiende, entonces, puedes estar seguro de que tú lo sabes. 

viernes, 9 de diciembre de 2016

Un agasajo postinero

Los seres humanos, para que nos vamos a engañar, somos bastante mierdas. Nuestro pensamiento está tan condicionado por las preferencias, que suelen ser vicios y, no digamos ya, por los odios, que toda pretensión de objetividad suena más a cerrilismo que a cualquier otra cosa. ¡Qué poco capacitados estamos, por lo general, para el distanciamiento y el sentido del humor cuando nos ponemos a juzgar cualquier cosa que nos afecta, aunque sea de la forma más colateral!

Pensaba en tales males tras leer los diversos comentarios suscitados por un hecho, bastante irrelevante por cierto, de actualidad : el cierre al tráfico de La Gran Vía. A mí, como vulgarísimamente se dice, me la suda, porque ni tengo coche, ni vivo en Madrid y, si la paseo una vez cada dos meses, ya es mucho. Así todo, si me dejo llevar de las preferencias, la medida tomada por la actual administración del Ayuntamiento me produce simpatías. Quiero pensar que el trafico va a desaparecer del centro de las ciudades, pero, ya digo, es más un acto de voluntad que de raciocinio. Un acto de wishful thinking, en definitiva. Pensar, estúpidamente, que lo correcto es lo que a mí me conviene o me gustaría que fuese.

Por otra parte, como mato mucho tiempo procurando informarme, sé de sobra que si hay algo incierto es el futuro de las ciudades. Aunque es previsible que, lo mismo que su pasado, todo sea intentos más o menos exitosos de racionalización de la convivencia. Y cuando más se avanza en un sentido, mas parece que se retrocede en otros. Y así es que se haya llegado, o siempre se ha estado en él, a ese punto perverso en el que el inmenso atractivo se ve contrapunteado por un insufrible aborrecimiento. Claro que todo esto lo digo consciente de mi marca de fábrica: nací en una pequeña aldea y, por si eso fuera poco, sobrellevo con toda la indignidad posible un oprobioso diagnóstico de fobia social.

Para resumir, en lo que a mí respecta, estoy a gusto en todas partes y, también, no lo estoy en todas partes. La Gran Via me fascina, pero también me agobia su ingente bullicio. Los horizontes lejanos me exaltan, pero, al anochecer, me atemoriza su intemperie. Y sólo hallo cierto reposo en la infatigable trashumancia. Una vida marcada, como todas supongo, por la esperanza y la desilusión. Así es que, una vez reconocida mi condición esquizoide, no me queda otra que suplicar a los dioses para que, si lo tienen a bien, engrasen un poco los mecanismos de mi raciocinio.

Pensar mejor, esa es la única meta que merece todos los esfuerzos. Decir menos tonterías para mejor entenderse. Sobre La Gran Vía o lo que sea.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Mantequilla.



Sorprende que treinta años después vuelvan a la carga. Yo, no es que quiera dármelas de conspiranoico, pero para mí que aquí hay gato encerrado. Porque es que uno va al supermercado y ve que los estantes de la mantequilla no se mueven. Y en la cola de la cajera, que siempre me fijo, no hay cliente, ni de chiripa, que compre una libra de ese producto maravilloso. Así es que deben de estar los stocks a rebosar. Y los productores quizá hayan convocado un concurso de ideas o, simplemente, han recurrido a la nostalgia de aquellos maravillosos años, de cuando no daban a basto a reponer las estanterías de tanto como el personal demandaba. Y es que un buen anuncio se hace una vez en la vida y después a vivir de rentas hasta que la magia se apaga. 

Ya digo, qué casualidad que se hiciese ese anuncio justo cuando empezó la monserga del colesterol y, con ello, la sustitución en la cocina de la mantequilla por los aceites vegetales. Un palo morrocotudo, sin duda, a una industria ganadera que venía de atravesar los años más dorados de su historia, Guerra Fría mediante. Recuerden que las potencias occidentales trataban de acolechar a los soviéticos con aquello de "mantequilla o cañones". Si gastabas en cañones no había para mantequilla y, por eso, en las películas de propaganda occidentales no paraban de sacar familias venga a untar la rebanada, para demostrar a los rusos, que ni la olían, que lo de aquí era infinitamente mejor. En fin, el caso es que aquí, en occidente, ni atiborrándonos acabábamos con todo lo que se producía y, entonces, los gobiernos se pusieron a almacenarla en frigoríficos en previsión del invierno nuclear que se anunciaba como inevitable. Todavía, dicen, de aquellos polvos andan por ahí almacenadas miles de millones de toneladas que no saben que hacer con ellas. 

