miércoles, 21 de diciembre de 2016

El malogrado

"No hay nada más espantoso que ver a una persona tan grandiosa que su grandeza te aniquila."

Hoy, al abrir, como cada día, el navegador para iniciar la ronda de vigilancia de lo cotidiano, es un decir, me encuentro con que el doodle de Google -perdón por el galimatías, pero ya me entienden- está dedicado a Paco de Lucía por los 69 años de su nacimiento. Así que, instintivamente, he clickado encima y he llegado al vídeo en el que, con el acompañamiento apropiado, le vemos tocar "entre dos aguas". Absolutamente descorazonador para un aficionado a la guitarra. 

Entonces, de inmediato me ha venido a la memoria "El malogrado" de Thomas Bernhard. Tres pianistas privilegiados se reunen en casa de Horowitz para un seminario de interpretación. Uno de ellos, el autor del relato, confiesa su desolación y consecuente renuncia a volver a tocar el piano al escuchar a otro del trío, Glenn Gould, tocar las Variaciones Goldberg. Es como si habiendo aspirado a ser Dios, de pronto te apercibes de la infinita distancia que te separa de él: la frustración más insoportable. Y el suicidio por coherencia. 

Uno, por descontado, nunca ha aspirado a ser un dios de la guitarra, pero, así y todo, nunca dejé de tener mi corazoncito. Siempre insistiendo con las mismas partituras para ver si al fin llegaba el día en el que por casualidad sonaba la flauta. Pero es inútil. Nunca ni de lejos he conseguido escucharme con arrobo. No sé distanciarme de mí mismo lo suficiente como para conseguir ese punto en el que el "yo" acomplejado deja de interferir en el "él" arrebatado. 

Pero, bueno, tampoco vamos a dramatizar. Para eso existió Sócrates. Para enseñarnos que la única tarea con fuste a la que uno se puede dedicar en la vida es a la de conocer las propias limitaciones. No es fácil, desde luego, pero tampoco es que uno esté afectado por el Asperger, para bien y para mal. Uno ya recaló hace mucho en el convencimiento de la propia mediocridad y a lo único que aspira es a que sea lo más aúrea posible. A insistir un día tras otro con "El claro de luna" para ver hasta dónde puedo llegar. Y eso es todo.  

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