domingo, 18 de diciembre de 2016

Mira lo que tengo aquí

La cafetería Alba de Osorno es uno de esos lugares míticos. Como el Florian de Venecia, Les Deux Magots de París o, sin ir tan lejos, El Comercial de Madrid. De forma cuadrangular, siete u ocho metros de lado, con el mostrador ocupando todo su lado sur y un gran ventanal al norte que es la gran plaza del pueblo. Llevo muchos años frecuentándolo. Siempre que he recalado en Osorno, mi primera querencia ha sido entrar allí a tomar un café o lo que fuera, pero siempre líquido. Porque allí siempre hubo una austeridad gastronómica absoluta. Quizá aceitunas y poco más. Pero todo lo suplía la calidad de su café y la amabilidad de los viejos camareros. Y luego, el ambiente, todo de hombres del campo que o jugaban al tute o hablaban de las cosechas. Nunca vi allí mujeres, salvo María cuando iba conmigo, hasta ayer. 

Ayer fue un choque. Se ve que ha cambiado la propiedad. Los camareros son jóvenes, en el mostrador hay pinchos y por las paredes adornos. Y, sobre todo, en las mesas, grupos de señoras. Y alguno de los viejos hombres del campo languideciendo en un rincón. Bueno, tengo que decir que el trato de los jóvenes no desmerece al de sus predecesores y que el pincho de tortilla y el verdejo que tomé me supieron a gloria. Y mientras comía observaba el panorama y escuchaba al grupo de señoras de mediana edad que alborotaba en la mesa de al lado. Y le dije a María: las mujeres no tenéis solución. ¡Dios mío, el gasto en peluquería que acumulaban entre todas! Y venga a hablar de gatos y perros hasta que una ya se atrevió con los nietos. Penosa constatación. Supongo que la ronda de los médicos ya habría pasado. 


A mí, que conste, las mujeres siempre me han encantado. Ya no sé si por el placer que me proporcionaban con lo del sexo o, como me desveló Houellebecq, más bien por la cosa narcisista que se sube por los cielos cada vez que una de ellas te consiente que la conquistes. Sea como sea, el caso es que cada vez que veía a una como la de la foto, así, en plan de mira lo que tengo aquí, yo ya no estaba para nada que no fuese fantasear. Seguro que era cosa del animal que según dice Camille Paglia todos llevamos dentro y nunca podemos amaestrar hasta que la fuente de las hormonas se seca. 

La verdad, a mí me parece que estamos viviendo una época fascinante por millones de motivos. Pero, sin embargo, hay uno que en mi opinión es un retroceso insufrible. Es cuando las mujeres ocupan los recintos de los hombres y les expulsan al rincón. Diferenciar los sexos y mantener los roles, pese a quien pese, es la salsa más sabrosa del condimento de la vida. Pero es que, además, por mucho que las virago y los socialdemócratas en general, traten de aguarla, todo es en vano. Porque es como las mielgas en el campo, que nuca hay forma de acabar con sus raíces. Cavas y cavas y cavas y siempre queda algo que hace que al primer calor húmedo vuelvas a verla brotar. 

En fin, ya digo, de perros y gatos. Pero, claro, eso sólo cuando ya no les funciona el mira, majo, lo que tengo aquí. Así es la vida y qué le vamos hacer. ¡Pena de Café Alba de Osorno!

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