Ayer, otro día más de este fin de otoño rutilante, me acerqué hasta Monzón a comer. Me interesaría mucho saber lo que tendría que decir Arcadi Espada de una comida como la que me zampé después de haber andado por ahí un par de horas pedaleando. Quizá a todos esos alambicados lirismos que le dedica a las maravillas del Bulli les falte el más elemental de los ingredientes, el que ya apuntaba Teresa Panza, el hambre. Llegas allí en aquel estado de necesidad y te ponen delante una menestra palentina y ves el cielo. Y, luego, aquel ambiente tan acogedor, aquella mesonera tan sonriente, aquellos comensales tan acompasados... era como si aquello fuese la representación de un mundo cumplido, es decir, en donde ya no queda nada por mejorar, donde las ideologías, o sus residuos, de ser expuestas, sonarían a chiste.
Salí de allí algo así como en estado de gracia y me dispuse a marchar pausadamente hasta los bancos del paseo de Husillos, bajo los chopos cabezones ya libres de hojas, para echar allí una cabezada aprovechando el último calorcillo de la tarde. Y así fue que, no había recorrido ni doscientos metros cuando me topé con un gentío totalmente inusual por aquellos pagos. No tardé en descifrar los intríngulis de aquel sorprendente despliegue. Allí, justo al lado de las instalaciones deportivas, hay una escuela de primaria. Y aquella era la hora de la salida de los niños que, por lo que sea, se quedan a comer en la escuela. Pues bien, todo aquel gentío con impresionante despliegue de furgonetas eran los familiares que habían ido a recoger a los niños. Por lo menos, y no creo que exagere, había diez familiares por niño. Y todos de negro. Como de ceremonia. Claro, me dije, son esos que viven a la entrada del pueblo, en las casas destartaladas que quedan junto a los restos arqueológicos de la vieja azucarera. Siempre que paso por allí les veo de lo más activos, desguazando cachivaches ellos y tendiendo ropas ellas, con todos aquellos alrededores, parque infantil incluido, de su exclusiva usufructuación.
¡Dios mío, cómo cambian los tiempos! Cada mocoso de esos tiene un séquito de fidelidad inquebrantable que se dejaría matar antes que privarles de una hora lectiva. Auténticos reyezuelos que dictaminan los usos y costumbres de la tribu. Y sobre todo, que proveen a sus necesidades. Cada mes, yendo a la escuela, perciben un sueldo. Y esa es la grandeza de este mundo que vivimos: la inversión en educación llega hasta las más recónditas y sórdidas parcelas de la sociedad. Y reverbera de tal modo que es de esperar que en tres generaciones decir multiétnico, o multicultural, suene a marcas de mayonesa en una estantería de Mercadona.
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