Es muy difícil, en definitiva, acompasar todos los elementos de un sistema que sólo siendo disrruptivo, como se dice ahora, puede mantenerse en pie. A la gente le va la marcha por definición porque intuye que de lo contrario se va a morir de asco. Necesita innovación permanente, nuevas ideas para ahuyentar el tedio. Y no por otra cosa es que, a la postre, la industria más millonaria sea la de la publicidad. O del encantamiento, si es que queremos afinar el lenguaje. Venga a proporcionar ideas que, para tener gancho, necesitan del soporte de la ciencia psicológica. Del profundo conocimiento de los intríngulis de la conciencia. Sobre todo de su lucha fracasada por destruir los tabúes que lo son, precisamente, por ser indestructibles. Y el que más de todos, el del sexo por el sexo, ese que todos los jóvenes, y jovenas, de todas las generaciones han creído en su inocencia que iban a destruir de una vez por todas. Y cuando despiertan a la madurez, como el dinosaurio del cuento, aún sigue ahí. 

Pero, ya digo, la edad de la ilusión: ves ese anuncio y corres a comprar mantequilla. Y los stocks bajan y los precios suben y se vuelve a acumular el capital que es lo que en definitiva se necesita para que la nave vaya.   

miércoles, 7 de diciembre de 2016

PISA con garbo

Que en Castilla-León hay buena escuela es cosa de la que ya me había dado cuenta en los años que viví en Salamanca. No había más que hablar con la gente que venía a la consulta desde los pueblos de la Raya con Portugal. Todavía tengo por ahí, con lo poco que tiendo yo a guardar, unos versos en estilo romance que me trajo un viejecito de la zona de Yeltes en los que se exaltaba la figura de los maestros y el suyo en particular. Todo un canto a la educación. Bueno, nunca tuve en aquella consulta el menor contratiempo de tipo reivindicativo. Hablabas con la gente y la gente entendía porque sabía escuchar. Para ellos yo era alguien que había pasado por la universidad: una autoridad en definitiva. Así es que viniendo como venía yo, de la periferia de Barcelona, donde todo el mundo es más que todo el mundo, aquello me parecía poco menos que el distrito de Mayfair. Por fin había dado con gente civilizada. 

Pero es que también confirma mi teoría lo que me cuenta María que lleva un par de años en un colegio del barrio más difícil de Palencia y alucina en colores. Lo compara con los colegios que ha conocido en Santander y dice que es como negro y blanco. Aquí, asegura, hay verdadera vocación desde la dirección al último mono. Y por eso el ambiente es tan exigente como agradable. 

Y a los hechos hay que remitirse. Sólo hay que comparar los resultados por regiones del informe sobre educación que cada tres años hace la OCDE, lo que se conoce como Informe PISA. Castilla-León se lo lleva todo de calle. Hasta el más tonto tendrá que pensar que por algo tiene que ser. Es probable que sea debido a esa conjunción entre unos padres que votan conservador y unos maestros resueltos a ejercer de lo que son. O sea, una sociedad más avanzada. Todo lo contrario, en definitiva, de lo que vende la chusmología socialdemócrata. Cataluña, punta de lanza de la modernidad, queda a curso y medio de distancia, como Cantabria De soltera Santander, por no hablar de Andalucía y Extremadura que nunca paran de votar socialista para poder seguir dando cursos sobre la mejor manera de masturbarse. 

Así son las cosas y para eso sirve la ciencia estadística, para contarlas de la forma más objetiva posible. Y no creo yo que exista forma más fiable de medir la calidad de vida de una población que centrándose en su nivel de conocimientos. Cuanto más altos, mejor vive la gente. Y sí, hay una cierta relación entre conocimientos y renta, pero sólo, como digo, cierta. Teniendo conocimientos se necesita mucho menos pasta para pegarse la gran vidorra. Porque, por ejemplo, ¿cuánto cuesta dejarse cegar por la luz sofoclea? Nada en el presente, buena escuela en el pasado. Y desengáñense, placeres como ese ni comiendo en el Bulli, ni volando a Bora-Bora, ni, ni siquiera, sacando al perro a husmear ojetes. 

En fin, las cosas son como son, y lo de la tan de moda postverdad que tan entretenidos tiene a los paniaguados de la cosa mediática no es más que más de la misma bazofia para analfabetos funcionales. La verdad nunca fue tan meridiana como lo es hoy y más que lo será mañana en la medida que avancen las ciencias estadísticas, las grandes enemigas del wishful thinking socialdemócrata (pleonasmo).  

martes, 6 de diciembre de 2016

Corte de mangas

Escribe Arcadi en su blog: "Se trata de lugares con una estricta reserva del derecho de admisión. El mundo (un perro) queda fuera. Uno come y bebe y lo siente pataleando a la intemperie, queriendo penetrar infructuosamente. Es muy agradable. La felicidad siempre añade un corte de mangas."

¡Genial!

Cuentan los cronistas que el corte de mangas es un invento de la Roma imperial. En origen, por lo visto, lo usaban los chaperos para expresar su disponibilidad a los posibles clientes. Después, andando el tiempo, pasó a ser un gesto procaz que se le hacía a alguien con la intención de denigrarle. Como llamarle cliente de chapero o algo así. O sea, maricón. 

Hoy día, sabido de sobra es que a nadie con dos dedos de frente le interesa lo más mínimo cuales son las preferencias sexuales del prójimo. Entre otras cosas, porque a lo mejor tampoco tiene muy claro cuales son las suyas. Lo que pasa es que también se sabe que dos dedos de frente no los tiene casi nadie. La inmensa mayoría, por las razones freudianas que sean, a pesar de que guarda ciertas formas, sigue pensando que los homosexuales son gente despreciable. Así es que ya sea conscientemente reprimido o inconsciente, que no sé la diferencia, el perro mundo de los proscritos a la intemperie sigue mandando al prójimo a tomar por el culo cuando quiere despreciarle. Y lo mismo, el corte de mangas. 

Lo que pasa también es que cuando uno se sofistica no necesita del gesto procaz para expresar el desprecio por los inferiores. Ese sentimiento que engrandece la felicidad, por más que sólo los muy valientes sean capaces de reconocerlo en este mundo de cagones. Yo hago lo que no puedes tú, que lo sepas. Y trágate ese embuste de que nadie es más que nadie.

Epílogo: 

Una de las mejores escenas del neorrealismo italiano: está Alberto Sodi apoyado en el capó de su flamante Fiat 600. A no mucha distancia la puerta de una fábrica por la que salen en tropel los obreros. Alberto se pone de pie y mirando hacia ellos grita a la vez que ejecuta un corte de mangas, ¡laboratori! Lo siguiente ya es la cutre moralina cristiano-marxista. Se sube al coche para salir pitando, pero el coche se niega a arrancar y los obreros cada vez están más cerca. 

domingo, 4 de diciembre de 2016

Meditaciones sin fuste

Son las siete de la mañana y hay berrea en la Calle Mayor. Como cada fin de semana. Es algo que ya ha pasado a formar parte de nuestras tradiciones milenarias: adultos que viven con sus padres; padres que pasan de todo. Y todos felices hasta que despiertan. 

Es la falsedad más estúpida convertida en mantra: las cosas están muy mal para los jóvenes -que ya son adultos, por cierto-. La generación mejor formada de la historia no tiene quién la quiera. Lo de los Silicon Valley es sólo propaganda para despistar. Y mientras tanto, ¡toma del frasco Carrasco!

A mí, de joven, también me gustaba trasnochar. Sobre todo en los escasos periodos que pasaba en casa de mis padres. Supongo que porque entonces era cuando el asunto tomaba aires de transgresión agónica. Porque no te ibas de rositas. Al día siguiente las caras denotaban un malestar tan espeso que se podía cortar. Era el precio justo que ya esperabas tener que pagar. Si no hubiese sido por eso, ¡qué interés tomarse tantas molestias!

Esa es la mayor tragedia de los siglos segundos del imperio, que es prácticamente imposible transgredir. Las más sesudas páginas web de divulgación científica se esfuerzan por demostrarnos que lo del libre albedrío no pasa de ser un espejismo tonto. Estamos absolutamente predeterminados por nuestro ADN. Los jóvenes van todas las noches a casa de Trimalción a emborracharse porque están programados para ello. Sería idiota oponerse. 

Y así es como corre la historia: mentira tras mentira. Las penas, el que las tiene, las ahoga en alcohol como siempre fue. Pero no todos las tienen. Un porcentaje, supongo que mayoritario, de los jóvenes, disfruta de la vida con los logros de su esfuerzo. Y transgreden cuando la fiesta y no por rutina como suelen los fracasados.

Y no otro es el problema de los siglos segundos del imperio: su relación con el fracaso. Siglos segundos, siglos cristianos: el triunfo de la piedad. Primero se comprende y luego se perdona. Y de la penitencia se hace negocio. Y al final todo queda en una pequeña molestia que se puede paliar con unas buenas ventanas. 

Y, mientras tanto, las cigüeñas siguen inmóviles en sus pedestales esperando a que amanezca del todo para echarse a volar, ajenas a los berreadores que arrastran su miseria unos metros más abajo. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

What a glorious day

La verdad es que hacía ya más de mil años, muchos más, que no me agarraba una castaña en un bar a la hora de los blancos. A las once ya me había apeado del tren en Frómista y, para empezar con buen pie, había ido a tomar un refrigerio en el Van-Dos. Después, ya en forma, empecé a pedalear por El Camino. Apenas me topé con media docena de peregrinos hasta Villalcazar. Claro que a esa hora los peregrinos ya habrían pasado hacía rato, pero fuera como fuese, y a pesar del sol radiante, lo que no se podía evitar es que todo aquello tuviese un aire un poco siniestro a causa de que prácticamente todos los chiringuitos estaban cerrados. De lo que sí que me di cuenta es de que en el año y pico que hacía que no pasaba por allí se han multiplicado por lo menos por dos, y acaso tres, los citados chiringuitos. No sé yo si no será otra burbuja más a explotar el día menos pensado. 

En Villalcazar giré a la izquierda, hacia Villoldo, todo el rato entre colores apagados. En Villoldo otra vez a la izquierda hacia San Cebrián. Se veían muchas rapaces en el cielo y alguna urraca escondiéndose entre las ramas casi peladas de los árboles. Aquí y allá, en la distancia, tractores arando o lo que fuera. En San Cibrián tardé un buen rato en dar con alguien que me indicase donde estaba el restaurante Las Cúpulas que se anunciaba a la entrada del pueblo. Por fin conseguí la información y cuando llegué al lugar encontré una fantasía moruna hecha de grandes tinajas que, como suele pasar con las fantasías, tenía echado el cierre por cese de negocio. Me dio mucha pena, porque seguro que su dueño había hecho todo aquel disparate con muchísima ilusión, pensando en dar el golpe sin duda. En fin, la típica lección que sale cara, me dije. 

Así que a falta de algo que rascar en San Cebrián tiré hacia Ribas en donde sabía de un bar de bocadillos. Una cosechadora gigante estaba dando cuenta de un campo de maíz como el de con la muerte en los talones. Un poco más alante, en las esclusas que hay donde el canal se cruza con el Carrión, paré a mear. Dos pasos más allá, Ribas. Fui directo al bar. Había allí un tío muy excitado por algo que había hecho a un perro el tonto del pueblo. Decía que el mataba por una cosa así. Le dije que menos lobos y que aprendiese a distinguir las personas de los animales. De inmediato saltó la tabernera a templar gaitas. Al instante me di cuenta de que era una mujer con carisma. Me trajo un plato de chorizo con un pan riquísimo y se puso a darme palique. Pronto el del perro, que se había quedado prendado del sillín de mi bicicleta, y los otros tres que había en el bar se sumaron a la conversación. Y empezó a correr el verdejo. Que si pon otra, que otra tapa de chorizo, que ésta la pago yo, eran las tres y media cuando salí de allí más contento que unas castañuelas, diciéndome que, ¡leches, qué tabernera más guay! 

De entrada pensé que no iba a ser capaz de guardar el equilibrio, pero monté como si nada y luego pedaleaba como si todo fuese cuesta abajo. De la colina que hay que subir para llegar a Monzón ni me enteré. Iba fascinado por la visión a contraluz del castillo con todo su créneau en lo alto. ¡Tanta belleza!, pensaba a sabiendas de donde venía la fascinación. Por Husillos ya empezaba a notar fatiga de materiales. Me acerqué a los bancos del paseo y me tumbé un rato. Me despertó un perro que pasaba por allí ladrando como si nunca lo hubiese hecho. ¡Dios, qué cruz! Cuanto hitlerito hay por ahí suelto, me dije. 

De Husillos a casa, doce kilómetros o así, pan comido. Eran casi las seis cuando llegué a casa con la sensación de ¡oh, what a glorious day!